La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

martes, 12 de marzo de 2019

11. Mensaje en una botella.

El piano repiquetea junto con el inconfundible sonido de un saxo, cuyas notas musicales recorren raudas y veloces la Quinta Avenida, girando bruscamente para adentrarse en Broadway.

"Adoraba Nueva York, la idolatraba de un modo desproporcionado. La sentimentalizaba desmesuradamente. Sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de las melodias de George Gershwin. Sentia demasiado romanticamente Manhattan."
Con estas palabras comienza Woody Allen ese gran alegato a favor de las relaciones humanas y de su ciudad; una visión tremendamente idealizada de la gran metrópolis.
Estas frases de su película "Manhattan" las tenia en mi cabeza la primera vez que caminé por sus avenidas infinitas llenas de edificios mastodónticos, gigantes de piedra que se llegan a unir con el mismo cielo.
Creo que es la mejor ciudad del mundo y hay muchas razones para afirmarlo con tanta rotundidad. Pero quizá las palabras no harian justicia a todo lo que ofrece a los sentidos.
Sin embargo, describiré tres instantes robados al tiempo.

La última noche que pasé respirando su aire viciado por mil olores. Sentado en Times Square observaba el bullicio de un viernes por la noche. Me sentía en el ombligo del mundo, mirando hacia todos los lados intentando captar cada detalle. Los neones de los restaurantes, los carteles de los espectáculos de Broadway, los taxis amarillos que a esas horas llenaban el asfalto, los miles de flashes de los turistas tomando fotos a cualquier ricón de la plaza, gente saliendo de las tiendas con bolsas de marcas elitistas, consumismo, comida, bebida, movimiento...vida. Miré hacia arriba, al oscuro cielo y pensé, amo este lugar.

Me desplazo ahora a Central Park. Es domingo y la primera vez que ando entre sus árboles; mi primer paseo por sus senderos. Asombrado veo a las ardillas corretear por las ramas secas perdiéndose en algún oscuro y profundo hueco de aquellos troncos inmensos .Observo las bonitas calesas sacadas de otros tiempos, tiradas por caballos igual de grandes que los de aquí pero que parecen crecer en tamaño por la envergadura de lo que nos rodea. Me fijo en las chapas metálicas que adornan los bancos de madera con nombres de gentes anónimas que desearon inmortalizarse en ese gran pulmón verde en el que los ruidos del intenso tráfico se confunden con el de las hojas de los árboles susurrando cosas ininteligibles para los oídos humanos.
Después de pasar unas horas deambulando por el extenso parque encuentro un lugar especial. Un grupo de unas 20 personas rodean un mosaico en el suelo. En él puedo leer la palabra "Imagine" adornada por una decena de ramos de flores. Esas personas empiezan a cantar melodías escritas por John Lennon.
Estoy en Strawberry Fields, un pequeño rincón del parque, a unos metros del edificio Dakota, donde el místico músico residía, donde murió. En ese fatídico lugar le asesinó Mark David Chapman. Y escuchando como la gente, al unísono, cantaba "imagine" mientras una chica colocaba otro ramo más alrededor de los que ya estaban, miré al horizonte. Observando la imponente silueta del maravilloso edificio Dakota me dije, amo a esta ciudad.

Estoy en un ferry, absorto en las olas generadas por la proa del barco, viéndolas alejarse poco a poco. Huele a mar, huele a libertad.
No se de un sitio más idóneo para admirar el océano que la proa de un buque a plena potencia surcando sus aguas. Observo las gaviotas que revolotean alrededor; un barco se cruza con el mío y a modo de saludo, puede que incluso para deseame una feliz travesía, lanza un sonoro pitido sacándome de mi ensimismamiento para observar justo enfrente a la gran dama de bronce. La Estatua de la Libertad, magnífica mole metálica que lleva dando la bienvenida a los que llegan a esa parte del mundo desde hace unos 200 años. Una sensación embriagadora, de estar ante algo extraordinario, llena mi alma. El corazón se encoge y late con más fuerza. Al acercarse el ferry a la isla donde esta situada sobre su gran pedestal pétreo me doy cuenta del descomunal tamaño que tiene la estatua y mis ojos delatan la impresión que me produce. Al desembarcar y estar ante los pies del símbolo por antonomasia de la libertad pienso, amo esta ciudad.

El piano deja paso a Billie Holiday cantando "as time goes by" creando con su bellla voz la atmósfera perfecta para dejar una botella con un mensaje dentro. Qué mejor lugar para dejarla que en el sitio donde la gente ha soñado, desde hace tanto tiempo, con un futuro más mágico.
Asi que sin dudarlo ni un solo instante, en las gélidas aguas del Atlántico, lanzaré una misteriosa botella al mar. Un recipiente que contiene un mensaje garabateado en una noche solitaria. Una carta llena de lágrimas, derramadas al escribirla.

Hola mi niña. Me encantaría tenerte junto a mi mientras te susurro estas palabras al oído. Sin embargo, ni tan siquiera se quien eres, aún así te echo en falta.
Echo de menos tus abrazos cuando estoy triste, tus miradas de complicidad al reirnos, tu suave mano cuando paseamos. Extraño tu sonrisa cuando digo alguna tonteria, tus besos al despertar, tu forma de tocarte el pelo cuando te miro y te pones nerviosa.
Tengo tantas ganas de acariciar tu brazo mientras esperamos en la parada del autobús, de cogerte entre mis brazos y decirte al oido que eres maravillosa, que la espera se hace interminable.
Por las noches me entristece no poder escuchar un te amo salido de tus labios, e inconscientemente aprieto la almohada pensando que eres tú. Dormido la estrujo contra mi pecho, y al despertar y ver que no estas mi corazón se empequeñece.
Millones de segundos perdidos sin besarte. Millones de razones por las que escribirte y lanzar esta carta al infinito océano.
Espero que las mareas y corrientes te la hagan llegar y, estés donde estés, te suplico que me busques porque no aguanto más sin poder decirte, mirandote a los ojos, que eres el amor de mi vida y que mi alma te pertenece.
Aún no te conozco pero lo se, estamos hechos el uno para el otro.
Necesito soñarte mientras no pueda sentir los latidos de tu corazón. Te amo. Eternamente.

lunes, 11 de marzo de 2019

10. La ecuación de Drake.

Frank Drake un buen día se levantó por la mañana de la cama para desayunar los deliciosos huevos con bacon que le había hecho su queridísima esposa. Mientras le daba un buen tiento a un gran trozo de bacon churruscadito se preguntó...¡Joder! ¿Cuantas civilizaciones habrá en el Universo? 
Trabajaba para un observatorio en calidad de radioastrónomo, es decir que se pasaba todo el santo día mirando al cielo buscando estrellas y planetas desconocidos. Pues bien, este buen hombre dedujo una formulita con la cual se veía capaz de dar un número aproximado de posibles civilizaciones de otros planetas que tendrían capacidad para comunicarse con nosotros. 

N=R* x Fp x Ne x Fl x Fi x Fc x L

Para no entrar demasiado en temas físicos y filosóficos sólo diré que esta pequeña fórmula viene dada por diferentes coeficientes que estiman, por ejemplo, el ritmo de crecimiento de las estrellas, el número de esas estrellas que tienen planetas en sus órbitas, o el número de planetas en los que se cree que se podría desarrollar vida inteligente. 
El problema en todo este galimatías apareció cuando surgieron otros científicos igual de locuelos que el señor Drake y se pusieron a calcular estos coeficientes, a cada uno le salía un número diferente dependiendo de si las estimaciones eran favorables o no a la creencia de vida extraterrestre.

