La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

martes, 15 de mayo de 2018

jueves, 25 de enero de 2018

Página 1: Akbaalia.

La oscuridad de la noche se veía interrumpida por las altas llamas del fuego que, levantándose en rápidas y vibrantes siluetas, formaban extrañas figuras. Siniestras habitantes de aquel lejano lugar en el que me encontraba, junto a un no menos inquietante personaje. 
Me había sentado en el suelo imitando su posición. Enfrentado a él, observaba su rostro asaeteado por miles de sombras que hacían los surcos de ese viejo semblante más profundos si cabe. 
Unos instantes antes, el anciano había bebido de un cuenco de barro que reposaba en el suelo, a su lado. En él, había machacado con los dedos de la mano unas hojas que sacó de una bolsita de cuero mientras vertía un líquido mezclándolo todo.  

La luna se ocultó tras unas montañas cercanas dejando entrever las estrellas y planetas que nos miraban con menos curiosidad sin duda de la que nosotros, los simples mortales, las contemplábamos a ellas. Allí estaba la doble Sirio, también se distinguían los tres luceros del cinturón de Orión que acompañaban a Canis Maior. Sin forzar la vista me detuve en Venus, que destacaba con sus destellos sobre todo lo demás. Marte, hacia un lado. Y un poco más allá incluso Mercurio estaba presente. 
La quietud me dejó escuchar el crepitar de la leña que se retorcía por la invisible fuerza del calor de aquella hoguera que me hiptonozaba por momentos. 
Nada se escuchaba más que el chisporroteo del fuego que al final, acabó por sumirme en un trance que me llevó hasta el abismo más profundo. Me condujo a los límites de mi alma. 

Estaba solo. En aquel lugar no había nadie más que yo. Me vi caminando por un suelo tan blanco como el más puro de los mármoles cuyo reflejo me deslumbró de tal manera que tuve que desviar la mirada hacia arriba topándome con la oscuridad más negra que jamás había contemplado. 
No supe qué hacer, así que anduve hacia esa línea en el horizonte que dividía ambos mundos. La claridad y las tinieblas, la ignorancia y el saber, la confusión y el entendimiento, el sol y la luna. 
De lo que allí aconteció, en lo más hondo de mi alma, no contaré mucho más. Puede que en una futura ocasión en la que las palabras fluyan de una manera menos artificial. Quizá mañana, quizá nunca. 

La Luna salió de su escondite y aquel hombre empezó a entonar unos ritmos guturales. Un sonido que salía de su interior más profundo y que parecían ser un llamamiento a aquellos dioses que le habían dado el poder por el que yo me encontraba en ese inhóspito lugar. 
La madre Tierra, la diosa Luna, las titilantes estrellas, el cruel coyote, el viento castigador, al águila señor de los cielos, el agua que caía de arriba para crear abajo. Con aquel canto estaba reuniendo a todos los mágicos espíritus alrededor de aquella fogata que calentaba nuestros inmóviles cuerpos. 

Me imbuí de tal forma en el embrujo de aquella atmósfera, llena de efluvios y aromas sobrehumanos, que sedujo a mi espíritu y yo mismo empecé a cantar sin saber muy bien ni el cómo ni el por qué. 
Llegado un momento, pudo haber sido después de haber cantado una hora o un minuto, él se levantó y danzó alrededor del fuego. Hacia rápidos aspavientos con los brazos hacia arriba y abajo mientras bailaba rodeando la hoguera y recitaba una especie de mantra. En la lejanía un lobo aulló, la brisa sacudió el valle agitando levemente las llamas, escuché el ulular de un ave. La naturaleza, los dioses, habían acudido a su llamada y él intentaba interceder por mi. 

Ese hombre era un Akbaalia, un sanador. El más poderoso de cuantos existen. ¿Sería capaz de convencer a las fuerzas que rigen el mundo? ¿Soy yo merecedor de tan encomiable esfuerzo? 

Unas horas antes, en una rudimentaria cabaña construida en adobe y recubierta de pieles de animales el Akbaalia hizo una pregunta. ¿Por qué deseas limpiar tu alma? Porque solo un alma pura puede amar de verdad. Sostuvo mi mirada, observando mi semblante a la luz de un simple candil. Muy bien, respondió.
Mi respuesta parece que satisfizo al viejo chamán. Me tendió un brebaje, bebe un poco y vayamos al bosque en busca de tu anhelo. 


miércoles, 18 de octubre de 2017

Capítulo 31: Diez segundos.

