La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

martes, 23 de mayo de 2017

Día 68: Soliloquios.

Adoro a las tórtolas. Es un animal al que admiro profundamente. 
Este ave forma un vínculo tan fuerte con su pareja que solo suele tener una en su vida.
Ambos se cuidan y dan cariño hasta que uno de los dos perece. 

Tengo ganas de subir a un avión. Pelearme por meter mi mochila en algún hueco de los maleteros llenos a rebosar de bolsas y demás enseres ajenos. Sentarme al lado de la ventanilla y observar el despegue. Mirar como los árboles, coches y edificios se vuelven cada vez más y más pequeños. Perderme entre las nubes y abrir mi toblerone de chocolate blanco comprado en las tiendas del duty free. 

Quiero sentir la brisa del mar al atardecer. Justo en el instante en el que el sol se oculta tras el horizonte. 

La tarta de queso con arándanos me sabe mejor si la comparto con alguien. Si juego con ella a quitarle el ultimo pedacito que queda en el plato. 

La Gioconda tendría que ser admirada en soledad y no con cien mil turistas dándote codazos por conseguir un hueco frente a la bella dama. 

Las bicicletas no sólo son para el verano. En invierno basta con abrigarse bien y no dejar de pedalear para no pasar frío.

Algún día disfrutaré de una biblioteca en mi propia casa. Una habitación dedicada solamente a los libros. Habrá tantos que me será tremendamente difícil hacerme un hueco y abrir cualquiera de ellos por lo que tendré que destinar otra sala de mi casa para poder leerlos. 

Los cementerios tienen su encanto. Me gusta pasear entre las tumbas y leer los nombres cincelados en las losas. Deambulando entre fantasmas te das cuenta de la volatilidad del ser humano, y al salir por las puertas del camposanto deseas aprovechar cada segundo al máximo. 

Deseo amar y eso me hace vulnerable. Si fuera un superhéroe mi kriptonita sería mirarme a los ojos y lanzarme en un susurro un te quiero.

Los ojos son la parte más bonita del ser humano, pueden enamorarte al instante. El culo, unas tetas o una cara bonita atraen pero solo la mirada es capaz de abatir murallas infranqueables y llegar hasta el centro del corazón. 



lunes, 22 de mayo de 2017

Día 67: Mamá.

Escuché llorar a alguien tras la puerta de mi habitación. Me despertó el leve susurro de sus suspiros.
Salí a mirar.
Ella estaba sentada en el sofá, a oscuras. ¿Qué te pasa, mamá?
Nada, hijo. Me respondió. Cogió mi mano muy fuerte y la sostuvo entre las suyas mientras yo intuía, en la negrura de aquella habitación, las pequeñas lágrimas cayendo por su rostro. 
Os hacéis mayores muy rápido. Me dijo, de pronto.
Entonces comprendí que aquella tristeza era causada por la impotencia. El inexorable paso del tiempo, que sin apenas darnos cuenta se escapa entre los dedos de las manos, era el culpable de aquella congoja.
No supe que decir, y solo se me ocurrió acariciar su espalda con la mano que me quedaba libre hasta que poco a poco las lágrimas remitieron.
¿Estas mejor? Pregunté. Si, ve a dormir anda.
Dudé unos segundos. Le di un abrazo y me fui del salón dejándola sola unos minutos.
No pude cerrar los ojos hasta que la sentí irse a su habitación. Entonces apagué la luz de la lámpara de mi mesilla de noche y lloré.
Nunca había visto a mi madre tan apenada, con tanta tristeza.
Yo tenía por entonces 21 o 22 años. Esa noche de una lejana primavera, me di cuenta de algo tan obvio que nunca me habia parado a pensar en ello. El tiempo corría para ambos y en algún momento ella no estaría. Y lloré, lo hice como jamás lo había hecho hasta aquel día.

Ayer celebrábamos todos su cumpleaños, mis hermanos y mi padre. Yo estaba sentado a su lado y en un momento dado me fijé en ella mientras jugaba con el móvil intentado hacernos una foto. Observé sus facciones. Sus ojos, su mirada y ese recuerdo, esa reminiscencia de aquella inevitable tristeza que jamás conté a nadie, vino de pronto a mi mente.
Mi sonrisa se borró levemente, solo unas décimas de segundo que evitaron que nadie en aquella mesa notara cosa alguna. ¿Por qué siempre cierras los ojos cuando te hacemos una foto, mamuchi? Solté riendo.

Me obligué a no pensar en ello...hasta ahora.

lunes, 15 de mayo de 2017

Día 65: El corazón de pizarra.

"Dormir es más íntimo que follar." 

Contundente afirmación que me hacía una amiga hace unas horas. Debatíamos sobre un vecino suyo que la tenía frita porque muchos días no la dejaba descansar. "El tío pesado hace mucho ruido."
La conversación se bifurcó en algún momento. ¿Y si uno de tus ligues ronca? Pregunté inocentemente. Fue entonces cuando, de sopetón, soltó la frase inicial aduciendo que levantarse al lado de alguien por la mañana era mucho más íntimo que hacer el amor. 

Tengo una caja de cartón en mi habitación. Es una simple caja de zapatos. En ella guardo los únicos recuerdos que poseo de mi vida. 
Siempre fui el tipo de personas que guardan todo cuanto se les aparece por delante y les proporcione un recuerdo. Unas entradas de cine, la etiqueta de una prenda de ropa, el billete de autobús que me llevó hasta algún lugar importante, el carnet de la biblioteca a la que iba con catorce o quince años, el cromo de Guti posando sonriente con la camiseta del Madrid, los billetes de avión de cualquier viaje...
Sin embargo llegó cierto momento en mi vida que todo lo material me parecía algo tan superfluo y banal que acabé tirando a la basura la mayoría de mis recuerdos. 
Tan solo me quedé con los que cupieron en esa pequeña caja. Treinta y nueve años, algo más de catorce mil días condensados en un diminuto lugar, el ataúd de la memoria. 

No lo entiendo, dije. No estoy para nada de acuerdo con esa afirmación. Una cosa implica la otra, sostuve ante mi interlocutora. Para ti si, tú solo te acuestas con alguien cuando sientes algo especial. Yo no follo solo cuando estoy enamorada. 

Bolígrafos de distintas formas y tamaños, antiguas carteras llenas de tarjetas de lugares anónimos. Carnets de la facultad, un par de cd's, algun reloj con las manecillas paradas, papeles con las letras borradas por el paso del tiempo, un pasaporte ya caducado, diferentes colgantes que solía llevar de adolescente...
Entre la infinidad de pequeños objetos que hay en esa caja y casi llegando al fondo, se podía ver un corazón de pizarra negro. 

Debo ser muy raro. Ella, queriendo ser amable, me animó. No, tan solo eres distinto. 

Cogí el corazón un momento. Acaricié la superficie porosa. ¿De qué sirve ser distinto? Ser diferente, ¿me ha ayudado de alguna forma? 
Durante unos breves segundos me planteé una locura, ¿y si fuera como los demás? Ese fugaz pensamiento se esfumó rápidamente. No, yo no se comportarme de otra forma. 

Pero, ¿y cómo se hace? Le pregunté. Yo no me veo yendo a una casa ajena y simplemente meterme en la cama para un rato después largarme como si tal cosa. Bueno, me respondió ella, son ellos los que de manera natural se van. Alguno se quedó a dormir, claro, pero porque vivía lejos.

Intento recordar el motivo por el que conservo el corazón de pizarra. ¿Quién me lo dió?¿Por qué? Miro hacia atrás en mi memoria. No, no fue ella. Esa otra tampoco. ¿Y la de...? No, imposible. Entonces, ¿de dónde diablos ha salido? Me esfuerzo cerrando los ojos, tratando de ubicar el objeto en algún lugar y fechas determinadas. 
Los resortes que manejan nuestro cerebro son caprichosos. La memoria es selectiva y no logro posicionar el corazón. No obstante, basta un aroma para que las mágicas puertas se abran dejando un resquicio por el que echar un vistazo al enigmático pasado. 

Por cierto cenicienta, ¿has cogido ya tu escoba? Cambié de tema.
Hoy no quiero hablar más sobre las diferencias entre amar y follar, pensé tras escuchar sus argumentos. Respeto cualquier opinión, por supuesto. Pero...¡desgasta tanto ir contracorriente! Ya lo mencioné en alguna ocasión, parezco El Quijote luchando contra los molinos de viento. Solo yo veo gigantes, solo yo veo el amor. 
Ese pequeño chascarrillo de la escoba quitó trascendencia a la conversación y ambos reímos. Si, ya la tengo preparada por si el friki de mi vecino sigue con la consola a todo volumen.

El olor a pelo mojado me transporta al país de las maravillas. Es entonces cuando me doy cuenta de que ese corazón de pizarra que descansa sobre mis piernas no es de este mundo. ¿Lo he imaginado o realmente existe? 
Aspiro profundamente para que el olor inunde toda mi alma. De pronto abro los ojos ante la visión en mi subconsciente de una mujer de oscura mirada dando la vuelta al corazón. Con algo de respeto ante lo que pudiera encontrarne lo giro lentamente. Hay algo escrito que resalta en el fondo negro de la pizarra. Te quiero, sombrerero. 

Ya no tengo ninguna duda, todo fue un sueño. ¿El deseo de que alguien por fin me quisiera provocó ese espejismo? La locura del sombrerero, mi propia locura, pareciera actuar de nuevo creando efectos alucinógenos como si yo mismo hubiera bebido del frasquito con la misteriosa etiqueta. Bébeme. Alicia es solo parte de un cuento, un invento de escritores más o menos avezados en eso que es unir palabras para formar historias. Lewis Carrol abrió ese túnel bajo las raíces de un árbol y yo tan solo lo seguí tras las huellas de ese olor a pelo recién mojado, cautivado por él, en busca de la dueña de ese corazón de pizarra. 

En mi onírico viaje al país de las maravillas me topé con el conejo blanco. ¿Es más íntimo dormir que follar? ¿El corazón de pizarra es real? Le pregunté, curioso. El sabio conejito me dio la solución a ambos dilemas. 
En una ocasión, me empezó a decir el conejo, Alicia me preguntó cuánto tiempo era para siempre. A veces solo un segundo, contesté. Ella aún inquieta sostuvo, ¿pero cuánto es un segundo? Fácil respuesta, cuando amas una eternidad. La clave, mi amigo, es el amor. Si amas, follar se convierte en el acto más íntimo que puedas compartir con una persona, tanto que acabaras durmiendo y despertando a su lado. 
En lo referente a tu segunda pregunta, repuso sonriente el blanco animalito, te diré lo mismo que a la pequeña Alicia cuando quiso saber que era real y que no lo era. Lo que se ve es la ilusión, lo que no se ve es lo real. 





sábado, 13 de mayo de 2017

Día 64: Peter Pan.

En el comienzo fui Pan.
¿En serio te identificas con ese personaje? Esa es la pregunta que más me han hecho en estos cinco años. La gente no podía entenderlo, muchas personas se quedaban con lo que todos tenemos en mente cuando mencionamos al bueno de Peter. Inmadurez, alguien anclado en una etapa de la vida que no es la suya, perseguidor de unicornios, eterno soñador. 
Por mucho que intentaba explicarlo nadie quiso ver que yo me moría por ser Peter Pan por un solo motivo. 

