La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

lunes, 20 de febrero de 2017

Día 41: El gato de Cheshire.

¿Es posible que una cabeza sin cuerpo sea decapitada? 
El inteligente gato filosofa a lo largo del camino de Alicia a través del mágico mundo escondido tras el hueco de una madriguera de conejo.

¿Es posible que un corazón sin alma pueda amar? 
Mi país de las maravillas era un montículo en mitad del campo. Cada dos o tres días me dirigía allí con mi bici de montaña, sorteando piedras y matorrales, para soñar y quizá encontrarme con alguien tan inteligente como el gato sonriente que pudiera contestar a una simple pregunta. ¿Por qué estoy solo? 

Mientras sudaba, pedaleando lo más rápido que mis piernas me permitían, no paraba de hacerme esa pregunta. Miles, cientos, millones de personas tenían a su alma gemela. Romeo se desvivía por Julieta, Clarence desafió a Drexl por Alabama, Marco Antonio dejó de lado Roma y su Imperio por Cleopatra, Dante escribió sobre su musa Beatriz, Salomón soñaba con la Reina de Saba, el Capitán Smith olvidó su deber para con el rey Jorge y se quedó con Pocahontas, Hitler se suicidó en un búnker con Eva Braun, hasta el maldito Batman iba acompañado de Robin a todos lados...Y yo, ¿por qué extraña razón estaba solo? ¿Estaba encantado? ¿Alguna pócima secreta me impedía amar y ser amado?

Sentado en una enorme piedra de aquella montaña, deseché las ideas sobre hechizos y envenenamientos provocados por alguna maléfica bruja y llegué a una inquietante conclusión. No tenía alma. Mi corazón latía mecánicamente, sin pasión alguna. Movimientos automáticos llevados por la inercia del simple bombeo de la sangre. Me negaba a creerlo. Imposible, me decía. La música me hace sentir, un cuadro evoca en mi ensoñaciones de mundos del pasado, un libro me provoca seguir los pasos del protagonista, un olor me lleva a mil lugares, un sabor enardece mi espíritu. ¿Cómo que no tengo alma? Grité sobre aquella piedra en más de una ocasión, esperando en vano ver la sonrisa del inestimable gato.  

Nadie me guió por ese infructuoso camino. Ni gatos, ni gusanos, ni conejos, ni tan siquiera la reina de corazones se topó conmigo para intentar decapitar mi pensativa cabeza. (Ciertamente, ¡Qué alivio hubiera sentido de haber caído en las redes de la temida reina!) Mi corazón seguía llevando sangre a todos los lugares de mi cuerpo pero ni una pizca de amor se vislumbraba en él. Anhelaba poder sentir. Deseaba ser acariciado. Soñaba con ser querido. ¡Maldita sea mi estampa! Gruñía con furia, pedaleando de vuelta a casa al comprobar que era un día más viejo, y que nuevamente la oscuridad envolvería mi cuerpo sin un buenas noches, mi amor.

El gato de Cheshire, con su amplia y sempiterna sonrisa, parece dar siempre con la solución adecuada. 
"...ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco."

Siento pasión por cada cosa de este planeta, me conmueven las artes y las ciencias, me emociono al ver llover y al observar la luna aullo como un lobo solitario. Soy intenso, no me cabe duda. Así pues, la única posibilidad que queda es que esté tarado. Loco. Tarumba. Beaucoup chiflado. 
Ahí radica mi problema, no hay duda. De tanto soñar no distingo realidad de ficción. No sé en que parte de mi vida estoy despierto y en cuál sueño con ángeles caídos del cielo. He perdido cualquier noción del lugar y del tiempo, cuál sombrerero loco. 

¿Estaré lúcido en estos instantes? ¿O todo esto es fruto de una cabezada en mitad de la noche?