Escuchando la lluvia golpear el cristal de la ventana me pregunto, ¿cuánto dan de si diez segundos?

Ese tiempo es el que se tarda en leer una frase no demasiado larga. Es la duración de un sorbo de nuestra bebida favorita durante la cena. Es lo pasa cuando cuentas diez ovejitas en una noche de imsomnio. Es lo que te lleva atarte el cordón de una zapatilla. Es el tiempo que tardas, de media, en sacarte el móvil del bolsillo y comprobar si hay mensajes o llamadas. Es la mitad de lo que duran la mayoría de los semáforos para peatones de las calles estrechas.

En estos instantes diez segundos me parecen tremendamente cortos. Muy escasos. Un tiempo tan leve que ni te das cuenta de que ya ha pasado. Diez segundos, sin duda, es lo que ya ha sucedido cuando te preguntas qué está pasando. 
Y ese tiempo es en el que tengo que hacer un recorrido, una prueba física que muchos ya pasaron y que por lo tanto es posible. Sin embargo, a mí me parece una tarea hercúlea. Muy propia de ese semidiós griego de la antigüedad y que enmascarada entre sus doce míticas pruebas sería pan comido. Para mí, un simple mortal, ese tiempo me parece tan efímero que veo improbable terminar incluso por debajo de algún segundo más allá de esos terribles diez. 

Me he pasado la noche recorriendo mentalmente esa endiablada prueba y en ninguno de los escenarios sería capaz de hacerlo, a no ser que esto fuera una película de Zhang Yimou y el lugar de la prueba la casa de las dagas voladoras. (Para los no iniciados en el cine del director asiático, es una de sus películas más interesantes...en mi modesta opinión.)

Pero bueno, siempre existe esa pequeña gotita de magia en el frasco de las esencias que la vida nos tiene reservado para cada uno de nosotros. Si otros lo hicieron, es factible; así que aunque esos diez segundos me parezcan un universo realmente pequeño habrá que intentarlo...y sino se supera la prueba, como me dijeron algunas personas ayer, siempre quedará la posibilidad de repetir al año que viene. 


viernes, 6 de octubre de 2017

Capítulo 30: Nothing good happens in the 4am hour.

El despertador, con sus verdes dígitos iluminando tenuemente, marca las cuatro de la mañana. Cierro los ojos. Paso mi mano bajo la almohada. Siento la calidez de las sábanas y me sumerjo bajo ellas. Aislo de esta manera mi cuerpo y mis sentimientos; permitiendo  que cada sensación con sus pasiones y tristezas intrínsecas al ser humano y que por lo tanto, me hacen ser y padecer no se vean sorprendidos ante la guerra encubierta que asola las calles de un planeta hostil. Me recluyo así, creando alrededor de mi cama un lugar confortable y seguro; para bucear sin ser molestado, en un mundo onírico lleno de posibilidades. Impermeabilizando mi corazón de la maldad que, más allá de ese pedacito de paz que es el mullido colchón, campa a sus anchas.
Dejo que los sonidos de un piano se metan bajo mi piel. Las notas cargadas de una sensibilidad abrumadora permiten que una lágrima aparezca tímidamente tras las largas pestañas de unos ojos cerrados con fuerza y determinación. Causa y efecto de la sinfonía que de manera muy discreta envuelve aquel lugar al que llamo hogar. Esa redondeada gotita salada, la primera del gran batallón que se aproxima, resbala por la mejilla cayendo en aquella almohada que mi mano sujeta contra mi cara ahogando un pequeño murmullo que sale del fondo de mi alma...¿dónde estás?

Casi instantáneamente, como si la música de aquel piano hubiera creado un conjuro o sortilegio que de pronto se hizo hechizo al susurrar mi curiosa pregunta, me transporté a un lugar alejado de aquella cama que me incomunicaba del despiadado mundo. Con la mente contemplé lo que había a mi alrededor, con los ojos de mi alma la vi detenida bajo un gran árbol cuyas hojas amarilleaban. ¿Me acerco? Dudaba. Desde la distancia parecía una ninfa, un hada de un bosque encantado, una ensoñación a punto de esfumarse si alargaba la mano para acariciar su suave piel. Tenía miedo, ¿y si desaparecía al ir hacia ella? 