Omnia vincit amor. Esta pequeña frase sacada de uno de los muchos poemas de Virgilio resume todo mi pensamiento desde que tengo uso de razón. El amor todo lo puede. 

La inocencia es la cualidad que busco. Dentro de ella se engloba la bondad, inherente a la primera sin ningún género de dudas. 
Mi primera dirección de correo electrónico, mi primera contraseña, mi primer nick en redes sociales...Peter Pan siempre fue el espejo en el que mirarme. No creo que haya mejor adjetivo que defina a una persona y por el que me gustaría ser recordado eternamente. Me encantaría que cada persona que hubiera estrechando mi mano dijera si, me acuerdo de ese chico...era tan inocente. 

No hay nada más ingenuo en este mundo que creer en el amor. Pan firmaría esa frase de Virgilio con los ojos cerrados.
Estoy seguro que él se pegó bastantes batacazos hasta que comprobó que podía volar. Campanilla estaba ahí, claro, pero en el comienzo siempre tuvo que estar la fe en uno mismo y en la posibilidad de que cualquier cosa podía suceder. 

Desde luego, llegados a este punto, se podría decir que volar y amar para mí son sinónimos. A mi modesto entender, ambos pueden sustituirse en cualquier frase. De hecho, en mi perfil de instagram desde hace años tengo puesta la frase de muero por volar.

Esa vuelta a la inocencia que indiscutiblemente tuvo en jaque a Peter, seguramente le proporcionó muchos desvelos y algún que otro leñazo. Aún así no desistió y hubo un momento en el que pudo llegar a su mundo de Nunca Jamás escondido entre las estrellas más brillantes. 

"¿Conoces ese lugar entre el sueño y el despertar, el lugar donde todavía puedes recordar los sueños? Ahí es donde siempre te amaré, donde te estaré esperando." Pan y Virgilio son dos románticos sin solución. Ambos viven de sus sueños. Virgilio escribe para su amada Beatriz y vuela a través de sus escritos hasta el corazón de ella. Peter desea conquistar a Wendy de la única manera que sabe, contándole cuentos de hadas donde lo imposible se hace realidad. 

Jamás me gustó despedirme de la gente porque otra cosa que me inculcó Pan desde bien pequeñito fue que "decir adiós significa irse lejos e irse lejos significa olvidar." Por esa razón nunca abracé a mi hermano, por ejemplo, al despedirme de él. En mi mundo eso sería olvidarle y por nada me atrevería a hacer tal cosa.
Como digo, Peter Pan siempre fue mi modelo a seguir. Sin embargo, en algún punto y momento de mi vida olvidé cómo volar. No supe encontrar la estrella tras la cual podría vislumbrar Nunca Jamás. Anduve perdido mucho tiempo y ni todo el polvo de hadas que Tinkerbell pudiera rociar sobre mi habría hecho que volara de nuevo.
Tenía que encontrarme a mí mismo, buscar en mi alma la fe necesaria para afirmar la existencia del amor verdadero y creer en la posibilidad de lo imposible.

Intento recordar. ¿Habré volado alguna vez? Llevo aprendiendo a volar casi cinco años. En ocasiones he levitado unos segundos en mi vuelta a la inocencia, pero de pronto he mirado para abajo y el vértigo que jamás creí que tuviera, hizo que me diera el gran batacazo. Alguna que otra vez, abusaron de esa ingenuidad y candidez e hicieron que todos los avances por elevarme unos metros se quedaran en nada. No obstante, a todas aquellas personas que me negaron la existencia de esa magia incuestionable que subyace en el amor les dije siempre lo mismo. "No dejes nunca de soñar, solo quien sueña aprende a volar." 

 

viernes, 12 de mayo de 2017

Día 63: Moonriver.

¿Qué hay más bonito que mirar a través de una ventana el cielo gris de una mañana lluviosa mientras suena Moonriver y la suave voz de Audrey Hepburn te lleva a lugares confortables y calientes dentro de tu alma?

En algún otro instante de mi vida ya hablé de esta cálida voz, de la sensualidad que desprende su pausado ritmo, de la increíble paz que transmite esta canción susurrada por la bonita Audrey.
Y ayer la volví a poner para escribir sobre algo que me ha sorprendido bastante. A la gente no le gustan los días de lluvia.

¿Qué sin sentido es ese? ¿Cómo es posible que nadie vea la belleza del agua cayendo sobre los tejados rojizos de las casas o disfrute escuchando el chapoteo de las miles de gotitas golpeando una ventana llena de reflejos inverosímiles?
Yo podría pasarme horas y horas observando las nubes volar por el cielo, las miles de formas y cientos de tonalidades de grises que, surcando el aire, parecen deambular sin un destino aparente.

Demasiado bucólico, quizá muy ñoño, alguno incluso podría decir que hasta resulta empalagoso. Puede que así sea y que viva en un mundo irreal donde he dejado de lado los atascos causados por el agua, los pitidos de algún loco que llega tarde al trabajo, las maldiciones de esa señora que al abrir el paraguas ve que está roto. Si, quizá sea eso. Vivo en mi país de las maravillas donde una gotita de agua es sólo eso, una pequeña cápsulita llena de sensaciones. ¿¡Qué importa mojarse!? ¿¡Qué más da que algo de agua resbale por nuestra cara!?
Me asombra que la gente no se deje llevar por el momento, que no disfrute de algo tan banal como una tormenta o un día de lluvia.

Recuerdo que en una ocasión me pilló una tormenta tropical en Miami. Desde una semana antes todos los canales de la televisión hablaban de la increíble fuerza de esa tormenta que al tocar tierra se convertiría en huracán. Yo estaba expectante, ¿como sería vivir una experiencia de ese tipo? Sentía una curiosidad tremenda. La televisión local de Miami no paraba de mostrar el posible recorrido que haría el ojo del huracán a lo largo de Florida. Los meteorólogos anunciaban que sería la mayor tormenta desde el Katrina, los periodistas recomendaban comprar víveres en unas tiendas en las que ya se veían estantes vacíos. Los del hotel decían, para calmar los ánimos de todos los que nos arremolinabamos por el hall y llenos de esa tranquilidad que te da haber vivido decenas de tormentas tropicales, que sería un día con un poquito de lluvia pero nada más. En fin, el día llegó y me desperté con ganas de abrir las cortinas de la habitación y ver mi primer huracán en directo.
Fue emocionante. El cielo estaba realmente negro, lóbrego. Desde luego era una oscuridad tenebrosa, que presagiaba mucha agua. El viento empezó a soplar cada vez más fuerte y yo salí a la terraza de la habitación con la cámara en mano a grabar todo aquello. Las palmeras del paseo se bamboleaban en una danza hipnótica. Sonaban las sirenas de los bomberos a cada instante, acompañadas por un bufido ensordecedor causado por la fuerte ventisca que, cada segundo que pasaba, se hacía más potente. Y de pronto una inmensa tromba de agua cayó sobre Miami con una intensidad como jamás había visto.
Una hora más tarde esa lluvia cesó de golpe para pocos minutos después volver a caer pero con mucha menos virulencia. ¿Ya está? Me dije. Pues que bobería, ¡pensé que volarían coches y vacas por el aire como en las pelis! Me metí dentro de la habitación un poco decepcionado pero sonriente.
Para asombro mío, tres o cuatro horas más tarde y al salir de comer una deliciosa tarta de queso de un restaurante cercano, un sol radiante lucía en el cielo. La tormenta se dirigía en esos momentos hacia el norte, cogiendo una fuerza inusitada que días más tarde obligaría a cerrar algunas estaciones del metro de Nueva York por inundaciones en la parte baja de Manhattan, y que cancelaría vuelos en los dos aeropuertos internacionales de la Gran Manzana.

Sin duda ese día, en el que yo disfruté como un niño viendo llover, muchos otros se levantaron maldiciendo, con cara de pocos amigos. ¿No es más bonito disfrutar de todo cuanto nos rodea ya sea con un rojizo y ardiente sol, una pequeña brisa nocturna o una arreciante lluvia?
Yo creo que si, por eso ayer me puse los cascos y salí a la calle con una amplia sonrisa.
¡Qué día más bonito! Me dije, cuando la primera gota de lluvia mojó mi cara, mientras la dulce voz de Audrey susurraba en mi oído Moonriver.

"...two drifters, off to see the world. There's such a lot of world to see..."

Día 62: Gonzo y su canción.

Llevo un rato escuchando la canción número diez de un antiguo disco.
El álbum en cuestión es un CD que tengo desde hace muchos años, tantos que los dedos de ambas manos no dan para contarlos.

La décima pista está cantada por Gonzo, uno de los míticos personajes de los muppets.
Siempre que la escucho me da por llorar, me es imposible no emocionarme y derramar alguna lágrima al oír a Gonzo desear no ser él. Sin embargo, en mitad de la canción aparece Chicken, la gallina. Y entonces todo cambia.

La canción se titula "Wishing song" y dice algo así :

I wish I had a coat of silk, the color of the sky.
I wish I had a lady fair, as any butterfly
I wish I had a house of stone that looked down on the sea
But most of all I wish that I was someone else but me.

En este momento aparece la gallina y dice que se alegra de que Gonzo no fuera otra persona. Y Gonzo, incrédulo, le pregunta ¿ah, si?¿por qué? A lo que la gallina contesta, porque me gustas. Entonces Gonzo canta lo siguiente :

Now I don't have a coat of silk, but still I have the sky
Now I don't have a lady, but there goes a butterfly
Now I don't have a house of stone, but I can see the sea
Now most of all I know that I am happy to be me.
I'm happy to be me.

jueves, 27 de abril de 2017

Día 61: Pintando sentimientos.

De pie, le miro desafiante. Él, impoluto, me devuelve la mirada. Me desafía en toda su amplitud. De pronto le doy la espalda, cierro los ojos y suspiro. Tengo que ser valiente, me digo. Debo enfrentarme a ello o jamás podré mirarme a un espejo con la absoluta certeza de saber quién es el que observa desde el otro lado. 
Vuelvo a girarme para toparme de nuevo con el abismo. El lienzo en blanco me conmina a dar el primer brochazo, un trazo inicial con el que soltar la timidez que a todos nos surge ante la inquisitiva mirada de nuestra alma. ¿Seré capaz de pintar mis sentimientos? 

Elijo un pincel, mango fino y suave. Pelo sintético, de punta redonda. Elección, sin duda, causada por esa vergüenza del comienzo de todo trabajo. Los trazos serán leves, casi como andando de puntillas ante la virginidad y pureza del lienzo. Miro la paleta, ¿qué color sería el más adecuado?

Detengo mis ojos unos instantes ante la variedad de tonalidades. ¿Cuál combina mejor con la soledad? Elijo un marrón oscuro porque me viene a la mente el color de un tronco de árbol muerto y abandonado. Dejado a su suerte en medio de un campo yermo y cuyo aislamiento causó el triste desenlace. Hago una línea en diagonal, de arriba a abajo. Descendiendo hasta los infiernos. Una recta que se corta de pronto, abruptamente, cuando me digo...¡basta ya de tanta nostalgia, pasemos al siguiente sentimiento!