¿Qué maldito rollo estoy soltando hoy? Pues uno muy simple. He desarrollado una nueva fórmula a partir de la de Drake para calcular cual sería el número de mujeres compatibles conmigo. Evidentemente parto de la ecuación de Frank Drake porque creo que tengo que ampliar la zona de búsqueda algo más, en la Tierra no creo que exista una mujer capaz de aguantarme y no hablemos ya de quererme. También es cierto que pienso que debo ser de otro planeta por lo tanto se hacía lógico buscar más allá de nuestra Luna para poder hallar respuesta a mi dilema. 

Supongamos que hemos calculado previamente el valor de civilizaciones extraterrestres con un mínimo de inteligencia, N. A este número lo tendríamos que multiplicar por 0,35. ¿Por qué? Sospecho que ahí fuera puede haber un 35% de alienigenas machos, un 35% de hembras, y un 30% sin sexo definido. Una vez obtenido el número de extraterrestres chicas que hay en todo el Universo podemos hacer una nueva criba que deje las cosas más claras. ¿A cuantas de esas alienigenas les gustaría ver una peli de miedo cogida de mi mano?¿Qué les da miedo a los seres de otros planetas?¿Las películas tipo Love actually? Siendo optimistas pongamos que un 25% tengan los mismos gustos que yo, así que en este caso multiplicaríamos por 0,25. La lista se reduce poco a poco pero aún podemos afinar algo más. ¿Qué porcentaje cree en el amor?¿Las chicas de otros planetas son unas lobas que se tiran a todo lo que se menea o son más tradicionales y les gusta el tema del cortejo tipo pájaro macho que revolotea alrededor de pajarita hembra? Aquí debo ser realista y me pongo en la peor de las estimaciones posibles, un 2% de las que quedan creen en el amor verdadero y único.
Por último pero no menos importante, ¿a cuantas podría interesarle yo? Aquí el cálculo se pone un poco deprimente. ¿Qué chica procedente de las estrellas y que esté en su sano juicio querría pasar toda la eternidad conmigo? Me da en la nariz que muy poquitas, el número mágico un 0,001%. 
Así que la fórmula de Rubén modificada, para el cálculo de mujeres en el Universo interesadas en mi quedaría tal que así...

N1=N x 0,35 x 0,25 x 0,02 x 0,001

Este número es tan ínfimo que es muy improbable que me encuentre con alguna alíen compatible conmigo aún así, N1 siempre será mayor que cero, es decir, están ahí fuera. Sólo es necesario esperar a que alguna de ellas reciba esta sonda espacial en forma de mensaje y de conmigo. 

Enrico Fermi fue un reconocido físico, galardonado con el Nobel por sus estudios sobre la radiactividad inducida. Pero también es bastante popular por su famosa paradoja. Pese a que los cálculos sobre la inmensidad del Universo parecían dar a entender que por los cielos habría miles de naves danzando de un lado para otro, las observaciones decían todo lo contrario. Fermi se dijo, si hay tantas civilizaciones ahí fuera, ¿dónde están?

Y yo me pregunto, si mi fórmula es correcta y existe al menos una mujer esperándome en algún lugar. ¿Dónde te metes? ¡Tronquita, sal ya de tu escondite!


9. Tunguska.

En Rusia, en la región de Siberia, existe una zona en la que ocurrió un insólito hecho. Las llanuras aledañas al río Podkamennaya, una enorme extensión de bosques, fue arrasada en unos pocos segundos. En 1908, la superficie de todo ese territorio cambió por completo por lo que fue denominado el evento Tunguska. 
A finales de Junio de ese año, en una mañana de un suave verano en las planicies del, por aquel entonces, Imperio Ruso algo surcó los cielos a una velocidad endiablada. Hubo muchos testigos que lo describieron como una gigantesca bola de fuego que a unas decenas de metros del suelo explotó causando tal energía que arrasó con todo lo que había en su camino. La liberación de toda esa energía arrancó árboles de cuajo, quemó enormes cantidades de terreno, asoló los poblados de los pocos habitantes de esa remota región Rusa. Mucha gente pereció al instante, personas que aún dormían en sus cabañas y que plácidamente pasaron a mejor vida, otros no tuvieron tanta suerte y contemplaron con horror como la muerte les sobrevino sin poder hacer nada por evitarlo. 
Días después del suceso la corte del Zar Nicolás II no quiso investigar lo ocurrido, lo vendió como un castigo divino por las revueltas para acabar con el Imperio, una terrible venganza por querer terminar con 200 años de soberanía. 
Diez años más tarde la familia Romanov fue asesinada. El zar junto a toda su familia fue muerta y enterrada. La Revolución Rusa conseguía su propósito y tras una larga guerra civil Stalin lograba el poder. 
Fue entonces cuando, después de 15 años, un científico se acercó hasta la zona de Tunguska e hizo sus investigaciones y fotografió el escenario de la debacle. Las instantáneas son demoledoras, la visión es apocalíptica. ¿Qué diablos ocurrió el 30 de Junio de 1908?
Pues con certeza no se sabe. Aquí nos movemos sobre arenas movedizas y las especulaciones son varias. La que toma mayores visos de ser la correcta es la de que un trozo del cometa Encke se desprendió al pasar cerca de la Tierra y fue a parar allí. Aunque otras opiniones dicen que podría ser una nave alienigena que perdió el control y se chocó en esa zona boscosa evitando caer sobre una población. Los numerosos testigos aseguran que la bola de fuego varió su trayectoria e hizo varios quiebros en el aire antes de la explosión, algo que no concuerda con la teoría del proyectil desprendido del cometa. Estos no zigzaguean en su camino hacia la destrucción. 
Sea como fuere es algo que nunca conoceremos realmente, un misterio que perdurará durante mucho tiempo.

Me acordé de este curioso suceso cuando en el metros observé a la chica que estaba a mi lado sentada. En un momento dado buscó algo en su bolso, segundos después sacó una cajita rosa de vaselina para los labios. Desenrroscó la tapa y con el dedo medio se puso el cacao sobre los labios.
Algo extremadamente común, un gesto que vemos a diario. Sin embargo una pregunta se empezó a fraguar en mi cabeza. ¿Por qué con el dedo medio? 
Diez minutos antes, esperando en el andén, vi el mismo gesto a otra chica. Sentada en el banco la vi sacar su botecito rosa y con el mismo dedo se untó la vaselina por los labios. En ese momento no le di importancia pero al verlo dos veces tan seguidas me puse a pensar. ¿Qué dedo utilizo yo las pocas veces que uso cacao para los labios cortados? Respuesta inmediata, el índice. 
¿Por qué las mujeres utilizan el dedo medio?¿Por ser más largo?¿Es algo que está en el cromosoma X?¿Es algo innato en el ADN femenino? 

La mente de las mujeres es un misterio para mi, tan insondable como el evento Tunguska. Enigmático e indescifrable para mi escaso entendimiento. ¿Qué complicados resortes actúan en los cerebros de las chicas? Soy un enamorado de los enigmas y por tanto soy un acérrimo seguidor de los secretos que encierran las privilegiadas mentes femeninas.