La bella Alicia descansa a mi lado transportada desde el país de las maravillas hasta mi humilde cama. Su mano derecha se posa sobre el almohadón, la izquierda se esconde bajo él. Me mira con los ojos bien abiertos, observa mi cara detenidamente. Escucho su respiración, siento su pecho subir y bajar llenando los pulmones del mismo oxígeno que respiro yo. Contemplo su boca, deseo acercarme a ella y besarla. Primero un suave beso en las comisuras de los labios, luego un pequeño mordisco en el labio inferior, más tarde busco con mi lengua la suya. ¿Alicia, desaparecerás de pronto? Antes de que pueda contestarme, ya sea fantasma real o ensoñación irreal, mi mano acaricia su rostro. Con el dedo siento su mejilla, sus pómulos, cada poro de su piel. 
El tiempo se detiene o vuela rápido, quién sabe. Pues ya me he convertido en el sombrerero loco y todo cuanto me rodea es superfluo. 
Mi mano baja por su cuello, sorteando el pelo que se enreda entre mis dedos. Llego al hombro, me detengo unos instantes. La mano duda que camino tomar, ¿gato sonriente que camino he de escoger? La decisión se toma en cuestión de milésimas de segundos. El tiempo sufíciente para darme cuenta de que los pezones de Alicia están tocando mi pecho. Noto cómo se ponen duros al rozar mi piel, noto la tensión de la excitación. Alicia respira entrecortadamente, casi son jadeos. Una de sus manos empieza a moverse y tímidamente se desliza hacia abajo. Coge mi pene, lo mueve situándolo en el punto exacto en el que yo solo tengo que empujar levemente. Entonces, en ese preciso instante, Alicia y yo somos uno solo. Conectados por nuestros cuerpos, la respiración empieza a ser rítmica. Nuestras almas entran en resonancia y vibran. Son espasmos lentos, acompasados movimientos de cadera. Abrazo fuertemente su cuerpo como si pudiera desvanecerse como la niebla al despertar el día y dejarme con la miel en los labios. 
Alicia susurra algo en mi oído...Sombrerero, me voy a correr. Dos minutos más, suplico queriendo dilatar ese tiempo que no existe en este mundo lleno de maravillas. 
La respiración se acentúa. La mía se convierte en gemidos salidos de mi propia alma, la de ella se hace aguda, repiqueteante. 
Sonrisas. De un lado y del otro. Recuperación de la normalidad del corazón poco a poco. Alicia posa su cabeza sobre mi pecho. Estoy seguro de que escucha los latidos martilleando mi caja torácica. Buenas noches, mi amor. Te quiero. Oigo decir a Alicia abrazando mi cuerpo. Buenas noches, vida. Suelto yo con la mirada de felicidad situada en un punto indeterminado del oscuro techo. 

En aquella piedra de una montaña perdida en medio del campo, soñaba hace 20 años. Veía a Alicia susurrando mi nombre junto a palabras de amor. Sentía esa calidez de su alma. Sabía que tenía que estar en algún lugar, millones de personas tenían algo así, ¿por qué yo no? 
Ahora, ya no sé en qué mundo estoy. No sé dónde me encuentro. ¿Son sueños reales o fantasías irreales?
Gato de Cheshire, dame alguna pista. ¿Debo seguir creyendo? ¿Debo seguir soñando? ¿Debo seguir yendo a esa montaña cada día? 
En toda su sabiduría el gato aparece de pronto. Sonríe. ¿Por qué sonríes gato? Pregunto curioso. Soy un gato de Cheshire, todos podemos hacerlo y casi todos lo hacemos.

No sé vosotros, pero yo quiero creer que su sonrisa es debida a que sabe que finalmente me convertiré en un cuento con final feliz, tarde un año o veinte en acabarlo. 




Día 40: El sueño.

Mi cuerpo no paraba de temblar. En ese momento era la persona más vulnerable de todo el planeta. Mis miedos afloraron de tal manera que no pude articular más que una sola frase. ¡No lo hagas, por favor! 

La vida es vibración. Eso al menos, es lo que nos cuenta la física. La verdad es que no puedo estar más de acuerdo con tal afirmación, el mundo vibra y es por ello que sabemos que existimos. Los científicos teóricos más reputados y sesudos, nos han formulado la archifamosa teoría de cuerdas que nos encamina a pensar que estamos formados por partículas enormemente pequeñas que no paran de temblar. 

La muerte también es vibración. Recuerdo una de ellas, quizá una de las más impactantes. El último suspiro, el postrer estertor de vida, luego el silencio más demoledor. Mis manos temblorosas se escondían al fondo de los bolsillos de la chaqueta, mi pecho no podía retener tanta tristeza y mi corazón vibró de pena. El llanto mantuvo mi rostro en una mueca extraña, desencajada, mi boca oscilaba con un castañeteo de los dientes que rasgaba la negrura de aquella noche. Si, tampoco puedo negarme a la evidencia. La muerte es vibración. 

El dolor es vibración. Pum pum, pum pum, pum pum. Latidos. El corazón se agita en su cofre de oro. Se retuerce, gime, se desespera. Quiere gritar pero nadie le escucha. Los ecos olvidados de esas súplicas puede que ya se hayan mitigado hasta la extinción, pero no hay duda de que el dolor es una oscilación del alma. Lastimosamente rápida. Afortunadamente fugaz. 

El amor es vibración. Un beso, una caricia, un te quiero soltado al infinito. Todo ello aderezado con una sonrisa y una buena dosis de nervios nos dan el temblor más arrebatador. Cuerpo, corazón, y mente se unen para la más sublime de las vibraciones, aquella en la que la felicidad inunda el iris de nuestros ojos para ver magia en lo que tan solo es excepcional y único. 