Llevo el pequeño pincel al vaso, lleno de productos de limpieza que el amable muchacho de la tienda me aconsejó utilizar. Dejo que el marrón se vaya, llevando lejos la temida soledad. Mientras, vuelvo mi curiosa mirada hacia la ventana que proyecta la clarificadora luz sobre el cuadro dándome la solución del próximo color y sentimiento. 
Azul cian claro, tonalidad del cielo por el que alguna nube camina lentamente. La esperanza se merece ese azul. Quizá le elección más evidente, nuestros antepasados ya miraban hacia arriba con ilusión y optimismo. La esperanza no es más que la creencia, más o menos ciega, en que todo cambiará.
Cojo el pincel y embadurno su pelo de ese cian y hago líneas que cortan a la soledad, multitud de ellas  de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. 

No, no seré tan previsible. Cuando uno habla de la pasión lo asocia directamente al rojo. Pero como digo, no me dejaré llevar por los convencionalismos. Para pintar la pasión me decido por el amarillo lima, muy cercano al verde sin llegar a serlo completamente. Es algo obvio para el que haya paseado entre los muchos jardines de limoneros que pueblan la costa italiana cercana a Nápoles. Ese fuerte olor embriaga los sentidos y hace que sucumbas ante los encantos de los susurros de Afrodita. Haz el amor, aquí y ahora. Y yo, yo no puedo más que hacerla caso y liberar toda mi pasión y lanzar gemidos que retumban entre los árboles llenos de limas y limones. 
En esta ocasión cojo un pincel de un trazo más grueso, y hago líneas discontinuas sin ningún sentido aparente. La pasión no tiene reglas, tan solo suelto todo ese delirio desatado lleno de arrebatos y frenesí. 

Me recuesto en el suelo, observo cómo va quedando todo ese batiburrillo de colores y siento rabia. ¿Por qué nadie se atreve a compartir esa pintura conmigo? ¿No hay nadie con el valor suficiente para sentir? ¿En serio?
Me levanto furioso, abro un bote en el que pone negro humo y sumerjo la primera brocha con la que me topo. Dibujo una equis bien grande, ¿de qué sirve contar, pintar o escribir sentimientos si nadie se arriesga y los comparte conmigo?

Apoyado en la pared opuesta al lienzo agacho la cabeza, de pronto tiro la brocha negro humo más allá de la puerta de la habitación en la que me he propuesto dejar vacía mi alma. ¡No! Grito. ¡No puede ser! Mascullo entre dientes. Tiene que existir, susurro tirado en el suelo frente a un cuadro inacabado. 
Cojo una paletina, un pincel bastante ancho. ¿De qué color es el amor? ¿Cuántas personas se habrán hecho esta misteriosa pregunta?
Lo tengo claro, son todos a la vez. Acaricio el pelo suave del pincel y me decido, por fin, a pintar el amor. Azul, amarillo, rojo, naranja, violeta, verde...
Los trazos son hacia todas direcciones llenando mi lienzo de un color indefinido, de un loco arcoiris en el que de repente aparece un amarillo verdoso o un azul botella, un púrpura,  un naranja pomelo o rojo atardecer.
Para acabar sacudo la brocha con fuerza dejando que millones de gotas rocien el cuadro. Ahora sí, el amor lo salpica todo, esta esparcido por cada rincón de esa tabla llena de sentimientos. 

Con mis ropas llenas de colores y mi corazón bombeando hacia fuera todas esas sensaciones que se negaban a salir, agarradas fuertemente a mis entrañas, como la mano de un niño se aferra a la de la madre el primer día de cole, examino mi obra. No está a la altura de un Van Gogh o un Matisse, ni tan siquiera tiene una milésima parte de un Renoir, pero es mía y solo mía. Mi alma. Admirenla al pasar, es lo más valioso que poseo y lo único que puedo ofrecer. 





martes, 25 de abril de 2017

Día 60: La lucha del amor en un sueño.

Polifilo se acuesta, cierra los ojos e intenta dormir. Está inquieto, intranquilo. Algo que turba su mente le mantiene en vilo hasta que, presa del cansancio cae dormido. La causa de tal nerviosismo y preocupación no podía ser otra que una bella dama. Polia le ha rechazado. 

Parece que fuera ayer, sin embargo ya han pasado más de diez años. El tiempo camina rápido, sin duda. Hace algo más de una década estaba sentado en el salón de mi casa, intentaba descargarme un libro antiguo a través de una señal pirata de internet que cogia de vete tú a saber qué forma. Cuando abrí las primeras páginas de la "Hypnerotomachia" me quedé atónito ante los grabados. Formas, personajes y edificios mantuvieron mi interés durante tardes enteras intentando descifrar su misterioso significado. El sueño de Polifilo, como se conoce el libro en castellano, se convirtió en el mío propio. 

Anoche tecleé un nombre en YouTube. Estaba en la cama, intentaba coger el sueño y por alguna extraña conexión sináptica de mi mente, surgió de pronto y sin previo aviso. Hombre lobo. 
El primer canal, la primera persona o los primeros vídeos que tengo el conocimiento de haber seguido de una manera más o menos continúa en el tiempo son los de él. Un tipo que, por motivos de trabajo, viajaba mucho y por infinidad de lugares. Se dedicaba a hacer vídeos cortos, cámara en mano, de todo cuanto veía. 
Lo descubrí en mi etapa de búsqueda de información sobre ese viaje que nunca llegó, mi deseo de ir a Japón y más concretamente a Tokio. (Si me tiraseis de la lengua y tuviera que precisar más aún, lo que quería era visitar el parque de Disney de aquella ciudad)
Pues como digo, anoche me acerqué de nuevo a su canal después de varios años sin atreverme a ver vídeo alguno suyo. Me alegré al comprobar que aún seguía subiendo material y durante una hora pinché, uno tras otro, alguno de sus últimos vídeos. Un viaje a Singapur.

Polifilo sueña al quedar dormido. Dentro de esa ensoñación va en busca de su amor, Polia. En cierto momento de ese primer sueño se queda a su vez dormido. Y es así como, rizando el rizo de lo onírico, sueña que está soñando. 
Durante las decenas de páginas que dura su historia, se narran las aventuras que le suceden al perseguir su anhelo. Su aspiración, lo único que le importa, es conseguir que ella le ame como él siempre lo ha hecho. 
Y como sueño que es, ella al final cede al amor cortés. Polia le ama, o más bien tiene ilusiones eróticas con el bueno de Polifilo. A lo largo de este tramo de la historia surge lo que los psiquiatras llaman el síndrome de Clerambault, más comúnmente llamado erotomania. 
Ella desea que él la ame y esa creencia hace que ella le quiera a su vez, un maldito trabalenguas del amor. 

Al despertar esta mañana, mientras el agua caliente de la ducha despejaba mi mente, me he hecho una pregunta. ¿Cuánto costará ir a Singapur? Media hora después, entre estación y estación de un metro lleno de gente he dado con la respuesta. Pero algo me ha inquietado de la misma forma en la que la mente de Polifilo se sentía atormentada al principio de la historia. ¿Número de pasajeros?

Tras una serie de vicisitudes Polifilo y Polia están en el altar. Cupido y Venus han movido sus hilos y el culebrón parece que llega a buen término. Finalmente, ambos tortolitos se casarán. Es probable que si fuera un peli de Disney y las notas de Alan Menken amenizaran los títulos de crédito finales, la historia se quedase aquí con el mítico y sorprendente ...and they lived happily ever after. No obstante, estamos en la Edad Media y no hay rastro del susodicho romanticismo "made in Disney" por ningún lado. 
En el altar, cuando él va a abrazar por fin a su amada, ella desaparece como azucarillo en el café y Polifilo despierta de su sueño. 

Hace más de una década, cuando me topé con esta historia, no le di importancia. El argumento pasó a un segundo plano ante los preciosos grabados. Años después, esta mañana, Polifilo ha venido extrañamente a mi al intentar responder eso que la web de Airfrance me preguntaba. ¿Número de pasajeros? 
Ya sabéis cómo soy yo, jamás pondría un uno en esa casilla. Pero, ¿qué conlleva ese dos? ¿Soñar eternamente? ¿Despertar abrazando humo? 
Afortunadamente, escribo estas líneas cuando le Edad Media dejó paso a varias otras edades más, etapas de diferente calado romántico en su seno. Y aunque, hoy en día el romanticismo está en claro retroceso ante el pragmatismo prefiero ser de aquellos que dicen que, si crees en los sueños estos acaban por cumplirse.
De todas formas, no podría subir a un avión solo...¿a quién daría el coñazo durante el vuelo? 
Así que, muy probablemente, esta noche me meta en la cama y piense en esa frase que he leído alguna que otra vez. No duermas para descansar, duerme para soñar. 
Puede que, como Polifilo, en ese momento de caer rendido sobre la mullida almohada, ya esté soñando que sueño. 

jueves, 20 de abril de 2017

Día 59: Breve historia de unas manos.

Oye tú. Si tú, no mires a otro lado. ¿Me darás la mano? ¿Serás capaz de no soltarla jamás? ¿Por muy alto que subamos o aunque descendamos a los infiernos?¿Tendré tu mano cerca cuando el sendero que recorramos se empine?¿Y en la cama, será tu mano la que acaricie mi piel?¿Recorrerá los miles de lunares que, diseminados por todo mi cuerpo, serpetean hasta mi corazón?

¿Qué pasará cuando te enfades por alguna estupidez que haya hecho?¿Seguiremos cogidos de la mano? Esa unión de ambas palmas, ¿será incondicional? 

Sabes que mi mano es sincera, acaricia llevada por el alma cuyas órdenes son ejecutadas por el corazón. ¿Qué hará la tuya si te ofrezco la mía?¿Irá rápida y veloz a su encuentro o se lo pensará y tímidamente estudiará una manera de entrelazar dedos sin parecer que es lo que deseas? 

Tengo el presentimiento de que tu mano y la mía se gustan. Es un simple pálpito, una corazonada si lo prefieres. De hecho, ahora la miro. Observo mis dedos. El más gordo es cabezota y no quiere soltar prenda. El índice solo apunta a una dirección, ¿será donde tengo que buscarte? El medio mira para otro lado como queriendo despistarme. El anular es mudito, interroga con la mirada a los demás y le conminan a seguir el pacto de silencio. ¡Ay, si no fuera por el pequeñito! El más valiente de todos me susurra al oído que echa de menos tu mano. No solo eso, me confiesa. Los cinco estamos coladitos por los de ella. ¡Averigua dónde está! Encuéntrala y tráela aquí para que podamos abrazarnos, me sugiere el pequeñín. 

En el fondo, yo entiendo ese capricho. El abrazo de dos manos enamoradas es una de las cosas más bellas del planeta. En sus muchas vertientes. De lado. Dedos entrelazados. Meñique con meñique. Uniendo las puntas de los dedos. O simplemente, palma de él sobre palma de ella. Ya lo dibujó Miguel Ángel en los techos de la Capilla Sixtina, en esa bóveda dos manos se buscan. Esa unión transfiere toda la energía de un cuerpo al otro. Un vínculo íntimo, en el que los latidos de un corazón se sienten en el del otro. 

Por eso yo me pregunto en esta tarde primaveral, ¿será tu mano capaz de aguantar la mía?¿será la mía capaz de sostener la tuya? 