Cuenta la leyenda que días antes del asesinato del Zar Nicolás II, la zarina y sus hijas, las cuatro Grandes Duquesas, escondieron sus muchas joyas en el interior de sus enaguas y su ropa interior. Cosieron compartimentos secretos entre sus ropajes y allí metieron parte de su inmensa fortuna. Al abdicar el Zar en julio de 1918 fueron llevados apresados a unas mazmorras de un palacio de Ekaterimburgo. Allí, en una oscura y lóbrega sala 12 hombres de la resistencia bolchevique fueron los responsables de la matanza de la familia Romanov. Pero según dicen las antiguas historias y leyendas las balas lanzadas sobre la Gran Duquesa Anastasia pegaron casualmente en las joyas escondidas desviando la trayectoria y evitando, de esta rocambolesca forma, la muerte. Las doce personas con pistolas acabaron con las doce personas sin ellas, salvo con una. Anastasia, por aquel entonces una bella mujer de 17 años, se hizo la muerta. Los bolcheviques trasladaron los cuerpos a un bosque cercano y allí los enterraron, sin embargo la Gran Duquesa sobornó a uno de sus captores con una de las joyas y malherida escapó del agujero que habían cavado para su descanso eterno.
En 1979 se descubrió la tumba escondida en los bosques de Ekaterimburgo pero no fue hasta la década de los 90 cuanto obtuvieron los permisos necesarios para la excavación. Sólo había 9 cuerpos, ¿y el resto? En el 2007 se halló otra tumba cercana con dos esqueletos quemados más. Eso hace un total de once cuerpos encontrados. Algunas fuentes hablan de doce personas en la funesta mazmorra del palacio. ¿Qué pasó con la persona que falta?¿Era Anastasia?


domingo, 10 de marzo de 2019

8. El helado de turrón.

Los ojos, grandes y almendrados me miraban sin saberlo. De color oscuro con reflejos verdosos, observaban bien abiertos el mundo que le rodeaba. Sonrisa amplia enmarcada por unos labios rojo intenso, quizá anaranjado muy pasional. El flequillo, recto sobre su frente ocultaba parte del rostro, una cara blanca como la Luna, con tonos sonrosados en las mejillas. Sin duda ruborizándose ante el mundo pues su timidez se intuía en la parte oculta de ese enorme astro que era su bonito rostro.

En cierta manera sabía que era irreal; que si alargaba el brazo para acariciarla, su imagen se evaporaría dejando ante mí tan solo un eco fantasmal en la memoria. Por eso no quería abrir los ojos, me resistía ante lo inevitable. El mundo de lo intangible es tan etéreo que no dura para siempre y esa imagen onírica del hada del bosque, extremadamente bella y de delicada apariencia, terminaría por esfumarse dejando, indudablemente, un poso de intranquilidad en mi alma. 

De pronto caí en la cuenta. Lo que me tenía turbado y en un aparente nerviosismo fue una antigua historia. Hace un tiempo escuché una leyenda, un cuento de esos que se leen a los niños en las tardes lluviosas. La trama acontecía en un país lejano, justo al otro lado de este mundo desde el que escribo. 
En Japón, en una pequeña aldea, un anciano que se dedicaba a cortar bambú se topó de pronto con algo maravilloso. Mágico. En el interior de la caña de una de estas plantas vio una luz brillante; al acercarse observó un ser diminuto, tan pequeño que cabía en la palma de su mano. Con cuidado lo llevó hasta la cabaña donde su mujer preparaba un caldo caliente. ¿Qué diablos era eso tan chiquitito? Se preguntaron. Al poco empezó a crecer y se convirtió en un bebé. Una preciosa niña a la que llamaron Kaguya. La pareja de ancianos no podían contener su alegría, jamás habían podido ser padres, y ahora, en sus últimos años de vida, les fue concedido su mayor deseo. Un regalo de los cielos, sin duda. 
Pero no sólo dieron con una preciosa niña a la que cuidar y querer sino que el viejo cortador de bambú, cada vez que iba al campo a talar más tallos, del interior de los troncos de las altas plantas salía oro. Tal fue la cantidad del preciado metal que encontraron que se hicieron extremadamente ricos y el anciano pudo comprar más tierras y hacerse una casa tan grande como la del mismo emperador. 
Kaguya creció y se convirtió en la mujer más bella de Japón, su encanto y delicadeza fueron alabados en todo el país, su fama llegó hasta los oídos de todos los príncipes del Imperio, y quisieron que ella fuera su esposa. Sin embargo, ella no deseaba ser la mujer de ninguno de ellos por lo que a todos les negó tal fortuna. 
Una noche, el anciano cortador de bambü encontró a su hija llorando, muy triste y compungida miraba hacia el cielo nocturno. Entonces le contó su terrible secreto, ella había nacido en la Luna y debía volver allí. En menos de un mes, en la próxima noche de luna llena, tendría que ascender a los cielos para no volver jamás al lugar que la vio crecer. 

He aquí la agitación de mi alma. Tengo la absoluta convicción de que esos enigmáticos ojos y esa enorme sonrisa pertenecen a Kaguya y que si abro los mios, ella desaparecerá y se irá hacia la Luna. Entonces, no habrá montaña lo suficientemente alta para siquiera rozar su mano o simplemente escuchar una tímida carcajada suya. Puede que sea ese el motivo por el que en un acto de absurda valentía, y antes de que la ensoñación deje paso a la dura realidad, haga una pregunta tan insensata. 
¿Te gustaría tomar un helado de turrón?

De sopetón y en un ataque de irracionalidad total, más propia de príncipes valerosos que de niños que se esconden tras decenas de palabras sin sentido, deseo no abrir los ojos y degustar un enorme y azucarado helado con el rostro de Kaguya y de la propia Luna iluminando mi sonrisa. 
Quizá algún día vea realizado mi deseo. No en vano, tengo la completa seguridad que los sueños acaban por cumplirse, preguntadle sino al anciano cortador de bambü. 

"Haz todo lo que puedas, lo demás déjaselo al destino." Proverbio japonés. 

miércoles, 6 de marzo de 2019

7. La petite pantoufle de verre.

La puerta abierta de aquel lugar me invitó a asomar la cabeza. Estaba en el interior de un castillo en el que cualquier cosa podría ocurrir, por lo que mi curiosidad se apoderó de mi sentido común y tras mirar el cartel que sobre el dintel de la puerta rezaba Bibbidi Bobbidi mis ojos se posaron en el interior de aquella estancia. 
Las palabras sobre la puerta realizaron su tarea y mágicamente, como un ancestral sortilegio que las hadas de todo el mundo ya hacieran en un pasado remoto, la realidad se transfiguró ante mi y pude ver a Cenicienta.
Me froté los ojos, no era posible aquello. De acuerdo que estaba en Fantasyland, y que antes me había tomado un enorme helado cuyo azúcar pudo haber hecho de las suyas al recorrer mi torrente sanguíneo, pero...¿dos Cenicientas? Un momento, ¿allí hay otra más? 