La consciencia humana es vibración. ¿Quién soy? ¿Qué no soy? Conexiones sinápticas. Redes neuronales. Miles de datos y experiencias recorriendo las autopistas de nuestro cerebro para finalmente acabar en algún ramal recóndito de la mente y por supuesto, trepidar. Movimiento trascendental, fastuoso, que nos da conocimiento de lo que somos como seres unívocos y diferenciales. 

El sexo es vibración. Cadera contra cadera. El rítmico vaivén deja oír un sonido peculiar, excitante. Bocas abiertas, jadeando. Manos entrelazadas, impulsando la penetración. Miradas enfrentadas, llenas de matices. Deseo, asombro, cariño, lujuria. Mordiscos robados a la tenue luz de una lámpara. Cuello, pezones, barbilla, mejillas. Gestos toscos, muecas de placer y gemidos que traspasan paredes. La vibración más instintiva, quizá en la que nos damos cuenta de que seguimos siendo fieros animales. 

Hace 20 años una chica me amenazaba con matarse si la dejaba de hablar. Tengo un cuchillo en la mano, Rubén. Me dijo por teléfono. ¡No lo hagas, por favor! Supliqué.
Hace 17 años alguien me dijo, Rubén tengo que dejar esto porque me gustas demasiado y yo no puedo permitírmelo. ¡No lo hagas, por favor!  Volví a suplicar.
Hace algo menos de 5 años una mujer sostenía que ya no me amaba, que me dejaba para siempre. ¡No lo hagas, por favor! Repetí una vez más. 
Hace dos o tres años, en una cama ajena, una bella dama me dijo que me iba a bajar los calzoncillos y follarme hasta exprimirme del todo. La miré a los ojos y sostuve, ¡no lo hagas, por favor! 

¿Habrá sido un sueño? El lugar pareciera el más adecuado ya que mi cuerpo yacía sobre otra cama que no era la mía. ¡No lo hagas, por favor! Repetía sin cesar. Al otro lado de esa súplica un abrazo que intentaba retener mis temblores. Miedos que afloraron en forma de vibración. Manos, brazos, piernas, espalda, pecho. Todo cuanto soy se sacudía y agitaba, oscilaba y se emocionaba. Vida, muerte, dolor, amor consciencia, sexo...Tranquilo, Ru. Logré escuchar. Estoy a tu lado. Me dijo una voz. Estaré a tu lado para siempre, volvió a susurrarme al oído. ¿Fantasía? ¿Alucinación? ¿Ensueño? ¿Anhelo?




jueves, 16 de febrero de 2017

Día 39: El espejo.

Hace unas horas me miraba en un espejo. Observaba mi cuerpo. 
Tras unos segundos de vanidad, traspasé mi piel y llegué a mi alma. 

Siempre he escuchado eso de que para mejorar, en cualquier ámbito de la vida, hay que saber de dónde se parte para conocer en qué lugar estamos y cuánto falta para obtener lo que queremos. 
Mirándome en ese espejo he recordado a aquel Rubén que hace algo más tres años escribió una entrada titulada "Ex ungue leonis". 

Largo camino desde entonces, un sendero complicado. Lleno de peligros que me han asustado en ocasiones, haciendo que me encogiera en un ovillo deseando que pasara el miedo rápidamente. Pero también ha sido un recorrido con muchas otras emociones.
Alegría, extrañeza, ansiedad, sorpresa, tranquilidad y sosiego, nerviosismo, dudas, rabia, soledad. Cada paso por ese camino me ha traído momentos únicos e inolvidables, malos y buenos. Sensaciones que he intentado plasmar lo mejor que he podido y sabido en este pequeño rincón perdido del mundo. 

En aquella ocasión, también me miré en un espejo y vi más allá. Lo que observaba no me gustó demasiado. No fue agradable darse cuenta de que tenía que pulir mi alma. Desechar esas partes más oscuras e innobles y potenciar la luz que se pudiera esconder tras toda esa negrura que recubría todo mi ser.
Las cosas no son lo que parecen, decía entonces. 

Hubo muchos momentos en los que me preguntaba por qué. ¿Qué motivos había para moverse? Puede que fuera el orgullo por no caer derrotado, las ganas por demostrar que podía superarme. Quizá la batalla más complicada de librar sea la que te enfrenta a ti mismo. ¿Por qué? ¿Para qué? Te preguntas una y otra vez mientras las dudas acechan sigilosas tras cada recodo, giro o cambio de rumbo. 

El desgaste es evidente y por mucho orgullo que creas poseer llega la temida pájara que no te permite ver más allá de tus propias narices. Miras pero no ves. Observas a tu alrededor pero no te das cuenta de lo que ocurre. Fue entonces cuando me aferré a un clavo ardiendo. Soñé con el amor. 