Tras unos instantes de indecisión, arrinconé el temor que atenazaba mi mente. No te asustes, logré decir. Solo quiero mirarte a los ojos.
Paso a paso me fui aproximando. Lentamente. Fue entonces cuando aquel mágico bosque me pareció inmensamente luminoso. En cualquier otro escenario, aquel lugar sería terroríficamente sobrecogedor. La noche era oscura al acostarme pero allí, en esa realidad paralela, la luna brillaba de tal manera que las ramas de los robles y hayas parecían cobrar vida creando una atmósfera de cuento de los hermanos Grimm. ¿Estarán Hansel y Gretel escondidos tras aquel robusto tronco? 

Escuché el aullido lejano de un lobo, enmascarado por el crujido de las ramas secas que bajo mis pies se partían en mil pedazos. El ulular de algún pájaro nocturno me dio la bienvenida. El siseo del viento colándose entre los árboles me saludaba con cortesía. Y la voz de aquel maravilloso espectro, de ese espíritu resplandeciente por la blanquecina luz de la luna llena, llegó hasta mis oídos trasportada por las notas musicales de ese piano que aún escuchaba. ¿Me das la mano? Sostuvo, con voz inocente y tierna. 

Sin poder desviar mis ojos de los suyos adelanté mi brazo, ofreciéndole mi mano. Ella sonrió levemente y tocó mis dedos con sus yemas, recorriendo toda su longitud con una delicadeza etérea. Sentí como su energía invadía mi cuerpo. El bello del brazo se me erizó. El corazón empezó a latir. La sangre fluyó. La respiración se hizo más intensa. Los nervios amagaron con aparecer, no obstante, su sonrisa logró tranquilizar a mi alma que por instantes empezaba a desvocarse como un caballo salvaje cabalgando sin atadura alguna. 
Durante un tiempo estuvimos de pie bajo ese gran roble. Uno frente al otro, mi mano con la palma hacia arriba y su mano acariciando la mía. El encantamiento de su mirada me impedía decir nada, su belleza me encomiaba a no estropear ese momento con alguna frase estúpida y fútil. 

Fue ella la que rompió un silencio lleno de sonidos de la noche, y con una suave entonación me preguntó, ¿quieres dar un paseo?
Me dejé llevar, hubiera seguido a ese hada hasta el mismisimo infierno si con eso conseguía mantener mi mano junto a la suya. Sin embargo no me condujo hacia el lugar donde reposan las almas perdidas, sino hacia una cabaña de madera oscura. Mi hogar, me susurró al oído. ¿Quieres entrar?

Asentí. Confiaba en aquella mirada; su embrujo era tal que era imposible negarme a contemplar el lugar de descanso de aquel maravilloso ente angelical. 
Dentro seguía escuchando el piano cuyas notas no permitían que esa ensoñación terminase. El repiqueteo de las teclas producían una armonía digna de escucharse con el alma y no simplemente con los oídos, era la banda sonora de aquel momento en el que yo la veía prepararme un chocolate caliente sentado a la mesa de su cocina llena de enseres antiguos que ni tan siquiera sabría nombrar.
Trajo dos tazas. Se sentó frente a mi y me señaló con un leve ademán el chocolate. Pruébalo, dijo. Obediente, pegué un pequeño sorbo. El calor que mi corazón sentía en esos momentos se trasladó a mi lengua...¡quema! Exclamé. 
Ella cogió entonces mi mano de nuevo, acercó su carita a la mía y me besó.

No hay mayor regalo en el mundo que un beso lleno de cariño, afecto y amor. Toda la fuerza, la vida y la energía de aquel hada entró dentro de mí por medio de aquella boca que dulcemente mordía mi labio inferior. Esa vitalidad llenó enteramente mi corazón, el cual vibró intensamente. 
El piano mecía nuestros sentimientos, los llevaba en volandas hacia las nubes para luego dejarlos caer libremente de nuevo hacia nuestros cuerpos en un viaje lleno de pasión. 
Mi mano no se separó de la suya, mis labios no dejaron de besar y mordisquear, y nuestras almas se fundieron en una sola cuando yacimos en el suelo de aquella cocina de una extraña cabaña perdida en medio del bosque.

Al despertar, el incansable reloj me decía que eran las ocho de la mañana. El móvil llamaba mi atención con una luz intermitente. Emails sin leer, notificaciones de varias aplicaciones y una canción pausada en mitad de la noche, que mientras me desperezaba volví a escuchar. 

El piano traía recuerdos de un sueño especial. Nexo de unión entre esos dos mundos, permitió que contemplase imágenes de una vida paralela a aquella en la que me encontraba. En ese singular camino, me despertaba junto a un hada que me daba los buenos días con un beso y un abrazo. 