La historia comienza con un nombre, Beatrice, al cual le sigue otro, Menkaura. Beatriz y Micerinos estarán unidos para toda la eternidad, ya que el sarcófago del primero descasa en las tripas del buque mercante inglés apodado "La Beatriz" en las costas Cartageneras. 
Micerinos fue un faraón de la IV dinastía, conocido por el común de los mortales por una de las pirámides que acompañan a la de Keops en la meseta de Gizeh. Esta construcción fue ya en su época objeto de muchas leyendas, historias de las que el gran geógrafo griego Estrabón o el mismísimo Heródoto se hicieron eco.
Contaban las malas lenguas que allí, bajo las decenas de miles de toneladas de roca traída de canteras etíopes y mármoles de procedencia inverosímil para una sociedad tan temprana, descansaba el cuerpo de la bella Ródope.

El fuego calentaba los cuerpos de los niños que rodeaban a la mujer en un círculo perfecto. Las noches invernales en la ribera del Nilo eran frías y las familias se apiñaban alrededor de la cálida y refulgente fogata, mientras la anciana contaba una de sus historias de un pasado aún más remoto.
Ródope era una muchacha Tracia, que tras ser raptada por unos piratas que hacían del Mediterráneo un mar peligroso, fue a parar al país de los faraones para ser vendida como esclava a un mercader egipcio. Este era un hombre viejo y bondadoso, no así sus otras siervas que traían de cabeza a la pobre Ródope, apodada así por su piel clara y mejillas sonrosadas. Al ser extranjera y de una belleza sin igual en el país del Nilo, las otras chicas la tenían envidia y no paraban de mandarla hacer infinidad de cosas. Tráeme agua del río. Cose las túnicas. Cuida de los animales, no se vayan a escapar. Sin embargo, Ródope no daba importancia a tales infortunios y cantaba y danzaba inocentemente dando alegría al anciano que la había adquirido por unos cuantos dátiles y leche de cabra. En agradecimiento, el viejo mercader le mandó hacer unas sandalias especiales para ella, así no destrozaría sus desnudos pies cada vez que le diera por bailar mientras lavaba las túnicas en la orilla del río. 
Para celebrar un buen año de cosechas, y hacer ofrendas a los dioses, el gran faraón Amosis convocó unas fiestas a las que todos sus súbditos estaban invitados. Todos en el reino irían a presentar sus respetos a los dioses y a su representante en la tierra, el faraón. Todos menos Ródope, ya que las malvadas siervas del mercader le habían ordenado adecentar el hogar mientras ellos estaban fuera. 
Tras un día agotador de trabajo se fue al río a bañarse, quitándose las sandalias para no estropearlas, y entonces sucedió que un halcón, creyendo que era una sabrosa presa, le birló una de ellas. 
Este halcón surcó los cielos hasta la ciudad de Menfis y allí, en medio de la plaza donde tenían lugar los festejos soltó la susodicha sandalia yendo a parar al trono de Amosis. El faraón creyó ver en esto una señal del divino Horus y mandó buscar a la dueña de la sandalia. No la halló en las cercanías de la ciudad así que se subió en su barcaza real y recorrió el Nilo en busca de la que sería la futura reina consorte del Alto y el Bajo Egipto. 
Amosis logró encontrar a Ródope y tras las protestas de las siervas del mercader, al ver que su reina sería una extrajera, el faraón sostuvo que ella era la más egipcia de entre todas las mujeres ya que sus verdes ojos eran como las aguas que serpetean por el Nilo, su cabello era tan plumoso como el mismo papiro y su piel era tan sonrosada como la bella flor de loto. 

Evidentemente Heródoto, como gran historiador que era, se dio cuenta de algo imposible. Los reinados de Micerinos y Amosis distaban unos mil años uno del otro. ¿Cómo sería posible, entonces, que la pirámide de Gizeh fuera construida como lugar de reposo del alma de la bonita Ródope? 

Cosas de hadas respondería Charles Perrault, a la enigmática pregunta. La magia haría acto de presencia y la versión del cuenta cuentos francés se tornó en una historia llena de encantamientos, maleficios y hechizos de tal fascinación que dejaron boquiabiertos a todos los niños de la Europa moderna. Hacía finales del siglo XVII escribió un pequeño relato al que puso por título, Cendrillon ou la petite pantoufle de verre. 
La sandalia se convirtió en zapatito de cristal y el poderoso faraón se transfiguró en un encantador príncipe. Ahora Ródope viviría en las mentes más soñadoras con el nombre de Cenicienta, a la que ayudarían contra sus malvadas hermanastras y terrible madrastra un sinfín de curiosos animalitos. 

Bibbidi Bobbidi Boo

miércoles, 27 de febrero de 2019

6. El líquido verde.

En este mundo hay aún demasiadas cosas que no entendemos. Para comprenderlas habrán de pasar muchos años y es muy probable que yo muera sin saber la respuesta a tales cuestiones.

¿Por qué en Instagram, ese gigantesco y virtual album de fotos en el que deambulan millones de extrañas imágenes, circulan tantas instantáneas de puertas antiguas?
Es algo que me inquieta sobremanera. Centenares de esas misteriosas puertas son fotografiadas cada día. De diferentes colores y tamaños, con aldabas metálicas o sin ellas, de madera vieja que se resquebraja por momentos, con marcos que delimitan su dimensión y en muchos casos un extraño número al lado. Me recorren escalofríos por todo el cuerpo cuando me topo con una de esas imágenes fantasmales del pasado, testimonio sin duda de vidas ya enterradas en lo más profundo de los cementerios diseminados por este chocante mundo en el que transitamos.
Lo realmente mágico del tema es que todas y cada una de esas puertas son instantes robados por mujeres y publicados más tarde en sus perfiles de la popular red social. ¿Es una especie de código? ¿Un complot para dominar el mundo? ¿Este hecho insólito tiene algo que ver con la misteriosa desaparición de las abejas de la faz de la tierra?

Las enigmáticas puertas es algo que me "escama" profundamente pero no tanto como el siguiente secreto que se oculta en el interior de un anónimo frasco.
Hace tiempo ocurrió algo extraño en lo que no quise profundizar demasiado. Una noche, en una casa ajena, abrí el frigorífico para coger un par de cervezas. La dueña de la casa me había pedido que fuera a la cocina a por ellas, y sin pensarlo demasiado fui a buscarlas. Dentro de aquel electrodoméstico había pocas cosas. Latas de cerveza, leche, recuerdo una tableta de chocolate empezada y algo guardado en un tupper. Sin embargo, toda mi atención fue a parar a una botella de cristal lleno de un líquido verde. ¿Pero qué diablos es eso? Me dije cogiendo la botella y dudando por un momento si abrirla o no. ¿Sería peligroso? ¿Algún virus alienígena de más allá de nuestra galaxía? Bueno, quizá esto último lo pensé porque ya iba pelín achispado pero aún hoy no descarto tal posibilidad.
El caso es que tras unos segundos de indecisión dejé la botella en su sitio y con un par de latas de cerveza en la mano me senté en el sofá y mirando a la chica a los ojos le pregunté, ¿tengo que preocuparme por la botella de líquido verde que  hay en tu frigo? Ella, con mirada de chuza total sonrió y dijo, Ru esa botella contiene un secreto que jamás desvelaré.