Qué locura, ¿verdad? Un estúpido pregonando a todo aquel que quisiera escucharle, que el amor verdadero existía. Un Quijote luchando contra molinos de viento. Así me he sentido en muchísimas ocasiones, cuando me topaba con alguien que intentaba hacerme claudicar de mi sueño de ser feliz amando y sabiéndome amado. Yo no creo en el amor, me comentaban. Entonces me tapaba los oídos y como cuando jugaba de pequeño con mis hermanos soltaba eso de, "habla chucho que no te escucho." 

Mismos lunares, mismos tatuajes, cuerpo y formas similares. Mirada distinta. Tres años largos después he vuelto a mírame en un espejo. Ahora las cosas son lo que parecen. 
Mi cara transmite lo que siento en cada instante. Sin máscaras, sin filtros. 
Una sonrisa se ha reflejado en ese espejo. Tímida. Leve. Tan solo una pequeña mueca que, para alguien que no me conociera no significaría gran cosa pero que para mí, cuando segundos antes vi pasar todo ese escabroso camino como un rápido flashazo, ha sido realmente reconfortante. 

Pero como diría el señor lobo en pulp fiction, "señores no nos chupemos las pollas aún." Esto no deja de ser un sendero infinito. Paso a paso, cincel y escoplo en la mano, esculpo mi alma. Trato de emular, en la medida de mis posibilidades, al artista que sabe que en el bloque de mármol se intuye la figura de algo interesantemente bello. No hay duda de que para llegar a buen puerto aún quedan muchos martillazos que dar, retoques aquí y allá. Es un carrusel interminable de emociones, sensaciones, sentimientos. Un camino, en cierta manera, iniciático hacia la comprensión de uno mismo.

Soy Don Quijote junto a su inseparable Rocinante, lanza en ristre y semblante con ganas de lucha. Nada me hará creer que no son gigantes eso que veo. Aún tengo fé en el amor, creo en el amor verdadero y único. Y quien diga lo contrario, que no existe y que todo son ilusiones de mentes absurdas, que se mire en un espejo y observe si sonríe o no. 

martes, 14 de febrero de 2017

Día 38: Disneyland is your land.

"To all that come to this happy place, welcome. Disneyland is your land."
Este par de frases son parte del discurso que Walt Disney hizo en la inauguración del parque de California. Era el 17 de julio de 1955. 

¿Por qué te consideras raro? Me preguntaba alguien no hace mucho. 

Hoy es 14 de Febrero. Noche con alguna nube diseminada por el cielo, que puedo entrever tras las cortinas. Sentado en el sofá, con música de Disney rebotando en las cuatro paredes del salón de casa, no puedo hacer otra cosa que soñar. 
Necesito imperiosamente imbuirme en mi mundo de fantasía, cerrar los ojos y atravesar las puertas que mi mente abre de par en par.

Yo no creo que seas raro, afirmaba la persona que me hizo la pregunta de más arriba. 

Acababa de llegar a Anaheim, donde está Disneyland. Subí la maleta a una de las enormes camas que  había en la habitación decorada con miles de detalles encantadoramente evocadores de las pelis y dibujos de la compañía. Apliques, toallas, sábanas, lámparas, miles de orejas de mickey por doquier adornaban aquella habitación. Me dispuse a abrir la maleta y vestirme para salir a explorar. Quería ir a cenar y miré el plano que encontré sobre el escritorio de madera oscura que ocupaba una de las esquinas de la habitación. Había un par de restaurantes aún abiertos a esa hora y dije con alegría, ¡vamos a cenar a Tangaroa Terrace! 
No llevaba ni una hora en uno de los lugares más felices del planeta y ya estaba discutiendo. Ella estaba cansada, cosa bastante lógica ya que veníamos de un largo vuelo desde Hawaii a Los Ángeles. Sin embargo, yo no podía simplemente decir, vale dormimos y mañana salimos descansados a ver que hay. No, ese no es mi estilo. Moría de ganas de explorar todo aquello. Abrí la terraza que teníamos y escuché la música que salía de las decenas de altavoces diseminados por los alrededores, ¡jo, venga que aún son las 11! 
Un rato después estábamos sentados en una mesa iluminada por una antorcha comiendo una hamburguesa del Tangaroa, ella con cara de mala leche y yo, pues yo contento porque aquel día se había alargado un poquito más y simplemente no me había ido a dormir. 

14 de Febrero, el día del amor. El día en el que uno tendería a no discutir y dejar que las cosas sigan su curso y fluyan como los ríos a través de su cauce. 

Llevo un rato largo pensando y creo que no conozco a una sola persona con la que no haya discutido en algún momento de mi vida. Personas de todo tipo de caracteres, tranquilas, pausadas, calladas o con la mecha corta, de todo tipo de creencias, de todos los lugares del mundo. No hay nadie que se haya cruzado por mi camino con la que no haya tenido una discusión de algún tipo. ¿Pero cómo es posible eso? 