Con los ojos abiertos y la mirada perdida en el horizonte, veo nuestras manos unidas recorriendo miles de lugares. Fotos aún no realizadas de ellas sobre el Empire State, navegando por el Sena, de paseo por el Vaticano para contemplar esas primeras manos que desencadenaron todo, bajo las cataratas del Niagara mojándose divertidas, en una terraza refrescándose el gaznate, juntas en una montaña rusa gritando por el vértigo... Instantaneas soñadas, imágenes idealizadas de momentos robados a un tiempo que aún ni existe. Todas ellas reunidas en un álbum en cuya portada se lee algo escrito por la mano de él, acompañado de un corazón dibujado por la de ella. 

lunes, 17 de abril de 2017

Día 58: Sueños compartidos.

"Dos desconocidos...tumbados uno junto al otro escuchando música.  Boca abajo y mirándose. Sin decir nada. Solo miradas nerviosas. Muy juntos. Sintiendo el latido rápido del corazón transmitiendose a través de la arena mojada.
Ella, con un suave movimiento, se acerca un poco más y él...él pone sus labios sobre los de ella sintiendo su sabor, mordisqueando los labios, jugando con su lengua...deliciosamente perfecto. Unos instantes después se separan únicamente para poder mirar sus ojos respectivamente. Ambos traviesos, entornados por el sol de un agosto que se acaba. De nuevo juntan sus labios fundiéndose en un beso salado y eterno.
¿Se podría añadir algo más a la sublime sensación de un beso en una playa a una preciosa desconocida?
Después de besarse un rato...él, cogiendo la mano de ella, la levanta suavemente y sin decir palabra alguna la lleva hacia el mar. Caminando se miran, observan cada movimiento del otro...ella sonríe nerviosa, el mira sus ojos embelesado. Cuando la costa ya se ve lejos se sientan sobre el fondo de un mar poco profundo. Uno frente al otro sonrien y acarician su piel húmeda, se vuelven a besar, abrazándose esta vez, acariciando ella la espalda de él. A lo que el responde, en un ataque de locura, quitandose el bañador y tumbadose completamente. Ella, poniéndose sobre él de manera que nadie pueda ver su ereccion, se aparta un poco la braguita del bikini e introduce el pene dentro de ella sintiendo todo su calor. Las pequeñas olas mueven sus cuerpos y así, en una mar en calma, pasan los minutos lentamente...siendo una sola alma y un solo cuerpo."
Sueños al atardecer.

Esto lo escribí hace un año y medio en un post de mi perfil de Facebook. Fue una tarde en la que, sólo, admiraba el mar y su movimiento ondulatorio. No podía concentrarme en el libro que paseaba cada tarde a la playa y cogí el móvil.

Recuerdo que imaginé a esa chica, la vi claramente en mi ensoñación. A mi lado, me sonreía tímidamente. Vi sus facciones, el color de sus ojos, su larga melena.

Cualquiera que mirase desde otro lugar no hubiera visto más que a un chico, yo, sentado en la toalla mirando a un horizonte lleno de pequeñas barquitas amarradas al fondo poco profundo del Mar Menor. Sin embargo, yo la observaba a ella. Claramente. Sin ningún género de dudas, ella estaba allí. En mi mente. En mi corazón.

Hace año y medio vi su rostro en una especie de epifanía, una clarividencia totalmente fantasmal.
Su mano tocaba mi cuerpo. Sus dedos paseaban por mi brazo, desde el hombro hasta la mano, haciendo pequeños dibujos en mi piel.
Veía mover sus labios, decían mi nombre. Ru, dame la mano.

Mis dedos, entrelazados a los suyos. Mi mano llevando la suya tímidamente hacia el mar. Sus uñas acariciaban el dorso de mi mano, mientras yo la susurraba...sígueme. Ella, por supuesto, así lo hizo y lentamente andamos hacia las profundidades de un mar de un leve calado, sutil.

Aquella tarde me ha venido hoy a la memoria al tiempo que miraba el sol bajar poco a poco sobre el horizonte. Una tarde especial, esa en la que el amor de mi vida se me apareció ante mi. Mi alma la pudo contemplar pese a la ceguera visual causada por un sol de finales de agosto, enrojecido  y llameante.

Tecleaba la escena en el móvil, deseando publicarla en mi perfil de Facebook por si ella, fuera quien fuese, reconocía por algún casual, haberse topado en sueños con la misma ilusión óptica. Nosotros caminando hacia el sol, unidos por nuestras manos y bañados por las sombras de los rayos del astro rey.
¿Quien lo vería? Amigos de amigos de amigos de amigos...soñaba que ella estuviera entre ese montón de gente.

Nadie, en cualquier caso, me hizo saber que había soñado lo mismo que yo. Ninguna chica dijo, Ru era yo esa chica que te besó sentados uno frente al otro en medio de aquel cálido mar. Nadie en año y medio me ha confesado que compartió ese sueño conmigo. Y esta tarde, haciendo una foto de mi pie sobre el sol, intentando caminar sobre las estrellas, he pensado...¿Y si ella no puede acceder a mi perfil? ¿Y si no está entre esos amigos de amigos de amigos de amigos? ¿Y si lo estaba y no pudo leerlo porque se encontraba de vacaciones? ¿Y si por algún hecho fortuito perdió ese día el móvil y no pudo entrar a la red social para dar a los "me gusta" de turno?

Se me han ocurrido un sinfín de posibilidades para que ella, la chica que se tumbó sobre mi cuerpo desnudo fundiéndonos en una sola alma, no hubiera podido reconocerse en ese embriagador y lujurioso sueño de verano. Así que poco después de contemplar la foto de mi pie al lado del sol me he dicho...Joder Rubén, se más ambicioso y no te quedes solo en el Facebook. ¡Lanza tu sueño al mundo entero!

Así que aquí me hallo, en mitad de la noche recordando un sueño de hace año y medio. Una visión de un ángel venido del mismísimo cielo, una chica de rostro tan claro para mi corazón como oscuro para el resto del mundo que no mirase con los ojos de mi alma.

Ojalá tenga más suerte en esta ocasión. Espero que la indiscutible globalización de este planeta, haga que estas palabras lleguen a los ojos de esa chica y pueda reconocer mi sueño, nuestro sueño compartido. Ese en el que ambos andamos, cogidos de la mano, hacia el sol para fundir nuestros cuerpos en uno solo, y buscandome me diga...Ru, soy yo. Por fin nos volvemos a encontrar, y está vez no es un sueño.

domingo, 16 de abril de 2017

Día 57: La ubicuidad del amor.

Deseo respirar, sentir y ver, escuchar y por supuesto paladear el sabor del amor.
En mi mundo, en ese en el que deseo vivir, el amor tiene el don de la ubicuidad.

No pienso claudicar ante esa idea. Por eso, hace un par de minutos, siguiendo los pasos que dio Dorothy antes que yo, he juntado tres veces mis talones y he deseado que algo mágico suceda.

Amor, ven en mi búsqueda. He repetido la primera vez. Encuéntrame esté donde esté, es lo que he dicho la segunda. Y, finalmete, abraza mi alma.

Mis zapatillas no son mágicas como lo fueron los zapatos de Dorothy, en realidad son las sandalias de la playa. Pero mi fe en el amor puede con esa minucia. No en vano, el amor es omnipresente. Ubicuo. Esta en el aire que respiramos.

martes, 11 de abril de 2017

Dia 56: Romeo, Julieta y el corazón de cristal.

Creo que hoy es un día perfecto para hablar de esta historia. El sol y el sonido de las olas lo envuelve todo, y hace que las palabras fluyan sobre el teclado suavemente.

Este relato comienza de una manera un tanto peculiar, diríase que hasta surrealista. Hace unas semanas un paquete llegó a mi casa, su envoltorio marrón apagado no tenía escrito remitente alguno. Tan solo unas palabras...Para Rubén, el cuentacuentos. ¿Quién lo enviaría? Me pregunté intrigado, nadie sabe donde me escondo.

Al abrirlo comprobé que era una pequeña cajita con una serie de viejas cartas en su interior. Todas escritas por la misma mano y firmadas con una pomposa erre al final de cada misiva.

"El día que vi a Julieta por primera vez había luna llena. Para alguien atento a los pequeños detalles como yo, eso significaba que los de ahí arriba estaban de nuestro lado. Selene, la bella diosa lunar se alegraba de nuestro encuentro dándonos toda su luz. Así pude comprobar que su rostro, el de Julieta, era el más espectacular de cuantos hubiera visto hasta ese momento y que sus ojos, de mirada dulce y curiosa, transmitían una calidez que produjo que mi corazón se acelerara tan rápidamente que todo control de la situación me fue imposible."

Las cartas, escritas por alguien que se llamaba a si mismo Romeo, estaban llenas de un sentimiento tan fuerte que ni yo mismo, que hablo del amor a cada instante, pude comprender.

"¿Es real? ¿Julieta me ama? Esa cuestión me vino a la cabeza la mañana que desperté en su cama y ella cogió mi mano apretándola fuertemente contra su pecho. Sentí los latidos. Su corazón y el mio se habían unido en una resonancia perfecta aquel día en el que tras esos breves segundos me soltó de sopetón, te tienes que ir ya."

"Julieta me ha hecho prometerla mirando sus oscuros ojos que jamás la abandone, ocurra lo que ocurra nunca me dejes. Eso me ha dicho hace unas horas. Y sin embargo, hace unos minutos, me ha escrito en un escueto mensaje que no me quiere a su lado. El miedo atenaza su cuerpo, su alma, su corazón."

"¿Me estará mintiendo? ¿Será todo un engaño? Hoy era un día perfecto para pasarlo juntos. Ella, en cambio, ha preferido quedarse en su casa poniendo otra de esas excusas que me suenan a improvisadas. Tengo que limpiar."

"A veces me sorprende. Hoy me ha hecho el mejor regalo que nunca me hicieron. Sentados delante de una cerveza ha abierto su bolso y rebuscando en él de pronto ha sacado su corazón. Lo he hecho para ti. La miré a los ojos, alegres, con una ilusión que nunca vi en ella. En su mano reposaba un corazón de cristal rosáceo. ¿En serio lo has hecho tu misma? Si, me ha costado bastante. Su corazón venía acompañado por una pequeña llave. Cuidalo, mi corazón te pertenece Romeo. Me dijo ella mientras mis ojos humedecidos por la emoción no lograban retener un par de lágrimas que cayeron lentamente por mi mejilla."

"Tengo que admitir que estoy enamorado de Julieta y no se por qué. Ella me ha mentido, no me quiere. Es todo una burdo embuste para obtener lo que desea. Me siento tan engañado. El amor duele, encoje el alma y lo estruja de tal manera que ni todas las lágrimas del mundo pueden liberar tal congoja."

"Es tan difícil encontrar el amor que, pese a cada obstáculo que surja, lucharé por ella. Amo a Julieta. Eso es lo único que importa. Quiero pasar el resto de mi vida junto a ella y nada me lo impedirá. Ni sus miedos ni los míos. El amor verdadero merece eso y mucho más, no me cansaré de repetirselo. Julieta, por mucho daño que me hagas, la felicidad que siento a tu lado compensa cada segundo que he pasado llorando por ti."