Esta historia acojona pero, la siguiente pone los pelos de punta. Con solo pensar en ello se me eriza el bello y mi vista se pierde en la pared que frente a mi divide el piso de mi vecina y el mio. Ruidos. Escándalo. Alboroto. Chasquidos. Bulla. ¿Por qué las mujeres que habitan frente a mi son tan abrumadoramente efusivas con sus gémidos cuando estan con el novio de turno? Es algo que me tiene confuso, aturdido. A ellos no se les oye, ni un breve aullido, ni un timido sonido gutural. Pero ellas parece que estan en plena guerra mundial, enfrentadas a todo un jodido regimiento de artillería. Con un poco de imaginación casi puedo ver escenas regadas con un Wagner pletórico. Vítores y arengas, ánimos de todo tipo, gritos de alivio, sollozos de éxtasis puro y duro. ¿Pero qué diantres ocurre aqui? Subo la tele, me pongo los cascos, aliento a Maga a jugar para que sus maullidos oculten el espeluznate espectáculo que tras los muros se debe estar dando.
¿Una nueva conspiración? ¿Me he vuelto demasiado susceptible? ¿O es sólo la envidia de no tener a nadie que gima a este lado de la pared?

Cambiemos este ambiente fosco y lóbrego por uno más literario y culto. Ideal para cualquier seguidor de Jung o Freud. No obstante no nos dejemos engañar por este tema de libro sesudo y enrevesado, esto es de lo más terrorífico. En cada ocasión que me he hecho esta pregunta me han entrado sudores frios, e incluso he notado cierta presencia que tras mis hombros se rie en una carcajada de ultratumba. Sin duda, los espíritus de miles de millones de chicas que han ido poblando este mundo se descojonan de mi inocencia e inexperiencia en temas de esta índole. Pero vayamos al grano, ¿por qué estúpida razón las mujeres siempre se mantienen a la expectativa? Como digo, tema complejo y de muchas ramificaciones pero sin una respuesta definitiva.

Todos los que han leído alguna de mis historias saben que no soy muy docto en el conocimiento de la mente femenina, aunque me haya devanado los sesos intentando entender los resortes que hacen funcinar su intrincado cerebro.
Estas son algunas de las cuestiones que han desvelado mis sueños, ¿qué se esconde tras el líquido verde?¿cuántas puertas más he de ver en Instagram?¿a las mujeres en general les gusta ser escuchadas o solo a las que se mudan frente a mi?¿por qué cuando una chica quiere algo, ya sea un helado de fresa o un beso a la luz de la luna, el chico ha de adivinarlo?
Cosas que de momento estan fuera del alcance de mi entendimiento y, como diría Platón en boca de Sócrates, solo puedo afirmar que no se nada.

lunes, 25 de febrero de 2019

5. Pájaros en la cabeza.

¿Por qué se mantienen los aviones en el aire?

P + 1/2 DV² = K.      P es la presión en un punto. D es la densidad del fluido. V es la velocidad en el mismo punto. K es una constante.

Desde que el ser humano echó la vista al cielo para admirar lo que se cernía sobre sus cabezas, ha anhelado sobrevolar el mundo y sentirse más cerca de las estrellas. Quizá por ello siempre ha intentado estrujarse la cabeza para encontrar el modo de hacerlo posible.
La experimentación nos dice que nuestros cuerpos no fueron diseñados para poder surcar los aires como el águila o el gorrión por lo que después de infructuosos intentos nos dimos cuenta que necesitabamos algo que nos mantuviera a salvo de la temida gravedad.
La teoría la propuso Daniel Bernuilli en el siglo XVIII. Allá por el año 1738 publicó sus estudios sobre el comportamiento de los fluidos en una obra llamada Hydrodynamica. Todo ello se resume de una manera sencilla; la energía que posee un fluido, en nuestro caso el aire, permanece constante a lo largo de su recorrido.
Hubo de pasar bastante tiempo hasta que los famosos hermanos Wright dieran con la tecla adecuada. Crearon un tunel aerodinámico e investigaron con distintos perfiles y sus angulos de ataque.
Un perfil es basicamente un ala de avión y según el teorema de Bernuilli, el aire que recorre el ala por debajo de ella y el que va  por encima tienen la misma energia. Por lo que si variamos la velocidad y la subimos por ejemplo, la presión tendrá que bajar para mantenerse constante.

Hasta aquí he hablado de manera muy somera del motivo por el que hoy en dia volamos, pero ¿qué ocurría antes?
James Matthew Barrie escribió, poco antes de que los Wright surcaran los cielos, una pequeña obra de teatro llamada Peter Pan y Wendy. En ella, un niño de diez años decía que se podía volar. No hacían falta perfiles aerodinámicos, ni teorías sesudas. Para llegar a las estrellas tan solo había que creer en la posibilidad de hacerlo y tener a Campanilla a nuestro lado para que esparciera un poco de su polvo de hadas.
Claro, estas ideas a comienzos del siglo XX sonaban a cuentos, uno de esos que los padres londinenses leerían a sus hijos antes de dormir. Y, seguramente, si a un adulto le diera por aseverar que el tal Peter estaba en lo cierto le dirian algo como "...chico, tu tienes pájaros en la cabeza..."

Sin embargo aún hay más. Cualquiera que haya probado la mescalina, el peyote o el LSD, por citar algunas sustancias alucinógenas, podría garantizar que él o ella habrían volado bien alto. ¡Menudo viaje! Exclamarían poniendo los ojos en blanco y silbando, recreando el sonido del aire allá arriba.

Pero vayamos unos años antes de J.M. Barrie y su amigo Peter. ¿Quién quisiera volar como podría hacerlo?
Una niña de 14 años tenía la solución a tal cuestión. Rossa Matilda Richter, la susodicha chica, surcó los aires maravillando a todos los presentes. En 1877, un artilugio creado por el ser humano permitió a Rossa acariciar las estrellas, o al menos las nubes que en ocasiones nos las ocultan. Lanzada por un cañón, en el que se le había acoplado un resorte en su interior, logró sobrevolar a la audiciencia que se citaba en el circo del empresario P.T. Barnum. Un lugar destinado para la exhibición de cosas extraordinarias fue el emplazamiento de la primera bala humana, permitiendo que los asistentes soñaran con llegar más allá de las estrellas, si el impulso era lo suficientemente potente.

No obstante, dejando de lado todo este galimatías de ecuaciones y nombres del pasado, creo que la clave para conseguir acercarse a los astros se resume en una frase de ese niño tan sabio al que acompañaba un hada pequeñita y revoltosa.
"No dejes nunca de soñar, solo quien lo hace aprende a volar." Peter Pan.

jueves, 21 de febrero de 2019

4. El Principio de Incertidumbre de Heisenberg y el amor verdadero.

En una de las primeras clases de aquel curso, el profesor distribuyó por las mesas un simple folio en el que había unas pocas líneas escritas. 
Esto, nos dijo, será lo más importante que aprendáis nunca en este aula. Miré con curiosidad la hoja que con cierta parsimonia resbaló por mi mesa. Principio de incertidumbre de Heisenberg. 
Para ser sinceros, leí las pocas líneas y la fórmula matemática que ejemplificaba lo dicho por el físico alemán y no le hice gran caso. Al terminar la clase guardé el folio en la carpeta y no lo volví a sacar hasta diez minutos antes del examen final. 

La forma de mirarme cambió por completo mi propia mirada. ¿No os ha ocurrido alguna vez eso? Saber que a ella o a él le gustas y eso provocar que vuestra propia percepción de las cosas evolucione de una forma diferente. 