Soy raro. Volví a afirmar a esa persona que negaba lo evidente. Muy raro, sentencié. 
Quien lea estas líneas me dará la razón, ¿a que sí te conozco hemos salido tarifando alguna vez? 

Curiosamente los que no me conocen piensan lo contrario. A la pregunta de cómo es Rubén podrían contestar, es un tío majete. Tranquilo, vamos. Afirmarían los que poco o nada han tratado conmigo. 
Pero si es así, ¿por qué más de una vez me han dicho eso de nunca suelo discutir pero es que tú a veces me sacas de quicio? 

Definitivamente soy obstinado, cabezota, intransigente, demasiado pasional, terco. Raro, en una palabra. 

14 de Febrero, música de violines de la peli de la dama y el vagabundo sonando a través del móvil. Cierro los ojos. Sueño que vuelo a Anaheim de nuevo, que voy al lado de alguien que me sujeta la mano y que por fin, no discutiré por cualquier gilipollez. 
San Valentín, cumple mi deseo. Porfa. 





lunes, 13 de febrero de 2017

Día 37: Magia.

Los hechos extraños nos envuelven a cada instante. Nos sacan de la lógica y rompen todos los esquemas que nos han inculcado desde pequeños. Dos más dos son cuatro, decían en el colegio. Pero, ¿y si eso no es totalmente cierto? ¿Y si en nuestro mundo hubiera una solución distinta para esa suma?

Hace unos días me enteré de la existencia de Beatriz. Tras escuchar su nombre y su enigmática historia me sobresaltó una pregunta. ¿Existe la magia? 

En realidad, Beatriz puede que no se llame de tal forma. Ya de por sí, eso tiene algo de insólito. Me explicaré. Bea es una niña robada, un bebe al que sacaron de su cuna usurpando la felicidad de una familia, arrancándola de los brazos de una madre y del cariño de un padre. Imagino el dolor que debieron sentir, la desesperanza, la frustración de esos padres y su impotencia al no poder hacer nada más que esperar a que las investigaciones dejaran de negar día tras día la identidad del malhechor, por no llamarlo hijo de puta o hija de puta que la maldad no distingue de sexos en estos menesteres. 

Sin embargo, esta historia está llena de matices fascinantes. No sabemos si Bea se despertará mañana siendo Diana, o quizá Bea se tome su café del Starbucks respondiendo al nombre de Sonia, incluso alguien podría llamar a Bea por teléfono a media tarde saludándola con efusividad...¡Hola Carol! ¿qué tal ha ido la mañana? 
No, no sabemos su nombre. Pero...podemos saber con cierta seguridad que su pelo será oscuro. Negro azabache. 

Ciertamente la probabilidad de que sea negro no es del cien por cien, ¿quién de vosotras no se ha teñido el pelo alguna vez? ¿Quién no ha ido en alguna ocasión a la peluquería y con una férrea convicción de que serán la sensación del trabajo, gimnasio, o boda de turno, no ha soltado eso de...quiero unas mechas californianas? 

Jugamos con conjeturas, probabilidades estadísticas, campanas de Gauss y binomiales. Desde luego que es así, pero lo que realmente seduce de esta historia es que también podemos saber el color de su mirada. Beatriz tiene los ojos pardos, castizamente marrones. Ocre tirando a tierra mojada. 
Y aquí, queridos lectores, la posibilidad de acertar es mucho mayor. No hay una gran cantidad de personas que usen lentillas de colores. 

Esos ojos pardos, indiscutiblemente, serán enormes. Redondos. Amplios. Beatriz será reconocida por su rostro, no albergo duda alguna. Pero, ¿qué más datos se podrían aportar de un bebé robado? 
Bien, pasemos a los labios. Finos y gruesos a la vez, largos. Infinitos. El superior es una línea que resalta su nariz respingona, el inferior es grueso y carnoso, acentuando una barbilla en v abierta, de brazos algo caídos. 

Orejas centradas, en su posición justa. Frente amplia. Cejas kilométricas. Mofletes prominentes. Hoyuelos al sonreír. ¿Y qué decir del cuerpo? Tema peliagudo donde los haya. Ahí entraríamos en la zona crítica, en el nivel de riesgo de cualquier estadístico. Podríamos imaginar un millón de cuerpos para Bea y no dar con su figura real. 

¡Anda ya, Rubén! Podríais exclamar ahora mismo. Un bebé puede cambiar de mil formas, afirmaría alguien no creyente en la magia. ¡Bendita J.K. Rowling y su escuela de magos de Hogwarts! 
Lo que aún no os he confesado es que tengo un as en la manga, como cualquier mago que se precie. Mirad bien, observad. Creed.