"Hace media hora que he despertado nuevamente a su lado. Anoche se quedó dormida usando mi brazo de improvisada almohada. Estoy feliz. Soy el hombre más dichoso del planeta. Yo apenas he dormido escuchando su respiración, rodeandola con el otro brazo que tenía libre y notando su corazón. Oliendo su pelo. Miles de sentimientos se agolpan en mi alma. No deseo pasar ni un solo minuto lejos de ella, la echo ya de menos y hace unos instantes que nos dimos el beso de buenos días."

"Se aleja. Cada noche que paso a su lado me pide que le jure que jamás la deje. Julieta, le digo sinceramente en cada una de esas ocasiones, nunca me iré de tu lado.
Luego ella pasa días sin dar signos de vida. ¿Me estará engañando? Mis dudas martillean mi mente, ¿realmente me quiere? ¿o es tan cobarde que no quiere luchar por ser feliz?"

"La cuerda se tensa. Quiero verte. Necesito hablar contigo mirando tus ojos, le pido a Julieta. Romeo, no me apetece ahora. No quiere enfrentarse a sus miedos, nuevamente, pero la obligo a hacerlo. Voy a tu casa, le digo.
Dando un paseo le ruego que me diga lo que siente. Te quiero, Romeo. Pero me asusta que las cosas puedan no salir bien. La miro impotente, con rabia. Mi voz tiembla. Esta hipotecando una posible historia de amor, quizá igualando la de los Capuleto y Montesco con un final mucho más feliz, por no querer averiguar donde conduce todo este asunto. ¿Y si eres realmente el amor de mi vida?
Lo siento Romeo, no puedo. Tengo miedo. Mucho miedo.
Entonces le di el abrazo más largo que pude soportar sin derrumbarme. ¿Por qué? ¿Por qué el amor no triunfa como en los cuentos que solían narrarme de pequeño?
Segundos después dejé a Julieta delante de su casa. La observaba a unos metros, ella se giró unos instantes y me dijo adiós con la mano, devolví su gesto viéndola desaparecer tras una puerta.
Esa fue la última vez que contemple la bonita mirada de esa chica que robó mi corazón y no supo que hacer con él."

Al fondo de aquella caja llena de cartas había algo más.  Envuelto en una servilleta del 100 montaditos, si a mi también me pareció curioso, estaba el corazón de cristal. Dentro de él unas iniciales. A su lado reposaba también la llave que intentó abrir el alma de Julieta.

Mucha gente me pregunta al leer mis historias si son reales. El misterio es parte del encanto de todos mis relatos, aunque en esta ocasión puedo asegurar que ese corazón de cristal existe y lo he tenido en mis manos. Más allá de todo eso, puede que Romeo y Julieta tan sólo sean personajes ficticios creados por alguna mente soñadora tal y como Shakespeare hizo en su dia, situandolos en la bella Verona.
De ser un cuento, sin duda yo lo habría terminado de otra forma. Puede que de una manera más poética e inocente, mucho menos dura. Mi final sería ver a Romeo y Julieta venciendo sus miedos y teniendo un hijo llamado Oliver. Pero bueno, ya sabéis como soy yo. Estúpidamente romántico. 

lunes, 10 de abril de 2017

Día 55: Off to sea once more.

Spiderman se hace pasar por Peter Parker, Superman por Clark Kent, Batman se disfraza de Bruce Wayne. ¿Y yo? ¿Quién soy? ¿El corsario vestido de Rubén o Rubén con traje de pirata? 

Tinkerbell es un nombre en mi agenda del móvil. Me topé con campanilla hace unos tres o cuatro años. Por aquel entonces yo era Peter Pan, un adulto que no quería perder la inocencia. No deseaba dejarme llevar por la corriente y cuando peor lo estaba pasando anímicamente quise creer en la bondad del ser humano y por supuesto, en cuentos de hadas. Fue entonces cuando el azaroso destino me puso delante a esa niña, sin duda la persona más sentimental que he visto en mi vida. Vivía las cosas de una manera muy afectiva, y ese era su punto débil. La sensibilidad puede ser objeto de burla en el mundo actual. 
Jamás vi a tinkerbell en persona, nunca llegamos a abrazarnos, y sin embargo hubo un instante en el que hubiera dado mi vida por poder hacerlo. Me escribió una noche. Rubén, estoy muy triste. Me dijo. ¿Qué pasa, tinker? Me han vuelto a dar plantón por segunda vez. ¿Cómo? Pregunté, extrañado. Campanilla era, además de un alma muy emocional, una chica muy bonita. ¿Qué clase de tipo haría algo así? Estoy metida en la bañera, y solo tengo ganas de llorar. En ese momento solo deseaba reconfortar su corazón herido con un fuerte abrazo. No lo hice. 
En aquella época no solía quedar con nadie, aún seguía recuperándome de mi caída a los infiernos y no sentía que fuera a ser buena compañía para nadie. Simplemente, hablaba con otras personas por no sentirme solo y para olvidarme de mis propias historias. Una forma de evasión, podríamos decir. 
Aquella noche le di ánimos a campanilla de la mejor manera que Peter Pan podia hacerlo. Con ilusión y cierto toque de ingenuidad. Habrá otras citas, tinker. Seguro que tu pececito está ahí fuera, en el mar. 

Solo hay que salir a navegar una vez más. 

Rubén, el corsario, empezó a cantar mirando la luz de la luna que reflejaba sus ondulantes destellos en el oscuro mar. Off to sea once more, era una rítmica balada que hablaba sobre un pirata que pierde todo el dinero de sus trapicheos a causa del ron y las chicas. De camino a Boston, en busca de su destino, el corsario se acordó de aquella canción. ¿Por qué no abandonar? Mirando a la negra noche y pensando en las historias que le habían contado sobre Beatriz se dijo que no, que debía navegar al menos una vez más. Tenía que encontrar a esa enigmática dama, ¿y si ella tenía la solución? ¿Y si ella era su amor verdadero? 

Tinkerbell me hizo una vez un dibujo. En él salía yo, Peter Pan. Tristemente ya no lo conservo, en una de esas rabietas o enfados estúpidos que me caracterizan me deshice de ello y desapareció para siempre del mundo de lo tangible, no así del de las ideas en el que seguirá mientras yo conserve la memoria. ¿Qué fue de campanilla? Al igual que el pequeño regalo que me hizo, ella se esfumó con el paso del tiempo al darse cuenta que jamás quedaríamos para darnos ese necesario abrazo entre dos personas que se aprecian. 

Me gustaría poder decir que soy el pirata y que de vez en cuando me pongo el traje de Rubén para pasar desapercibido. El corsario tiene una fé inquebrantable en el amor, recorre los mares y océanos buscando lo único que puede hacerle feliz. Sin embargo, tan solo soy Rubén imaginando ser el bonachón de Pan o un valeroso pirata. 

En ocasiones hay días, como el de hoy, en el que cuesta ser ese alter ego crédulo y bobo, lleno de esperanza y con la convicción de encontrar los secretos del amor en los ojos de una mujer. Instantes de flaqueza en los que se hace duro hacerse a la mar, una vez más. 

Mañana contemplaré de nuevo las olas y escucharé el sonido que producen al romper en la orilla. No podré evitar, entonces, preguntarme si merece la pena seguir soñando o quizá sea mejor aceptar que en ese mar no haya ninguna sirenita para mi. 
Ojalá el espíritu de Rubén el conquistador me visite esta noche mientras duermo y se quede al menos el suficiente tiempo para saber si en algún lugar de Boston, Beatriz tiene la respuesta a todos esos desvelos causados durante tanto tiempo.
Por si acaso eso sucede, le esperaré cantando. "...Come all you bold young sailor lads and listen to me song. When you come off them damn long trips, I'll tell you what goes wrong. Take my advice, don't drink strong drinks, don't sleep around with whores. Get married instead, spend all night in bed and go to sea no more. No more, boys, no more. Go to sea no more. Get married instead and spend all night in bed and go to sea no more..."

miércoles, 5 de abril de 2017

Día 53: Tomates verdes fritos.

El mismo día que cumplí 18 años acabé de leer la novela de Fannie Flagg.
Al terminarla, durante un par de horas, me quedé sentado en el sofá de mi habitación. En silencio, mi mente deambuló por los personajes del libro y sus vivencias. 
Recuerdo que después me puse a escribir. Era la primera vez en mi vida que plasmaba por escrito mis sentimientos. 
Cierro los ojos y lo veo claramente. El sofá, las hojas, mi mano deslizándose sin demasiados titubeos por la áspera superficie del papel. Breves paradas para rectificar una palabra y quizá tachar alguna otra. Fueron un par de hojas por ambas caras donde ya se intuían los ideales y principios que he intentado seguir durante toda mi existencia. 
Embriagado aún por la nostalgia de la novela me preguntaba si alguna vez conocería el amor verdadero, la amistad incondicional o la alegría de saberme querido. 
También me cuestionaba sobre mi incierto futuro. ¿Qué estudiaría? ¿Qué camino tomaría?
Mis sueños, asimismo, tuvieron cabida en ese par de hojas que hoy amarillean en un anónimo archivador guardado en las oscuras profundidades de un cajón. Quería viajar por todo el mundo y visitar cada ciudad que había vislumbrado brevemente en películas o imaginado en las decenas de libros que leía. 
Igualmente mencionaba mi deseo de contar historias de manera visual. Mi profesión soñada, la que siempre quise tener, director de cine. Esa tarde, después de leer tomates verdes fritos, escribí sobre las ganas que tenía de que los demás vieran el mundo de la misma forma que yo lo veía. Un Rubén muy ingenuo, o sencillamente demasiado romántico, expresaba su lejana esperanza de presentar sus películas en festivales como los de Sundance, Cannes, San Sebastián o Venecia. 

El día de mi décimo octavo cumpleaños lo pasé leyendo y escribiendo. Sin duda algo premonitorio, a tenor de lo que he hecho los veintiún años que han pasado desde entonces. 

La tarde caía sobre Madrid aquel verano de 1995. Mi madre nos llamó a cenar a todos, guardé esas hojas escritas con letra muy pequeña en un antiguo archivador de anillas. Al mismo tiempo que cerré sus tapas, sellando así mis preocupaciones y deseos, miré hacia la ventana. Lo recuerdo tan vívidamente que no pareciera que haya pasado la mitad de mi vida. El sol se ponía iluminando con sus refulgentes rayos a las nubes, que diseminadas aquí y allá teñían de un tono rojizo espectacular todo el cielo. Mirando aquel atardecer sentí vértigo. Puede que sea por eso por lo que ese momento lo tengo grabado a fuego, fue una sensación tan violenta que me encogió el corazón. 

¿Qué será de mí en los próximos 18 años? 
Con esa pregunta en mi cabeza me dispuse a cenar y terminar mi tarta de cumpleaños junto a mis hermanos. 

La anciana de tomates verdes fritos recuerda su azarosa vida. Un camino serpenteante lleno de aventuras y giros inesperados que la llevaron por infinidad de lugares dentro de su propia alma. 
Aquella calurosa tarde, sentado en la soledad de mi cuarto, deseé con todo mi ser que mi vida fuera al menos tan emocionante como la de la protagonista de aquel libro que me impresionó tanto que, al pasar su última página, lloré. Por eso, una vez me hice al hecho de que aquella historia había acabado, escribí mis sueños en esas páginas con las que me volví a topar hace un par de semanas. Unas hojas en las que a modo de último y más grande deseo las cerré con un...Quiero amar y ser amado. 

martes, 4 de abril de 2017

Día 52: Nun Tsu Kao.