A mí, desde luego, me ha ocurrido en varias ocasiones. En algunas de ellas, esa distorsión varió la realidad de una forma extravagante y curiosa llegando a creer que el amor llamaba a mi puerta. En otras, en cambio, fue cierto eso que dicen de que enamorarse es cosa de dos. 


Ella subió al coche. Yo arranqué el motor. Una enorme luna iluminaba su rostro. Puse cara de bobo. Tendrás que guiarme, no se ir. Dije, dirigiendo la vista hacia la carretera. Observaba mis gestos, mi cara, mi forma de conducir. La miraba de reojo, y la ví sonreír. Noté que yo le gustaba, y eso incitó mi deseo hacia ella. 
El camarero nos dio la carta. La abrí y posé la mirada por los diferentes platos. De pronto, levanté la vista y me topé con los ojos de ella. Con voz dulce preguntó, ¿tú qué vas a pedir? La hamburguesa, repuse. Mi elección, con total seguridad, cambió la suya y con una mueca graciosa dijo, pues creo que yo tomaré lo mismo. ¡Copiota! Respondí yo. 
¿Qué te apetece hacer? Me preguntó tras la cena. La verdad es que ese día estaba cansado, había madrugado y quería irme a dormir. ¿Te apetece un vino? Interpeló viendo una duda en mi rostro. Conozco una vinoteca cerca de aquí, añadió. Su posicionamiento, queriendo seguir la velada, cambio mi propia velocidad deseando no irme a dormir por el momento. Vale, respondí. Me apetece. 

Sostenía una copa de balón en la mano. El ron transitaba por mis venas mezcladose con los glóbulos rojos en su azaroso camino por cada recoveco de mi cuerpo. Ella con otra copa similar a la mía dio un enorme sorbo. Se mordió el labio y armándose de valor preguntó, ¿te quieres quedar a dormir? Ese gesto persuadió a mi mente, me hechizó hasta tal punto que me vi contestando, sin poder remediarlo de forma alguna...Sí pero solo a dormir, ¿eh?

Lo que Heisenberg averiguó, estudiando partículas tan diminutas como los fotones, fue la imposibilidad de predecir con exactitud dos propiedades relacionadas de las mismas. Es decir, que por ejemplo no podíamos conocer la posición y velocidad de un fotón al mismo tiempo. O dicho de otra manera más poética, el acto de observar cambia lo que es observado.

Estaba sentado en el laboratorio de física. Delante de mí había un par de hojas con una serie de cuestiones sobre el cálculo de errores y distintas formas y métodos de medir diferentes variables. Me quedé pensativo ante la primera pregunta del examen. Esta rezaba, exponga brevemente que postula el principio de incertidumbre de Heisenberg. Mis ojos, por inercia, se posaron en la segunda cuestión. ¿Qué consecuencias tiene en la teoría de errores? 

Hubiera estado divertido contestar a esa primera pregunta que Heisenberg hablaba del amor en sus estudios. Según mi teoría experimental un tanto excéntrica bien es verdad, lo que concluyó en su observación de las partículas de la luz es que uno se enamora cuando siente que el observador u observadora en cierta forma ha sido hechizado por él o ella. De esta manera, el corazón fascinado cambia el destino del corazón que empieza a ser deslumbrado. Posiblemente habría suspendido igualmente y hubiera sido inútil, a parte de objeto de chascarrillos jocosos por los pasillos de la facultad, el exponer como ejemplos de mi teoría los transcritos un poquito más arriba. 

Sin embargo, creo que mi respuesta a la segunda pregunta habría calado de forma diferente en la mentalidad del profesor, hombre casado y ya anciano. ¿Qué consecuencias tiene el principio de incertidumbre en la teoría de errores? Calibrar un corazón, ponderar en qué posición está conlleva un error asociado a su velocidad. Esta también recoge su propia inexactitud multiplicándose con el error de la primera variable. Por tanto, cuando dos corazones se aman y se unen en una sola alma, son impredecibles de determinarse con exactitud sus cualidades, entrando en el indeseable mundo de las probabilidades. Las consecuencias del error en las medidas del amor sometidas a la irrefutable teoría de la indeterminación de Heisenberg son la infidelidad, el engaño, la falta de sinceridad, el desamor.

No obstante, ante esta enrevesada respuesta, hay cierta controversia. Algunos físicos (entre ellos Stephen Hawking, por ejemplo) han creido en el determinismo de la física de lo más pequeño, de todas esas partículas infinitesimales de las que están compuestas los corazones y las almas.
Esos locos científicos no piensan en posiciones y velocidades como variables separadas de las propias particulas sino que observan y evaluan el conjunto de todas esas cualidades. A esas partículas los deterministas las denominan ondas. Ellos piensan que el universo y cada cosa que en él se encuentra está plagado de esas ondas y éstas pueden calcularse con exactitud.

Sospechan, por tanto, que el principio de Heisenberg está concebido bajo una premisa equivocada, un simple error conceptual, cuya última consecuencia en el campo de los corazones y las almas es la de afirmar que el amor verdadero existe y es aquel en el que el error al encontrarlo y determinarlo es nulo. La dificultad estriba, por tanto, en encontrar dos corazones que vibren al unísono.




miércoles, 20 de febrero de 2019

3. La música de las esferas.

Hace muchos años que ya se teorizaba con este concepto. Entre veinte y veinticinco siglos atrás se pensaba que el universo era algo creado de forma armoniosa.

En torno al 500 antes de Cristo algunos eruditos y místicos estudiaron la relación entre las distancias de los planetas conocidos y su velocidad de rotación. Tanto la escuela pitagórica como diferentes adeptos de la filosofía hermética tenían la idea de que todo fue pergeñado por un ente o entes superiores y que estos habían diseñado todo de manera que fuera perfectamente bello, estética y musicalmente. Así pues, debía haber una relación tangible en lo que veían en los cielos y estudiaron matemáticamente el fenómeno. Estos antiguos sabios llegaron a la conclusión de que los planetas estaban vinculados entre si por una especie de proporción musical.


¿No os parece una idea extremadamente romántica que los cuerpos celestes pudieran emitir música? Sin embargo hay un pequeño problema. Nosotros no podemos escuchar esa pequeña sinfonía de los astros al moverse. En el vacío absoluto el sonido no se propaga, es decir, allí fuera es como si estuviéramos sordos. Nuestros oídos son incapaces de oír esos ruidos que se generan en el espacio. 


La evolución ha desarrollado nuestros órganos auditivos para escuchar ciertos tonos, los infrasonidos no están a nuestro alcance. Triste, ¿verdad? 


Nuestros sentidos están limitados, los ojos por ejemplo sólo ven una pequeña franja del espectro lumínico. Desechando una amplia gama de colores definidos por longitudes de onda que nos es imposible apreciar. 


Cuando pasamos la mano por una mesa, o quizá por la superficie de algún objeto que suponemos liso, no lo es para nada. No somos capaces de intuir que ese material es ruguso, miles de pliegues por milímetro cuadrado. Millones de imperfecciones que nuestro tacto, los dedos con los que rozamos las cosas, son incapaces de sentir. 


Y si hablamos del gusto o del olfato pasa lo mismo. Los grandes creadores de perfumes son personas entrenadas para distinguir multitud de aromas y matices que a una persona normal se le escaparían. Y aún asi, cualquier perro tiene cuarenta veces más células olfativas en la nariz que el mejor de esos hombres creadores de olores perfumados. 