Beatriz no es una persona, son dos. Es aquí donde subyace el hechizo de este cuento y es que en aquel mágico parto, la mamá de Beatriz dio a luz a dos niñas. Ambas idénticas. Gemelas. 

Mientras la hermana de Bea me contaba como a cada sitio que viajaba y en cada ciudad que visitaba, se paraba en cada rostro intentando reconocer a su hermana robada al nacer yo me preguntaba, ¿existirá la magia de verdad? ¿Se encontrarán algún día Bea y su hermana y se fundirán en un hermoso abrazo? 

Dos más dos son cuatro. Dos más dos son diez. Ambas respuestas son válidas. Nadie que afirme cualquiera de esas dos posibilidades se equivoca. ¿Y cómo es posible? Sencillo. Depende del punto de vista con el que se mire. En un sistema de numeración de base 10, el que todos usamos en nuestra vida diaria, dos más dos serían cuatro. Sin embargo, en un sistema de numeración de base cuatro, dos más dos serían diez. 

Las matemáticas siempre han tenido algo sobrenatural en sí mismas. La belleza de la magia, de lo insólito e increíble radica en que cualquier cosa puede suceder. Por eso, hechizado por la incesante lluvia que cae sobre mi ventana en una madrugada de mediados de Febrero me encantaría pensar que vivo en un mundo tan especial y mágico, que dos más dos nunca llegan a ser cuatro. Un lugar en el que el sistema de numeración sea totalmente distinto al habitual y por supuesto en el que ambas hermanas separadas al nacer se reencuentren por fin. ¿No pensáis que estaría genial ver el mundo desde otra perspectiva?¿No sería maravilloso creer en la magia?

Post scriptum: los magos no suelen rebelar sus trucos a riesgo de que les expulsen del colegio de Hogwarts pero he aqui por qué dos más dos son diez. En base 4, los unicos números existentes serian 0, 1, 2, y 3. Por lo tanto, la forma de representar el número 4 sería el 10. Dos digitos distintos, pero que leidos nos darian diez. 
La virtud del ilusionista es hacer creer que lo imposible es posible. 



lunes, 6 de febrero de 2017

Día 36: Adrian.

Yacía tumbado en la lona. Derrumbado por el último golpe, un directo a la mandíbula que le hizo caer a plomo como si de un tronco recién talado se tratara. Apenas podía abrir los hinchados ojos que luchaban por enfocar más allá de su propia nariz. En ese descomunal esfuerzo logró encontrar una figura, la de una mujer. Y no la de cualquiera dama sino la que le había robado su corazón. Su nombre, el de ella, Adrian. Él, ya habréis imaginado, es Rocky. 
Después de observar la cara de dolor que la misma Adrian tenía al ver cómo su querido Rocky apenas podía mover un solo músculo, sacó todo su orgullo y consiguió ponerse en pie antes de que el juez acabara su inoportuna cuenta. Pero fue más allá, ver el rostro de aquella mujer le había hecho reunir esas fuerzas que apenas le quedaban y luchó. Lo hizo como nunca antes lo había hecho. Las voces de ánimo desde la grada le conminaban a batallar, y de entre todas ellas solo una le importaba más que su vida misma. Por eso, arrinconó a su oponente en una esquina y empezó a soltar el puño con velocidad y potencia. Tenía que ganar el combate. Para ella, por ella, con ella. 
Al sonar la campana del duodécimo asalto, dando por concluida aquella contienda entre dos titanes, Rocky soltó un rugido desgarrador, un grito que pudo escuchar cualquier persona que presenció ese mítico final, un bramido que salió de su propia alma. ¡¡¡Adrian!!!

Durante infinidad de horas, días, semanas, meses, he buscado ese rostro entre la multitud. Esa carita que me hiciera levantar de la lona y seguir luchando. 
Cuando peor estuve, cuando tirado en el suelo las lágrimas no dejaban de salir pareciendo caudalosos ríos de agua salada, intentaba vislumbrar a mi Adrian. Me aferré a esa idea con todo mi ser. Ella estaba ahí, entre todo ese batiburrillo de personas. Pero, ¿quién sería?

Apenas podía ver. Los golpes me habían machacado tanto, que mi cuerpo no respondía. Mis ojos no veían más allá del dolor que sentía. Cualquier cronista hubiera dicho que estaba perdiendo ese combate. Yo, sin embargo, no era consciente de ello tan solo sentía que la vida se me escapaba entre los dedos e impotente no podía hacer cosa alguna más que esperar a que el chaparrón de impactos sobre mi persona finalizara. 