Recuerdo ver con mi hermano Kickboxer.
Pese a que sabíamos el desenlace de la pelea, observábamos con detenimiento y cierto nerviosismo la pantalla tumbados en el suelo del salón. Van Damme contra Tong Po. 
Esta noche, hace apenas unos minutos, he visto de nuevo Kickboxer. En esta ocasión una nueva versión con un Van Damme más entrado en años pero en una forma envidiable. 
En un lance de la pelea final me ha venido a la mente una frase que leí hace unos cuatro años. Pertenece al libro de Sun Tzu, el arte de la guerra. "Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro. Si no conoces a los demás pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra. Si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla."

Diciembre del 2015. Llegando las navidades pensé que alguien se había apiadado de mí y me había dado un regalo anticipado de Reyes. Creí que el amor había llamado a mi puerta tan sutilmente como un niño mueve la aldaba golpeando la puerta de una casa desconocida. Fue algo tímido, increíblemente vaporoso.
Estaba dado de alta en una de esas páginas de contactos de las que todos han oído hablar pero que nadie admite haber estado. Ella, a partir de ahora la señorita C, entró delicadamente en mi mundo. Sin hacer mucho ruido. Tan leve fue ese contacto con C, que hubiera pasado de largo de no haber sido por algo extrañamente mágico. Cada cosa que me gustaba a mí, a ella le apasionaba. Cada matiz de mi vida, cada experiencia vivida por mi, ella la había pasado antes que yo. Cada sentimiento de mi alma ella pareció compremderlo a la perfección debido a alguna rara empatía que unía ambos cuerpos en uno solo. 
Todo era tan extrañamente mágico que me vi imbuido por el espíritu navideño reinante en esas fechas y caí en la tentación de pensar que ella era mi alma gemela. 
C solo tenía dos fotos en su perfil. Una de su cara y la otra de cuerpo entero. Durante un mes, que fue el tiempo que hablé con ella, no se me ocurrió pedirle más fotos. No me movía su aspecto físico sino la tremenda compenetración que parecíamos tener. Hubo un momento en el que pasado el tiempo decidimos quedar. Las conversaciones se me antojaban demasiado frías tras el resguardo del chat de la aplicación y quise comprobar si de verdad la magia existía en este mundo lleno de hostilidad.
Un par de horas antes de la cita me escribió un mensaje realmente turbador. "Rubén, no soy C. Soy L" 

¿Quién diablos es L?
Unos meses antes, en verano, hablé durante un tiempo con otra mujer. Teníamos buenas conversaciones, interesantes y llenas de aspectos filosóficos y metafísicos. Sin embargo nuestras permanentes peleas ideológicas sobre el amor me hacían no querer quedar con ella. Su visión del mundo era mucho menos poética que la mía. L no creía en el amor verdadero y eso condenaba cualquier interes emocional por mi parte. Ella quería quedar. Yo no. Pero tras mucho insistir acepté su propuesta de una cena para debatir posturas. Sin embargo ocurrió, que cuatro o cinco días antes de la cena, acabamos en otro de nuestros interminables conflictos sobre lo que significa amar y todo derivó en una negativa por mi parte para quedar en persona. ¿De qué serviría? Ella y yo podríamos hablar durante horas pero jamás surgiría nada más allá de eso. 
Su ataque fue fulminante, doloroso y cruel. Tanto que ese fue el último día que hablé con L. O eso creí hasta ese mensaje que aturdió todo mi ser. 

L había urdido su plan con precisión milímétrica. Durante un mes me había hecho creer que ella era mi alma gemela. Me conocía a la perfección, sabía mis debilidades y las utilizó tan sabía y fríamente que me tragué todo. Realmente magistral, una obra maestra digna del mejor conspirador. 
"Y da gracias que te avisé antes de que fueras al restaurante, porque tenía pensado dejarte plantado allí mismo." La ira de L hacia mí no tenía parangón. 
Esa noche me metí en la cama sin apenas cenar. Durante un par de horas me fue imposible articular gesto alguno. Mi corazón estaba petrificado, paralizado totalmente. No podía creer que alguien deseara causarme tanto daño adrede. Me quedé dormido pensando si realmente habría algo de amor en este desquiciado planeta.
Al día siguiente cargué contra ella. Coletazos de un alma herida, sin duda. No sirvió de mucho ya que al acostarme ese día rompí a llorar. Rabia, impotencia, ira, odio, resentimiento, frustración. Todo de golpe. Un hachazo seco en la boca del estomago. 

Tong Po machacaba a Van Damme de lo lindo. Rodillazos al costado, patadas en los muslos, codazos en la cara. De chaval me encantaba ver esa película. Transmitía unos valores que se impregnaron fuertemente en mi ser. No rendirse jamás. No claudicar ante los golpes.
El malvado de turno siempre deja un pequeño resquicio por el que colarse para ganar la batalla si se sabe actuar en el momento adecuado. 
Van Damme golpea a Tong Po dejándole atontado, tambaleante. El público Tailandés empieza a corear algo a gritos. Nun Tsu Kao! Nun Tsu Kao! Nun Tsu Kao! 

"...Si no conoces a los demás pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra..." Sé quién soy, nun tsu kao, el gran guerrero blanco.





viernes, 31 de marzo de 2017

Día 51: ¿Deshollinador o astronauta?

Subido al tejado de una casa londinense sonríe. Junto a él, Mary Poppins y los niños observan un cielo rojizo. El mundo entero está a sus pies, como él menciona. Solo los pájaros, las estrellas y el deshollinador tienen el privilegio de contemplar cada amanecer o atardecer desde ahí arriba. 

Tengo sueño, estoy cansado. Aún así mi mente no deja de evocar ilusiones, fantasías y deseos. 
Hace unos tres o cuatro años me inscribí en el proyecto Mars One. Ambicionaba subir más arriba que el propio Dick Van Dyke en la película, quería ser uno de los primeros seres humanos en pisar suelo marciano. Desafortunadamente no salí elegido entre las miles de personas que, como yo, se vieron surcando los cielos más allá de las nubes.
De esa loca aspiración solo queda un boletín mensual que me llega a mi dirección de correo electrónico con las últimas novedades de la aventura hacia la conquista de nuevos mundos, y por supuesto el inquebrantable anhelo de volar. 

¿Por qué me gustarán tanto las alturas? 
Recuerdo una escena de "El club de los poetas muertos". Robin Williams le pide a un alumno que se suba a una mesa y observe. Ante él se abre otra perspectiva del mundo, un abanico inmenso de posibilidades y caminos. 
Quizá sea eso lo que me llama la atención, el poder ver las cosas de otra manera. No tengo duda alguna que la persona que se mantiene siempre a la misma altura y contempla el mundo desde allí, solo puede ver en dos dimensiones y por lo tanto pierde una información preciosa, el volumen. 

Las mentes más maravillosas son aquellas que tienen la habilidad de abstraerse y deambular en una red tridimensional. Al mismo tiempo, los pensamientos más claros, puros e inocentemente bellos son los que se dan cuando hemos comprobado que hay una inmensa gama de grises entre el blanco y el negro.
Creo que sólo aquella persona que se ha aupado más allá de su propia altura podrá comprender la verdadera realidad de lo que le rodea.

De ahí que siempre haya querido subir lo más alto posible y abrir bien los ojos. Empaparme de la claridad que desde allí arriba ilumina cada objeto y ser.
Pensaréis, ahora, que me han entrado aíres de grandeza por querer ser como uno de aquellos dioses que desde el Monte Olimpo observaban el devenir de las gentes en sus quehaceres diarios. Ni mucho menos. Sus metas, las de los propios dioses, eran muy distintas a las mías. Ellos se divertían con sus tejemanejes, pasaban el día entre intrigas a las que de vez en cuando inmiscuían a humanos y semidioses. No, mi objetivo es sencillamente vislumbrar cuantas más posibilidades mejor e intentar entender la naturaleza de cuánto nos rodea. 

¿Cómo es un árbol? Nadie podrá acercarse a la respuesta correcta si no ha volado, de alguna manera más o menos misteriosa, hasta su copa y visto lo que el propio árbol contempla desde ahí arriba. 

Tumbado en la cama, con los ojos casi cerrados y medio dormido me pregunto...¿cómo será la sensación de abrazar las nubes? 
Quizá tenga razón el deshollinador cuando canta eso de que es un hombre con suerte. Es uno de los pocos seres humanos que han podido comprobar lo que sería que una nube, de esas que pueblan un Londres lleno de neblinas y brumas, roce su rostro manchado de hollín. 

¿Deshollinador o astronauta? ¿En qué me convertiré esta noche, al cerrar finalmente los ojos y soñar? 

jueves, 23 de marzo de 2017

Día 50: Fragilidad.

Frágil es un adjetivo que me definiría bastante bien.

Intento dar el pego y parecer un tipo duro, uno de esos a los que todo y todos le importan una mierda. Sin embargo no deja de ser una pose, una mirada que apenas puedo aguantar si alguien me observa detenidamente. 

Pero, ¿por qué demonios quiero parecer impasible? ¿por qué parecer el mismísimo Clint Eastwood en Harry el sucio? 
Por la misma razón por la que Superman se viste de Clark Kent, para evitar que otros reconozcan lo que es y puedan utilizarlo en su contra. 

Camino por la calle con las manos en los bolsillos, la música en mis oídos, la mirada al frente. No hago caso de cuánto me rodea, tan solo mantengo el paso y miro a la nada. En ocasiones desvío los ojos a los lados para sortear a algún transeúnte, peatones que pasean contemplando la vida. Adelanto y sigo mi trayecto. 

Nadie puede conocer quién soy, no me permito ese lujo. Mantengo mi disfraz hasta llegar a casa, es entonces cuando me siento en el sofá y me quito la careta. 
Cojo la manta que hay sobre él y me tapo hasta las orejas. El corazón se encoge, tiembla, y lentamente empieza a soltar todo aquello que no ha podido digerir a lo largo del día. Durante un buen rato mi frágil corazón se suelta y hace que las lágrimas salten en cascada de mis ojos, resbalando por las mejillas hasta mojar la manta de lana marrón. 

Hay veces que no deseo ocultarme, lo odio. Sinceramente. Si pudiéramos preguntar a Superman que es lo que más detesta, estoy seguro que después de Lex Luthor diría que a Clark Kent. Por eso ante ciertas personas dejo que contemplen a Rubén, al igual que Superman deja que Lois Lane le vea con esa enorme ese en el pecho. Esas personas dicen que soy un blandito, un maldito bobo llorón. 

Esa fragilidad es parte de mi encanto, me hace sentir más empatía por la gente que me rodea. Pero también permite que cualquier infortunada frase dicha en el fragor de cualquier batalla dialéctica me conduzca hasta una nueva llorera. Por eso intento mantener mi neutralidad, la mirada de hielo. No sueles sonreír, me dicen en ocasiones. Claro, en mi disfraz no hay cabida para la sonrisa. Eso sería un resquicio para aquellos que quieren colarse hasta mi alma para hacerme daño. No, las sonrisas solo en la soledad del sofá, al igual que las lágrimas. 