Desde luego, mucha gente diría que nada bueno puede ocurrir a las cuatro de la mañana...excepto si te topas con la magia. 


miércoles, 20 de septiembre de 2017

Capítulo 29: Otoño.

Era otoño cuando, en una casa de una pequeña población alejada del bullicio de París, ella se puso de parto. Estaba allí ocultándose del mundo, llevada por el amor de su vida. Nadie podía saber que ambos estaban enamorados, nadie podía enterarse que el fruto de aquel amor asomaba, irreverente, la cabeza en ese lugar tan hostil, como era la Francia de un otoñal día de hace novecientos años. 

Era otoño también cuando se conocieron. Él quedó prendado de aquella chica tan distinta a las demás. En todo Occidente no había ninguna persona como ella. Héloïse le robó el corazón en el mismo instante en el que se vieron por primera vez. 

Las hojas de los centenares de árboles que poblaban aquel lugar caían lentamente mecidas por el suave viento de una templada mañana de principios de Octubre. El silencio tan solo era roto por el apenas perceptible crujido de mis pisadas al deambular por el inmenso cementerio de Père-Lachaise. Allí yacían para el resto de la eternidad personajes que influyeron de un modo u otro en la mentalidad de las gentes que, cómo ellos, descansaban en aquellos nichos bellamente decorados. Balzac, Chopin, Molière, Champollion, Delacroix, Doré, Méliès, Morrison, Piaf...
Pensando en lo efímero de la vida, mientras recorría el asfalto de aquel famoso camposanto me topé con un precioso mausoleo. Un monumento hecho en memoria de las dos personas que ocupaban, desde hacía algo más de doscientos años, aquellas tumbas. 
"...mon coeur ne vieillit point et je l'ai senti s'émouvoir au récit des malheurs d'Abélard et d'Héloïse..."
"...mi corazón no envejece en absoluto y lo he sentido emocionarse con el relato de las desventuras de Aberlardo y Eloisa..." Voltaire. 1774. 

Aquel Otoño de 1114, ella fue a París a estudiar bajo la protección de su tío. Eloisa era una chiquilla única, su portentosa inteligencia la distinguía del resto. Hace nueve siglos era tremendamente complicado ver a una mujer que dedicara su vida al estudio, por lo que llamó la atención de la sociedad parisina de la temprana Edad Media. 
El destino quiso que el tutor de Eloisa cobijara también bajo su amplio e influyente manto a un joven profesor, un escolástico llamado Abelardo. Éste al ver a la joven quiso por todos los medios cortejarla, y como no, se propuso hacerlo mediante una serie de cartas. Epístolas por las que conocemos la historia de este desdichado amor. 
La manera más sencilla que encontró Abelardo de enamorar a aquella dama fue la de proponer a Fulberto (el tutor y pariente de Eloisa) ser su profesor particular. La fama y sabiduría de aquel escolástico le precedía, por lo que no fue muy complicado convencer al protector padrino. 

Aquí ya he hablado de trovadores, minnesängers y demás locuelos que en aquellas épocas iban cantando, de plaza en plaza, sobre el amor. Bien, pues el joven Abelardo era uno de ellos, un avezado compositor y poeta que encandilaba a las mujeres de media Francia con sus palabras y versos. Aquellas melodías franquearon el inocente corazón de una Eloisa que prácticamente sucumbió bajo el influjo de aquel tipo que escribía por y para ella.
Tan devoto fue ese amor que ella terminó por ser una mera esclava de un deseo que no era tan puro como las letras de esos trovadores dejaban entrever. Sentía una pasión irrefrenable hacia él, un martirio contra el que lucharía toda su vida. 

Los días transcurrían entre paseos por los pasillos del claustro de Notre Dame y las clases de lógica y dialéctica, artes en las que Abelardo era muy ducho y por las que se ganó muchas enemistades en aquel París del siglo XII. Esas lecciones infundían más respeto y admiración a una ya enamorada Eloisa, y el corazón convenció a su ingeniosa mente. La pasión transgresora pasó a formar parte de ese triángulo equilatero del amor. Sin embargo, las aspiraciones de Abelardo no pasaban del simple cortejo a esa singular chica. Él sólo actuaba en su papel de galante, su predilección era la enseñanza y eso era incompatible con una vida junto a la bonita Eloisa.