Y ahí, agazapado en el suelo, miraba rostros. Miles de semblantes. De ojos claros u oscuros, con pelo rubio, moreno, sonrisas amplias, narices respingonas, hoyuelos, pecas, cicatrices, formas redondas u ovaladas, piercings, surcos y arrugas. A todas ellas les interrogaba con la mirada, ¿eres tú mi Adrian? 

En alguna ocasión, pocas he de admitir, me topé con un sí a esa estúpida pregunta. No obstante, fuera la necesidad de creer o las tímidas ganas de levantarme y seguir en la pelea, mi mente o más bien mi corazón me jugó alguna que otra mala pasada. Y a los pocos días me daba cuenta de que ellas no eran la Adrián que yo buscaba sino la de algún otro que aún andaba en alguna otra contienda similar a la mía. 

La lluvia de directos de izquierdas, cruzados y ganchos dejaban mi cuerpo tan maltrecho como si le hubieran pasado mil camiones por encima. Tan solo me cubría, levantando cobardemente los brazos para defender en la medida en que me fuera posible el órgano más valioso, mi corazón.
Bien es cierto que yo también asesté algún golpe, uno de esos llevados por la rabia más que por haberme convertido en guerra, y que levemente, sin fuerza alguna, llegó a impactar en una de esas almas cuyos rostros no paraba de escrutar. Es lo que se dice estar en el peor lugar, en el momento menos oportuno. Mala suerte, sin duda. 

Las luces del cuadrilátero titilan ante mis entornados ojos que intentan adivinar por dónde vendrá el siguiente hachazo. Ya no me fío ni de mi propia sombra y cualquier amago, cualquier duda me pone sobre aviso. Pero, amigos, el corazón es bobo y confiado y una y otra vez entra en la finta del contrario. Un quiebro repentino y, ¡zasca! La ceja derecha abierta, sangrando y nublando aún más mi obtusa vista. Noto el sabor de la sangre que cae por las comisuras de mis labios. Dulce, espesa. Esa brecha envalentona brevemente mi espíritu, lanzando manotazos e improperios al aire. 

El tiempo camina rápido, los asaltos se suceden sin descanso. Y tú, ¿eres mi Adrian? 

jueves, 2 de febrero de 2017

Dia 35: La presidiaria.

Madrid amanece entre lluvias. Las gotas caen inexorablemente y cubren un asfalto tan gris como él mismo cielo.
Una pareja camina bajo un paraguas que sostiene ella, él la agarra por la cintura tratando de pegarse lo máximo posible. Aún así el agua cala su abrigo. A él parece no importarle. Sonrío al verles, mientras camino hacia mi destino. Detrás de ellos sigo su estela y me digo, hoy es un día perfecto para contar una nueva historia. Esa cuya protagonista es una presidiaria, una mujer encarcelada en el más bello de los palacios.
Como todo cuento, este tiene cierto aire de intemporal. Sin embargo, los hechos ocurrieron durante un caluroso verano en el que Madrid se consumía por las llamas de un Sol tan cercano que incluso podría tocarse si uno alargara el brazo lo suficiente.

¿Cómo aquella princesa entró en la vida de este pobre narrador? No sé muy bien. La presidiaria en cuestión no tenía nada que ver con mi mundo. Ella vivía en un maravilloso palacio en una de las urbanizaciones más cotizadas de la ciudad.
En realidad, al principio ni creí que fuera real. "Voy a coger el Porsche, luego hablamos." Me dijo en una de las primeras conversaciones. ¡Anda ya! Contesté yo. Acto seguido me envió una foto del coche. Pues va a ser que sí, tiene un deportivo la chica. Lo malo es que ahí no quedó la cosa. Hubo más sorpresas.
Días más tarde me enteré que en el reino de la presidiaria había un príncipe, que evidentemente tenía la llave del palacio a buen recaudo. Él 15 años mayor que ella. Podrido de dinero. Y dedicado a sus tejemanejes empresariales. Ella una treintañera aburrida. Cansada de esa vida de lujos que cualquiera querría para sí y con una promesa que cumplir, el hechizo que la mantenía recluida en aquel lugar lleno de misterios llamado La Finca.

Yo era un triste pasatiempo. El bufón de la corte que la mantenía entretenida. Lo sé. Y así fue durante un par de semanas hasta que la cosa se nos fue de las manos.
Ella empezó a decirme que yo la aturdía, que no dejaba de pensar en mi.  Estaba asustada. Iba y venía. Aparecía y de pronto desaparecía.
"Tengo que cumplir una promesa, Rubén. No puedo dejar que esto continúe." ¿Cómo puedo causar ese efecto si no nos hemos visto? Pensaba al despertar, creyendo que todo era un sueño fruto de mi mente abotargada por el calor. Pero por las noches aparecía. El teléfono sonaba, era ella. Siempre era ella.
Una noche me dijo, quiero verte. Yo contesté, puedes verme siempre que lo desees. Aqui tengo cámara de seguridad, ¿quieres la clave? Si, dijo ella. Necesito verte.
Se pasaba las noches observándome. Al principio me cohibía un poco, me resultaba extraño. Me mandaba mensajes al whatsapp. Te veo y me gustas, cada día más.
Yo era realista, más bien incrédulo. ¿Una mujer impresionantemente guapa, con dinero para aburrir, un avión privado y un Porsche, un Aston Martín y varios coches más en su garaje?