En las últimas semanas he llorado y sonreído más de lo que lo había hecho últimamente. Y lo que es más perturbador, lo he hecho en público. Tanto que ahora la gente sabe cuando me pasa algo, y descubro que en los días más tristes me lo notan y preguntan, ¿qué te pasa, Rubén? Mierda, digo yo entre dientes, me he olvidado el disfraz en casa. Serán las prisas. 

Hace unos días iba en el metro, móvil en mano. Ni me había dado cuenta que lloraba hasta que una lágrima cayó sobre la pantalla del teléfono. Pocos días antes, descubrí tras el reflejo de un escaparate, mi sonrisa. Miré rápidamente hacia todos los lados, cerciorándome que nadie me hubiera descubierto y pudiera sacar beneficio de mi desliz. 

Debes llevar más cuidado Rubén, me digo en esas ocasiones, la gente es cruel con los más débiles. Si descubriesen tu fragilidad sería tu final. Acabarían contigo de un plumazo si quisieran hacerlo. No puedes permitirte algo así.

El problema de todo esto radica en que con el disfraz puesto no puedo amar, al igual que Superman siendo Kent no puede volar. La frialdad, la condescendencia y la neutralidad mantienen mi corazón a salvo de todo peligro, pero a mi alma la envuelven de una tristeza infinita. 

¿Qué es más importante, corazón o alma? ¿Vivir a salvo o intentar ser feliz? A priori la solución es bastante clara, la felicidad ganaría por k.o. 
Pero las cosas no siempre son tan sencillas como aparentan. Sino que se lo pregunten a Superman cuando alguien le pone la temida Kryptonita delante de sus narices. Seguro que entonces él se daría de cabezazos en la pared maldiciendo el día que salió sin su disfraz de Clark Kent. 

lunes, 13 de marzo de 2017

Día 49: Stairway to heaven.

Hace un año y medio no podía parar de escuchar a Led Zeppelin y su Stairway to heaven. La ponía durante horas y horas en un bucle infinito. 

Los primeros acordes de la guitarra de Jimmy Page al empezar la canción me evadían del resto del mundo, que por aquel entonces y al igual que ahora, me parecía tan extraño y en ocasiones incomprensible que creía ser parte de algún sueño de un loco, tarado y esquizofrénico paciente de cualquier psiquiátrico de película japonesa de terror. La voz de Robert Plant, recitando más que cantando, me acompañó mientras escribía varias de las entradas de este blog. La reina de Mayo, por ejemplo, fue una de ellas. 

Me llamó tanto la atención que me dediqué durante un tiempo a leer toda la información que logré encontrar sobre la canción y sus autores. Hilos que seguí con curiosidad y que me llevaron dando tumbos, desde una cabaña perdida en Gales hasta una casa a los pies del Lago Ness. 
Acusaciones de satanismo, mensajes ocultos, rituales de todo tipo y orgias desenfrenadas en casas llenas de magia negra fueron algunas de las historias que copaban mis solitarias tardes de aquellos días. 

"There's a lady who's sure all that glitters is gold and she's bying a stairway to heaven. When she gets there she knows, if the stores are all closed with a word she can get what she came for." 
Siempre quise conocer a esa dama que tenía la absoluta certeza de poder conseguir cualquier cosa con solo pedirla. Tendría que ser una mujer increíble, en todos los aspectos, para poder nublar entendimientos y dejar solo cabida a los deseos. 

Hace unos meses meditaba sobre ello, ¿alguien sabría dónde comprar una escalera directa al cielo? ¿Existiría una tienda al estilo del Ikea, en cuyos almacenes habría un lugar destinado para cosas improbables? En caso afirmativo, al tener acceso a una de ellas y poder deambular entre los diferentes comercios de aquellos dioses, ¿qué pediría? ¿me lo concederían? Me daba en la nariz que yo no tendría tal poder de convicción como la chica de la canción, aquella que anhelaba conocer. 

"Dear lady, can you hear the wind blow?"
Aún creyendo que jamás mis demandas serían escuchadas siempre pedí un deseo. Ser feliz. Egoísta y demasiado ambicioso. Siendo sincero y honesto, no pediría la conclusión de todas y cada una de las guerras que martillean la superficie del planeta. Tampoco me decantaría por algo como el fin del acaparamiento de la riqueza por parte de unos pocos mientras otros muchos pasan penurias inimaginables. Ni tan siquiera una cura para las decenas de enfermedades crueles que masacran las vidas de anónimas personas como tú y como yo. 
En las noches con mucho viento, como la de hoy mismo, y al no tener noticias de sitio alguno donde agenciarse una escalera al cielo, susurraba a los dioses creyendo que ese aire llevaría con fuerza mi interesado capricho hasta más allá de las nubes. 

"Because, you know, sometimes words have two meanings."
¿Qué es para cada uno la felicidad? Para unos podría ser tener éxito laboral, un excelente trabajo que les llene cada segundo de sus vidas. Para otros en cambio, tener una cuenta en el banco con más de seis cifras. Algunos definirían la felicidad como aquello que sienten al ver a sus hijos crecer día tras día. Seguro que incluso habría alguno por ahí que al comprar el ultimo modelo del IPhone y mandar su primer whatsapp desde su flamante terminal diría que es la persona más dichosa de la tierra. 
La felicidad admite tantas acepciones como gente hay en el planeta, sin embargo para mí solo tiene un sentido. Amar. 

"And a new day will dawn for those who stand long, and the forest will echo with laughter."
El amor lo es todo. Mi única meta. Lo que dará valor a todo lo vivido e importancia a cada segundo transcurrido, será el día en el que no pueda parar de sonreír. 

"The piper will lead us to reason."
Imagino a Page y Plant en aquella cabaña de algun lugar perdido de Gales, donde empezaron a componer la letra de "Stairway to heaven". Sin luz ni electricidad. Quizá con sustancias psicotrópicas recorriendo sus torrentes sanguíneos en aquellas oscuras noches, creando el escenario ideal para poder ver escaleras infinitas, mujeres que creen que todo lo que reluce es oro y flautistas que muestran el camino a los que alguna vez se perdieron.
En aquel mistérico emplazamiento y con la mente llena de química y música vieron a la reina de Mayo en todo su esplendor. Ella les pidió que la acompañarán, ellos no pudieron negarse. 

"...with a word she can get what she came for."
Vente.
Voy.



miércoles, 8 de marzo de 2017

Día 48: Un día sin ideas.

¿De qué puedo escribir cuando no hay nada que decir?

Podría hablar sobre música, arte, o la última película que quise ver y no vi. También estaría genial teclear algunas palabras sobre la luna o las estrellas, mencionando que al mirarlas pienso en el amor y en corazones latiendo al unísono. 

Pero no, hoy no deseo hablar de eso. Hoy los dedos de mis manos me llevan hacia otros asuntos menos poéticos, mucho más banales. 

Deseo hablar sobre una maleta. Una con pegatinas diseminadas por toda su superficie. Una de color gris y con ruedas. Una que tiene tres iníciales pegadas en su parte superior. R F V. Muy bien, lo habéis adivinado. Esa maleta es la mía. 

Ha ido conmigo a infinidad de lugares. Hemos recorrido decenas de ciudades y atravesado aeropuertos en los que jamás imaginé que estaríamos. Corriendo con prisa mirando de reojo el reloj, andando pausadamente contemplando las filas de personas que esperan su turno para facturar en las distintas compañías aéreas, incluso ha ido junto a mí subida a un carrito porque me susurró, en un acto de total comprensión que solo da el compartir tantas horas, que estaba exhausta de tanto rodar. 

Cuando la encontré estaba subida a un stand a la altura de mis ojos. Ella me silvó, llamó mi atención. ¡Eh, tú! Me dijo al pasar. Rubén, yo soy lo que buscas. No mires más. Sostuvo mientras la bajaba hasta el suelo y abría la cremallera que encerraba sus entrañas. 
Por fuera me gustó, pero al ver su interior acabó por enamorarme completamente. Quizá tuviera las mismas cosas y órganos que cualquier otra maleta. Dos compartimentos separados, algunos pequeños bolsillos, uno incluso con cremallera. Pero cuando a uno le entra algo por los ojos ya no hay marcha atrás, tiene que ser tuyo sea como sea. 

Así fue como la conocí y nos hicimos inseparables. 
Estuvo a mi lado en alguna eterna espera en el hall de varios hoteles, viajó en barco hasta los confines del mundo, vi desde la ventana de un avión como un desalmado la tiraba sin cariño a las tripas de la aeronave, esperé con inquietud decenas de veces a que saliera del misterioso interior de los aeropuertos por la cinta transportadora. 

Nunca me gustó separarme de ella. Cada vez que llegaba a un mostrador para pesarla era una condena. Tanto para ella como para mí. Como buena maleta que es, la vanidad era su punto débil. Siempre quería estar lo más delgadita y presentable posible, en la hora del pesaje se ponía de los nervios. Ambos respirábamos tranquilos cuando la persona encargada de dar el visto bueno le ponía la pegatina del código de barras, apta para viajar. No obstante, hubo una ocasión en la que no calculamos bien y en la cena de la noche anterior nos pusimos las botas. Había cogido unos gramos, la muy glotona. Acabó con indigestión y tristemente hubo que operar. La abrí con cuidado en la misma sala del aeropuerto, y sin hurgar demasiado ni estirpar nada que le fuera necesario para la vida arreglé el desaguisado lo mejor que pude. 

Desde luego también hubo peleillas, como en toda relación que se precie. Sobretodo en esos viajes en coche en los que su estilizada figura dejaba de ser la prioridad. En esas ocasiones, luchaba con ella intentando convencerla, que esos pantalones o aquella sudadera eran imprescindibles. Tenían que entrar si o si, y la muy cabezota se negaba a cerrarse. Bonita, le decía con cariño, ¿y si hace frío? ¡Tengo que llevar algo de manga larga!

Esta mañana, justo antes de salir de casa me ha vuelto a llamar, como aquella primera vez que la vi. ¡Rubén! Me ha dicho desde lo alto del armario donde descansa, ¿cuándo me vas a sacar de aquí? 
He mirado su piel gris, y con ojos entornados la he susurrado...Pronto, bonita. En un mes, quizá. 
Y, ¿dónde me llevarás? Preguntó entonces, curiosa. Quién sabe, respondí. Quién sabe. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Dia 47: All you have to do is...dance.

Corría a buen ritmo. Poco a poco fui acelerando hasta ir lo más rápido que pude. Un sprint más largo de lo que, en principio, podía esperar aguantar. De pronto paré.
Pensé que el corazón me iba a estallar mientras cogia el aire a bocanadas.
Miré a mi alrededor, la noche me rodeaba. Entonces, sin explicación alguna, me puse a bailar.
Bailé como si el mundo no me estuviera observando. Y me sentí el tio mas libre del mundo.
Después, continué corriendo.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Día 46: Sin poesía la luna sólo es la luna.

En el fondo de las aguas cercanas a Cartagena yace un barco. Una goleta de mediados del siglo XIX cuya carga es algo especial. En sus entrañas habita un féretro, y dentro de él un cuerpo tan antiguo como el tiempo mismo. La momia de Menkaura, más conocido como Micerinos, el gran constructor de las pirámides de la llanura de Gizeh. 
Esa goleta lleva un nombre tatuado en su costado, Beatrice. 