El mundo de los sentidos es un minúsculo universo para nosotros, acotado por nuestras limitaciones de seres imperfectos. No obstante, hay un momento en el que el pico de esas sensaciones se hace máximo. Y aquí viene mi teoría, probablemente incorrecta, pero aún así la expondré en este lejano rincón de mi pequeño mundo. 


El enunciado formal de mi teoría sería tal que así. La curva de las percepciones sensoriales con respecto al tiempo se hace máxima cuando el alma de la persona en estudio esta enamorada. Es decir, cuando el corazón late por amor, el sujeto escucha sonidos imperceptibles para el resto, huele más aromas, paladea sabores vetados al común de los mortales, su tacto se acentúa y por supuesto la visión se hace extremadamente potente para poder apreciar cada detalle de la persona de la que se esta enamorado. 


Una teoría que de momento está en sus primeras fases especulativas. En el último año me he visto envuelto en un lío de fórmulas de todo tipo con multitud de variables y datos. Me ha llevado mucho tiempo dar con este enunciado, folios y folios llenos con infinidad de números extraños y expresiones enrevesadas. Y al final he logrado dar con la teoría que unifica mis estudios sobre este tema. Sin embargo falta algo importante para su demostración a nivel académico, la parte experimental. 


Todo esto no deja de ser una mera hipótesis si no se comprueba con ensayos reales. ¿Y quien mejor que yo para ser el sujeto A del experimento? Sí, seré la cobaya y el científico al mismo tiempo. 


Ahora me encuentro en un dilema, ¿he de fabricar yo mismo el elixir del amor? Esta sustancia sería capaz, inyectada directamente en el corazón, de hacer que me enamorase en cuestión de segundos de la mujer que estuviera mirando en esos instantes. Un método demasiado artificial pero bastante seguro. La otra idea es dejar que mi propio corazón elija cuando, de que forma y de quien debo enamorarme. Sin duda es un modo de proceder mucho más lento, pero tengo la sospecha de que será más intenso y podré demostrar mi teoría de una forma más elegante.


Quizá nunca gane el Premio Nobel por esta pequeña bobada que es mi teoría que relaciona la capacidad sensorial con el amor pero me gusta pensar que es tan poético como cuando esos griegos presocráticos miraban al cielo preguntándose que sonido emitiría la Luna o Marte al girar y decidieron que ese tono sería tan bello como el que haría una joven griega tocando un arpa. Ellos, a estos lejanos e hipotéticos tonos, los denominaron la música de las esferas.


Me encantaría poder demostrar que al enamorarme, mi oído podría aumentar tanto su potencial que si escucho atentamente en una noche de luna llena la oiga vibrar, allá en el cielo, en un lejano susurro. ¿No sería increíblemente maravilloso ser el primer ser humano en oír la música de las esferas? 




2. Héroes.

¿Quién quiere ser un héroe? Se preguntó él en una ocasión. 

Yacía sobre ella. Las manos sobre la cama ayudaban a mantener la mirada en sus ojos. Su miembro se cobijaba dentro de ella, intentando huir o quizá esconderse de un pensamiento que no permitía que disfrutase del todo de ese placentero momento. 

Ella tenía los ojos bien abiertos, aún pegándole la luz de la lámpara en la cara. No pestañeaba o al menos él no se detuvo en observar ese pequeño detalle. Estaba hundiéndose en esos oscuros ojos, intentando adentrarse en su mente, deseando llegar hasta lo más profundo de su alma. ¿Por qué? Se preguntaba, ¿por qué esta será la última vez?  

Esa impotencia de no llegar a descubrir que había tras esa oscura mirada le puso nervioso. Aceleró el ritmo de la cadencia de sus caderas. Las manos que sostenían su cuerpo sobre el de ella empezaron a temblar. Los bíceps del brazo contrarrestaron esa agitación que se dejaba notar con mayor intensidad cada segundo que pasaba. 
Las sacudidas de la cadera iban creciendo en potencia. Ambas cuerpos sonaban por el efecto del choque. Clap, clap, clap, clap.

Llegó un momento el que que él perdió el control. La tristeza que inundaba su corazón no le dejaba pensar, no le permitía parar. Los puños cerrados agarraban las sabanas con rabia. 
Ella, por supuesto, lo notó. Él lo vio en sus ojos, en la expresión de su boca. Al ver que algo en su mente le tenía desbocado, ella pasó su mano por la cabeza de él llegando hasta la nuca. Le atrajo hasta su pecho y susurró...tranquilo. 

Escuchaba los latidos de su corazón a través de sus hermosos pechos. Eso le calmó. Subió la cabeza hasta pegarla a la mejilla de ella, y a la altura de su oído pronunció...voy a sacarla. 
¿Por qué? Dijo ella. 

"El tiempo camina rápido y veces sin fin yo he dicho el relato.  No es relato de solo uno sino de todos nosotros..." En cierta parte de una de las películas de la saga de Mad Max unos niños le cuentan a Max como era la vida antes de que todo cambiara. Él apenas recuerda, su corazón le ha obligado a olvidar.

¿Por qué? Dijo ella.
Estoy a punto de correrme, sostuvo él. Sin embargo, no era del todo cierto. Tenía miedo de olvidar, de arrinconar en lo más profundo de su ser esos ojos que instantes antes le miraban sin pestañear. Estaba bloqueado ante la sola idea de relegar al olvido a aquella enigmática mujer. 
Solo quería salir de la cueva en la que se había refugiado y hacerse un ovillo en su regazo para preguntarse una y mil veces por qué. 

No necesitamos a otro héroe canta Tina Turner en la tercera parte de Mad Max.

¿Y quién demonios quiere ser un héroe? ¿Quién en su sano juicio desearía dejar de ser un villano y creer en el amor? Se preguntaba ese chico, acurrucado junto a ella, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.

¿Qué persona ambicionaría tal locura? Sólo alguien tan temerario como Max o quizá tan inocente como el protagonista de esta breve historia. Los admiro. 

viernes, 15 de febrero de 2019

1. You and me and the devil makes three.

Miraba la fuente. El sol no me dejaba entrever toda la belleza de aquella escultura que desde lo alto de una marmórea plataforma pétrea dominaba el cielo de Madrid. El Ángel Caído desplegaba levemente sus alas mientras un grito se adivinaba en su rostro. Un aullido hacia las alturas; el miedo a la caída podría ser, pensé, o quizá fuera el pánico a la temible serpiente que no le dejaba alzar el vuelo de nuevo, manteniéndole en un terreno bastante más mundano que aquel que solía habitar. 

En aquel instante recibí un mensaje en el móvil al cual no hice demasiado caso. No porque no quisiera saber lo que decía sino porque sabía que el sol me impediría ver la pantalla del teléfono. Así que, durante unos instantes más, contemplé esa demoníaca escultura que según las malas lenguas se sitúa justamente a seiscientos sesenta y seis metros de altura sobre el nivel del mar. (Dato que muchos han querido demostrar sin haber llegado a hacerlo realmente.) 

El silencioso bramido del Ángel Caído me trasladó al pasado. A un tiempo lleno de neblinas y a unos lugares tan brumosos que podrían no haber existido jamás. ¿Mi cerebro jugando de nuevo con evocaciones lejanas? ¿Al escondite quizá? 