No, esto es un cuento. Una fábula de los hermano Grimm. Seguro que la presidiaria se convierte en bruja, o sapo o en cualquier bichejo del inframundo.

Un día me llamó agobiada. Me he desmayado en el baño y al caer he gritado tu nombre para que vinieras a por mí. Estaba él y me ha escuchado. Me ha preguntado por tí.
Al día siguiente me llamó de nuevo. Me voy a Sydney mañana, él tiene que ir y me ha pedido que le acompañe. No puedo decir que no. Quiero verte antes de irme. Ven esta noche. Vente, Rubén.
Eso es un búnker, no podría ni acercarme a 1km de tu casa sin que lo supieran todos. Le contesté, queriendo convencerme de que no sería buena idea.
A la mañana siguiente tenía un mensaje en el móvil, salgo a la 13:00. Te espero en el aeropuerto. Te buscaré.

No había acariciado su piel, no había sentido su olor, ni observado su mirada. Solo era una voz al otro lado del teléfono que me confesaba que yo enturbiaba su mundo. Era su droga y no podía pasar sin su chute diario. ¿Cómo era posible que todo eso estuviera sucediendo? ¿Por qué le causo todos esos sentimientos? ¿Era real?

¡Qué no, joder! ¡Qué es un puto cuento! Me decía una y otra vez. Los bufones jamás se quedan con la princesa, a lo único a lo que aspiran es a hacerlas reír con algo de suerte y pericia.

Aún así me planteé aquella mañana ir al aeropuerto. Pero como digo, yo no soy el héroe en esta historia y escribí a las 3 de la tarde. Lo siento, vi tu mensajé tarde. Mentí como un sucio cobarde. Ella contestó desde el avión. Me envió una foto de su jet privado, él al ordenador. Difuminada su cara. A su lado una ventanilla ovalada. Y un mensaje al pie de esa foto rezaba...Te echo de menos.

En Australia volvió a desmayarse. El médico le dijo que era estrés. Yo era la causa. El bufón en vez de hacerla reír la tenía en un estado de ansiedad total. Decidí que lo mejor era acabar el cuento. Ambos sabíamos que era lo más adecuado, lo más cuerdo en aquella loca historia.

Unos días más tardé recibí un nuevo mensaje en forma de foto. Era una cocina. En esta ocasión al pie escribía, me voy a alquilar esta casa al lado de la tuya. Le dejo. Fue entonces cuando creí en bellas princesas, en villanos derrotados y dragones muertos por nobles caballeros. Pero la felicidad tan pronto como vino se esfumó. Al día siguiente me llamó. Se ha enterado de que iba a alquilar la casa y me la ha comprado, dice que me dará todo el espacio que necesito con solo una condición...que cene con él esta noche.

Un piano suena, la lluvia sigue instalada en Madrid. La notas resbalan suavemente, como las gotas de agua por el cristal de la ventana.
Me he acostado con él. Lo siento Rubén. Humillado. Roto. Entristecido por algo que siempre supe que no era real pero en lo que mi alma soñadora quiso creer. La rabia hizo acto de presencia. Fui borde. Hiriente. Y la presidiaria desapareció para siempre.

Hace un rato observaba a esa pareja. Ni príncipes, ni bufones. Ni dragones en lo alto de castillos con almenas, ni princesas de largos cabellos. Dos personas normales y corrientes, reales. Dos personas que intuyo que se quieren. Dos almas que puede que no acaben sus vidas juntas pero que en ese instante se abrazaban ante la arreciante lluvia.

De un tiempo a esta parte solo vivo de fantasías. Y entre tanto cuento echo en falta algo de realidad. Echo de menos miradas, caricias, sonrisas y abrazos. Siempre seré el "chico Disney", soñador empedernido, pero esta mañana he sonreído al observar a esa pareja bajo la lluvia. Hay todo un mundo más allá de los cuentos. ¿Seré capaz de traspasar la barrera que separa los relatos quiméricos y la realidad tangible para llegar a lo material? No lo se, pero de lo que estoy seguro al mil por cien es que quiero abrazar bajo la lluvia y empaparme. Sentir el agua sobre mi rostro y dejar de mirar llover tras la ventana. Voy a salir...sin paraguas. No os extrañeis si veis a un loco bailar solo bajo la lluvia. Tan solo soy yo. Rubén, el bufón.