Las malas lenguas de Florencia hablaban de romance, de amor embrujado y visceral. Al tiempo de escribir la vida nueva, Dante estaba perdidamente enamorado de ella. La conoció de niña, con apenas nueve años. Más tarde sus caminos volverían a cruzarse, cuando ella contaba dieciocho. Fue entonces cuando no pudo quitársela de la mente y escribió por y para ella, cada palabra que pensaba y salía de su alma versaba sobre ella. 
Años más tarde la hizo protagonista de su Divina Comedia. Su nombre, Beatrice. 

Allá por el siglo XII nació una niña que llegó a ser condesa. Pero más allá de su título nobiliario, ella era conocida por ser una trobairitz. Una mujer que componía versos que luego cantaba y recitaba al estilo de sus equivalentes masculinos, los trovadores.
"He estado muy angustiada por un caballero que he tenido, y quiero que por siempre sea sabido cómo le he amado sin medida...yo le dono mi corazón y mi amor, mi razón, mis ojos y mi vida. Bello amigo, amable y bueno, ¿cuándo os tendré en mi poder? ¡Podría yacer a vuestro lado un atardecer y podría daros un beso apasionado! Sabed que tendría gran deseo de teneros en el lugar del marido, con la condición de que me concedierais hacer lo que yo quisiera." Esto recitaba esta buena mujer, casada con un tal Guillermo pero enamorada del destinatario de estos bonitos versos. El bello amigo se llamaba Rimbaud y ella, no podía llamarse de otra manera, Beatriz. 

El conquistador recorría con entusiasmo y nerviosismo el atestado puerto de Boston. Buscaba una posada, los ojos del cielo. 
Después de salir, ayudado por Wyneth, de la isla de las mil mujeres se había encontrado a las pocas millas con un navío mercante que llevaba té a la costa de Massachusetts. Uno de los marinos con los que compartió noches de borrachera en aquel buque llamado "Golden Brown" le confesó que se decía que a Boston acababa de llegar la mujer más bella del viejo continente. Rubén escuchaba, ebrio de amor y ron, mirando la luna y las estrellas cada palabra de aquel marinero. Delicadeza, encanto, un atractivo especial, unos ojos de mirada tímida y a la vez repletos de la seguridad de saberse diferente y singular. ¿Sería ella la que tuviera la llave para abrir el cofre de Teach?
Tenía que averiguarlo por todos los medios. Por eso, al llegar a Boston fue de taberna en taberna hasta dar con alguien que supo decirle cómo podría encontrar a la dama con la que había soñado desde que saliera de aquella infernal isla repleta de mujeres. 
Al entrar en la posada su corazón se congeló. Quedó paralizado al ver a aquella mujer que tras un pequeño mostrador hablaba con un anciano. 
- ¡Pase una buena mañana señor Finnegan!
- ¿En qué puedo ayudarle, caballero? Le preguntó ella, al ver al susodicho Finnegan cruzar la puerta en dirección a un puerto cada vez más concurrido. 
El conquistador solo pudo responder con otra pregunta. ¿Beatriz?

Una de esas noches en alta mar, después de haber escuchado por enésima vez, de boca del marinero las virtudes y excelencias de aquella enigmática dama que se ocultaba en algún lugar de Boston, Rubén miró fijamente el cielo nocturno en busca de Orión. Dentro de esa constelación había una estrella llamada Bellatrix, la guerrera. 
Aunque el nombre de aquella mujer nada tuviera que ver con el de aquella brillante estrella, su parecido era tan innegable que le hizo desviar la mirada hacia esa parte del firmamento. 
El conquistador sonríó a la noche, después de todo había vuelto a encontrar un nuevo camino. No en vano Beatriz significaba la bienaventurada, portadora de felicidad. 
¿Demasiado poético para un simple pirata?
Rubén desvíó la mirada unos instantes del diminuto puntito en el cielo que era Bellatrix y la posó en uno mil veces mayor. Recordó entonces una frase que alguien dijo en una de esas anónimas tabernas llenas de vicio, alcohol y mujeres. Sin poesía la luna solo es la luna. 







lunes, 27 de febrero de 2017

Día 45: Fantasyland.

"Sólo la fantasía permanece siempre joven, lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca." Friedrich Von Schiller.

ELLA
La mañana del lunes se había hecho eterna, pero por fin se encontraba allí. Sentada en su mesa observó por la ventana del despacho. Fuera dominaba un caos adorable que en ocasiones la envolvía de un placer indescriptible pero también la llevaba a la locura más extrema. Por eso, de vez en cuando se tomaba un respiro y se enclaustraba tras esas cuatro paredes.
Encendió el portátil. Tras unos segundos de espera miró su correo. Entre la docena de emails que tenía sin leer uno le llamó la atención. Estoy allí en media hora, ¡te has dejado en casa la carpeta con tus notas! Decía el breve aviso. Miró el reloj, estaba a punto de llegar. "Cariño, estoy en mi despacho. Te espero aquí." Contestó ella en un rápido mensaje de whatsapp. 
Mientras esperaba a su marido, se hizo un café. Necesitaba espabilarse. 
Cinco minutos después él abría la puerta del despacho con una carpeta roja en la mano. ¿Dónde tenias la cabeza esta mañana, amor? Dijo al tiempo que sonreía y le daba un beso. 
Gracias cielo, ni me había dado cuenta. ¿Quieres un café? Si, repuso él mientras miraba a su alrededor. Un sofá junto a una pared. Una mesa de madera oscura en el centro de la habitación, estanterías repletas de libros, y un gran ventanal que iluminaba todo con una luz limpida y cristalina. La primavera ya estaba allí y el sol se dejaba notar. 
Ella se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá. ¡Qué estrés de día! Suspiró, tras dar un sorbo a su café. ¡Dios, está guapísima con esa blusa! Pensó él, acercándose al sofá y sentándose a sus pies. Se los empezó a masajear oprimiendo con sus dedos la planta, generando una especie de arrullo en ella. Él sonrió y con mirada pícara subió sus manos por las piernas, hacia los muslos. La falda oscura que llevaba ella se arrugó alrededor del culo dejando entrever un tanga color crema. El mismo que él le había visto ponerse esa misma mañana. ¿Cuánto tiempo tienes? Preguntó, notando como su pene se ponía erecto. Veinte minutos, contestó ella tan excitada como él. 
Siempre he tenido la fantasía de hacerlo sobre una mesa de caoba. Confesó ella, al notar que él le quitaba el tanga para meter su cabeza bajo la falda. 
La lengua jugaba, se divertía. Notaba la creciente excitacion de su esposa. Momento perfecto para cogerla de la mano, llevarla hasta la mesa y subirla sobre ella. Él desabrochó sus vaqueros y sacó su miembro y lo introdujo lentamente. ¡Espera un momento, cariño. La puerta! No entrará nadie, tranquila.  Dijo, con el creciente morbo que surgía tras esa remota posibilidad. 
Marido de pie con los vaqueros por las rodillas, esposa tumbada sobre la mesa con la falda subida hasta la cintura. Él sujeta las manos de ella al tiempo que da pequeños golpes de cadera. Gemidos que se escapan por el deseo, cortos. Apenas audibles. Tetas botando por el ímpetu de las embestidas. Mejillas ruborizándose por el ascendente calor del momento y el sol casi primaveral que les pegaba en la cara. Objetos cayendo al suelo, tirados por manos inquietas tratando de acariciar, sobar, sentir. Miradas llenas de pasión, besos llenos de babas. 
Así fue como ella, en una mañana de lunes, cumplió su fantasía. Notó el semen caliente chorreando por sus muslos. Él se acercó a su oído y en un susurro dijo...te amo cielo, pero mañana no te olvides la carpeta adrede para que te la vuelva a traer. Ella besó sus labios. ¡Qué bobo eres! 

EL
En casa aún no había nadie. Dejó las llaves del coche en la mesa del salón y fue a la habitación para ponerse ropa más cómoda. Encendió la tele y se puso a juguetear con el móvil, haciendo tiempo. Sabía que ella no tardaría en llegar. 
Veinte minutos después se escuchó su voz al cerrar la puerta. Hola, cariño. Ya estoy en casa. Dijo la recién llegada yendo hacia él para darle un beso. Me muero de hambre, añadió con una sonrisa en su cara. 
¿Qué te apetece cenar? Preguntó él, mientras ella se ponía un pantalón de pijama y una sudadera. ¿Quieres una ensalada de pollo con nueces? Sugirió, deleitándose con el cuerpo de su mujer. Vale, repuso ella distraída. ¿La hacemos juntos?
He hablado con mi hermana, sostuvo ella mientras él sacaba un par de cervezas del frigorífico, el pollo, una bolsa con varios tipos de lechuga y brotes. Mañana nos tenemos que quedar con los niños. Genial, mañana ponemos el rey león y pedimos unas pizzas. Contestó mientras le daba un trago a la cerveza e intentaba decidir qué salsa le pondría a la ensalada. 
Ella se puso a trocear el pollo. Él se detuvo un instante observado su culo. No había nada que le excitara más, esas nalgas le tenían loco. Se sentó unos segundos en la mesa de la cocina, echó un nuevo trago y se puso de rodillas tras ella. 
Bajó el pantalón y empezó a mordisquear. ¡Para, cariño. Qué estoy con la sartén! Luego jugamos, que tengo hambre. ¡Jo!
Ya no escuchaba. Imposible. Ese trasero le había hipnotizado desde el primer día que lo vió. Con las dos manos lo acariciaba. Era un manoseo suave, sutil. 
Siempre le pasaba lo mismo, tenía que asomarse al precipicio. Separó las piernas de ella. ¡No seas malo! Creyó escuchar en un murmullo. Un rumor que a duras penas llegaba a sus oídos porque todos sus sentidos se concentraban en saborear aquello que veneraba. 
Metió la nariz y poco a poco se fue abriendo camino. La lengua hacía de avanzadilla, sola ante el peligro. 
El sexo húmedo le incitó a seguir. A lo lejos, el crepitar del pollo en la sartén. 
Se giró y apoyando la espalda en el horno se topó de frente con la depilada vagina. Rodeó el culo con sus brazos y apretando manos y cara se hundió en ella. ¡Me estás poniendo a mil, bicho! Cedió la mujer bebiendo de su cerveza para mitigar el calor de la vitrocerámica y de los lametones del marido. 
Él se tomó un respiro tan solo para suplicar, baja cariño. Tiraba de ella con delicadeza. Intentando que bajara hacia el suelo. Un minuto, amor. La lucha de ella debía ser terrible. Pollo, excitacion, cerveza en una mano, sartén en la otra, un tío pegado como una lapa a su sexo...malabarismos, sin duda alguna.
Por fin el maldito pollo estaba dorado, en su punto. Apagó el fuego y se puso en cuclillas para mirarle a la cara. ¿Pero, qué te pasa hoy? Dijo sonriendo y dejándose llevar por el placer. 
Así fue como, en el suelo de una cocina colmada de olores a pollo, salsa César y sexo, él cumplió su fantasía. Follar con la mujer que amaba y en cuyo culo no dejaba de pensar. 

"Pobre del amor a quien la fantasía abandona." Arturo Graf.
"La fantasía teje historias como éstas, pero la imaginación se cumple en el silencio del poema que nace." Enrique Lihn.