Los embates del tiempo causan estragos en las mentes de los que intentan simplemente olvidar, sin embargo hay escenas imposibles de borrar y quedan marcadas a fuego en el subconsciente, saliendo a flote cuando menos te lo esperas o, simplemente, cuando una estúpida asociación de ideas deja paso a los recuerdos enterrados bajo siete llaves en lo más profundo del alma. 

"...Tú, yo y el diablo hacemos tres..." 

Aquella noche había bebido, tanto que quizá esa sea la causa del velo que mantiene ciertas lagunas en esta terrible historia. Recuerdo un ambiente fosco, extrañamente oscuro, digno de la peor de las historias de Stephen King o de aquellos tétricos relatos de Poe que leía de adolescente. Desde luego, fuera de aquella habitación las sombras se cernían sobre todo ser viviente, el mundo más allá de aquellas cuatro paredes era lóbrego y los sonidos angustiosos se colaban por la ventana abierta de la pequeña terraza. El ulular del viento preconizaba que nada bueno pasaría en aquel lugar apartado de toda coherencia.

Parecía un cuento. La luz era tenue. Las risas envolvían cada recoveco. Su dulce voz rebotaba suavemente en las paredes llegando de manera armoniosa a mis embriagados oídos. Ella era la viva imagen de una princesa esperando al príncipe que por fin liberase su alma del hechizo de la malvada bruja. 


Mis labios desearon besarla, en ese instante, al verla tumbada en aquella cama, desnuda sobre las sábanas. Mis dedos no pudieron resistir acariciar esa piel llena de marcas del pasado. Una piel que a mis dedos, a mi mente y a mi corazón le parecieron la más suave de cuantos cuerpos tuve la oportunidad de recorrer con mis imperfectas manos. Mi mejilla necesitó acercarse a su mejilla. Mi alcoholizada voz dejó salir en un leve susurro un cumplido que no creo que sus achispados oídos tuvieran la capacidad de apreciar. Eres realmente bonita. 

En su aturdida mente apareció una idea. Espera, me dijo. Voy a la cocina un segundo, ahora vuelvo. Mientras ella movía su precioso culo por la casa yo miraba la bamboleante proyección de la lámpara sobre el techo. Ya entonces me preguntaba algo que nunca sabré discernir con total seguridad, ¿es un sueño? Y en caso de ser así, ¿por qué ella llegó de la cocina portando un enorme y afilado cuchillo?

En los cuentos de Poe siempre hay algo absurdo sobre lo que pasamos de largo, tan solo porque el autor lo envuelve todo en una atmósfera casi mágica y así logramos admitir lo increíble como posible,  escuchando a un negro cuervo hablar o los acusadores látidos de un corazón enterrado que delata al asesino sin escrúpulos. 


El insensato hecho de esta historia subyace en la imagen de esa bonita princesa que tumbada en la cama acaricia su clitoris con el cuchillo...a mi ex le gustaba esto. Decia con voz de chuza total, asomando una caricaturesca sonrisa en su rostro. ¿Hablas en serio? Logré decir ante mi asombro. Claro, solo los niños y los borrachos dicen la verdad. 

You and me and the Devil makes three. El diablo hizo acto de presencia y permitió que en ese instante hubiera un trio en esa habitación. Ella se introdujo el cuchillo un poco más. Vamos, cógelo. Me animó. Metélo hasta donde tú desees. Sostuvo. 

Mefistófeles, Belial o Lucifer. Da igual el nombre que se le de al Ángel cuya rebeldía causó el descenso hacia los infiernos. En esa habitación, aquella lejana noche, se encontraba junto a nosotros procurando que todos cayéramos en una espiral de locura, hacia un profundo pozo lleno de los deseos y temores de las almas más inquietas. 

Mi mano se deslizó por su brazo hasta llegar a su sexo, tan húmedo que me hizo dudar. ¿Realmente esto es lo que desea? La fogosidad de su mirada mantuvo mi perplejidad. Metí un par de dedos haciéndome hueco, deslizando el cuchillo hacia un lado, sacándolo cuidadosamente y cogiedolo con la mano que quedaba libre. Lo dejé a mi lado, sobre la cama. Besé sus labios durante unos segundos y luego me refugié entre sus pechos. Escuché los latidos de su excitado corazón y temblé. Procuré que no lo notara abrazándome fuertemente a ella. Había derrotado al diablo. Nuevamente nos encontrábamos a solas y todo lo que pude decir fue un tímido te quiero. 

Tras unos minutos contemplando la escultura del Ángel Caído y viendo que el frisbee de unos patinadores cercanos pasaba más cerca de mi cabeza de lo que me hubiera gustado, fui caminando hacia el lago lentamente; aún con la imagen de aquel conmovedor abrazo guardado en las profundidades de mi alma y en cuyo insondable abismo liberé una batalla que nunca sería contada por la promesa de un innoble príncipe que faltó a su palabra, me senté en la hierba y observé el estanque. Los patos caían casi en vertical sobre el agua, los remos de las pequeñas barquitas se zambullían en el líquido elemento, el sol se despedía de aquel día bajando poco a poco sobre las copas de los frondosos árboles que movían graciosamente sus ramas. 


De pronto recordé el mensaje que un rato antes había importunado mi ensimismamiento sobre la figura de Lucifer en aquella fuente regada por el sol de un envidiable atardecer. 

Volviendo a mi venerado Poe, recuerdo vagamente uno de sus cuentos. A su Ángel Caído él lo llamó el demonio de la perversidad, un ser capaz de influir en las mentes. Un ente que entronca con el mío, se superpone e imbrica de tal manera que casi parecieran el mismo. Espíritus, ambos, que se divierten y juegan con las debilidades de los seres humanos tan solo por el mero hecho de demostrar su poderío ante las descuidadas y frágiles mentes de los mortales. 

El mensaje, por supuesto, era de ella. Y contrariamente a lo que se pudiera pensar, no es un truco para acabar de manera más elegante este tétrico y negro relato que se me ha ocurrido narrar esta soleada tarde de un viernes cualquiera. "Nunca más." Así empezaba ese mensaje, como nos repite una y otra vez el sombrío cuervo del poema de Edgar Allan Poe. Realmente ese mensaje, leído en la penumbra de ese momento tan especial del día que es el atardecer, en el que ni hay claridad ni oscuridad, hizo que mi piel se erizara y que un leve escalofrio recorriera mi cuerpo. "Nunca más. Tú haces que mi locura se desarrolle, crezca y deambule dentro de mi ser. Me da miedo. Olvídate de mí."

Desde aquel día, cada vez que mi camino me lleva al parque del Buen Retiro de Madrid he de pasar frente a la fuente del Ángel Caído. No lo hago para recordar que una vez me enfrenté al mismísimo diablo y le derroté. No lo hago para vanagloria de mi propio ego sino por seguir los pasos que dictó ese encomiable escritor que visitó las oscuridades del alma mucho antes de que yo naciera. 


En Berenice él escribe, "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas." 

"Decianme los amigos que encontraría algún alivio a mi dolor visitando la tumba de la amada." Allí, bajo la piedra que sustenta al alado ser, fue donde enterré el recuerdo de alguien que ya solo pertenece al mundo de lo sobrenatural, de las historias fantásticas. Al mundo inmaterial de las palabras soñadas, escritas y leídas.