El destino nos lleva, en ocasiones, por extraños caminos. Y el rumbo de Abelardo giró ciento ochenta grados al quedarse la joven pupila embarazada. Él la amaba, de eso no había duda. Por eso hizo algo fuera de la lógica común de nuestro siglo. En el otoño del año 1116 raptó al amor de su vida de los cuidados de su tío y protector, Fulberto, y la llevó a casa de su hermana lejos de los focos de París. Allí dio a luz a su hijo, al que poéticamente llamó Astrolabio. 
En estos momentos la historia se transfigura de inocentemente romántica a casqueria de película de serie B, y pasa a ser salvajemente truculenta. El profesor se presenta en París para pedir perdón ante una ciudad que clama por su bella Eloisa. Éste promete casarse con ella, y lo hacen en medio del secretísmo de una anónima capilla. No obstante y pese a los intentos de un Abelardo saturado por las dos vidas que debe llevar, claudica ante la idea de ser padre y convence a su querida esposa para que decida ingresar en un convento. 
Furioso, el tío decide vengarse de tamaña afrenta y una noche entra sigiloso en la alcoba del joven Abelardo y consigue castrarle, cortándole su viril miembro, humillándole e hiriendo de muerte su orgullo.

Pasó meses oculto, avergonzado y dolido, entre los monjes benedictinos hasta que le pidieron que volviera a la enseñanza. Esa época fue muy fructífera en cuanto a cartas se refiere. Él escribía prácticamente a diario a su mujer, que enclaustrada entre monjas se preguntaba qué le pasaba. ¿Por qué seguía sintiendo un deseo tan brutal hacia Abelardo? ¿Por qué ella no había sido castrada al igual que su marido? Al fin y al cabo, el pecado lo cometieron ambos.

La carrera de él se va moviendo, a partir de entonces, entre la enseñanza y la vida monástica. Incluso llega a construir una abadía de la cual se hace cargo su propia esposa, siendo una de las primeras mujeres en ostentar un cargo de tal embergadura en un mundo, el eclesiástico, repleto de hombres. Las misivas siguen enviándose de un lado y de otro, cartas en las que siguen confesándose amor eterno. Un amor que, desde que nació su primer y único vástago, ya no pudo consumarse jamás. 

Abelardo muere recluido en una abadía de la orden de Cluny, perseguido por la Iglesia de Roma que no veía con buenos ojos las impías enseñanzas de un hombre que tan solo creía que la razón debía imponerse a la fe. 
Tras su muerte, Eloisa logra mover algunos hilos y trae el cuerpo de Abelardo a la abadía que él fundó y de la cual es abadesa durante muchos años más. Tiempo en el que se convierte en una de las mujeres más sabias y veneradas de su época llegando incluso a aconsejar a reyes y príncipes sobre diversos temas. Algo más de veinte años más tarde de la muerte de su amado esposo, perece y su cuerpo es sepultado sobre el de su marido en señal de sumisión absoluta. Una admiración y devoción que jamás perdió pese a las vicisitudes de sus vidas. 

París se tornaba gris por momentos, un color y una luz especialmente románticos. Admiraba las siluetas que había talladas en las tumbas. Repasaba con los dedos los nombres en relieve de las dos personas que allí yacían desde hacía poco más de dos siglos, traídas desde una pequeña abadía del centro de una Francia muy distinta a la que yo me encontraba en esos instantes. Héloïse et Abelard. 

El otoño trae consigo historias llenas de sentimientos. Melodías tocadas en un inexistente piano. Cuadros llenos de besos enmascarados. Miradas furtivas tras libros llenos de palabras escritas por manos que desean acariciar. Respiraciones entrecortadas al observar unos ojos, unos labios, una nariz. Sueños con tintes dramáticos y dramas con pinceladas tiernas y delicadas. Deseos rebosantes de placeres inconfesables. Corazones henchidos de hormonas traviesas que confunden a la racional mente. Manos temblorosas que vislumbran la suavidad de un pecho tras el cual hay un latido colmado de amor. 
París, Roma, Nueva York, Shanghái, Delhi, San Petersburgo o Madrid. Es indiferente el lugar del planeta, el otoño es universalmente romántico mires el cielo que mires.
Por eso, quizá en un día de finales de Septiembre, cuando el verano da sus últimos estertores de vida, se entiende mucho mejor esa frase de otro gran personaje enterrado en ese famoso cementerio de Paris. "Solo el amor puede ayudar a vivir." Oscar Wilde. 




sábado, 16 de septiembre de 2017

Capítulo 28: Dreams.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Hoy os ahorraré leer unas cuantas.

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"Piensa, sueña, cree y atrévete." W. Disney.



"No duermas para descansar, duerme para soñar porque los sueños están para cumplirse." W. Disney.



"Muero por volar." Rubén Ferrán Vázquez.