La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

16. Belleza.

La belleza es un estado de ánimo. Es aquel lugar recondito donde el alma reside. También puede ser un bombón de chocolate cuyo sabor eclosiona en la boca llenando de dulzor nuestra, en ocasiones, insulsa vida. No negaria la belleza de una silueta en la penumbra, ni la de un cálido abrazo. Y, por increible que parezca, el diablo puede ser bello también. 
Esta pequeña historia, que deambula a través de esa finisima linea que en ocasiones divide lo inventado y lo real, es prueba de todo ello.

Miraba la fuente. El sol no me dejaba entrever toda la delicadeza y magnificencia de aquella escultura que desde lo alto de una marmórea plataforma pétrea dominaba el cielo de Madrid. El Ángel Caído desplegaba levemente sus alas mientras un grito se adivinaba en su rostro. Un aullido hacia las alturas; el miedo a la caída podría ser, pensé, o quizá fuera el pánico a la temible serpiente que no le dejaba alzar el vuelo de nuevo, manteniéndole en un terreno bastante más mundano que aquel que solía habitar. 

En aquel instante recibí un mensaje en el móvil al cual no hice demasiado caso. No porque no quisiera saber lo que decía sino porque sabía que el sol me impediría ver la pantalla del teléfono. Así que, durante unos instantes más, contemplé esa demoníaca escultura que según las malas lenguas se sitúa justamente a seiscientos sesenta y seis metros de altura sobre el nivel del mar. (Dato que muchos han querido demostrar sin haber llegado a hacerlo realmente). 

El silencioso bramido del Ángel Caído me trasladó al pasado. A un tiempo lleno de neblinas y a unos lugares tan brumosos que podrían no haber existido jamás. ¿Mi cerebro jugando de nuevo con evocaciones lejanas? ¿Al escondite, quizá? 

Los embates del tiempo causan estragos en las mentes de los que intentan simplemente olvidar, sin embargo hay escenas imposibles de borrar y quedan marcadas a fuego en el subconsciente, saliendo a flote cuando menos te lo esperas o, simplemente, cuando una estúpida asociación de ideas deja paso a los recuerdos enterrados bajo siete llaves en lo más profundo del alma. 

"Tú, yo y el diablo hacemos tres..." 

Aquella noche había bebido, tanto que quizá esa sea la causa del velo que mantiene ciertas lagunas en esta terrible historia. Recuerdo un ambiente fosco, extrañamente oscuro, digno de la peor de las historias de Stephen King o de aquellos tétricos relatos de Poe que leía de adolescente. Desde luego, fuera de aquella habitación las sombras se cernían sobre todo ser viviente, el mundo más allá de aquellas cuatro paredes era lóbrego y los sonidos angustiosos se colaban por la ventana abierta de la pequeña terraza. El ulular del viento preconizaba que nada bueno pasaría en aquel lugar apartado de toda coherencia.

Parecía un cuento. La luz era tenue. Las risas envolvían cada recoveco. Su dulce voz rebotaba suavemente en las paredes llegando de manera armoniosa a mis embriagados oídos. Ella era la viva imagen de una princesa esperando al príncipe que por fin liberase su alma del hechizo de la malvada bruja. 
Mis labios desearon besarla, en ese instante, al verla tumbada en aquella cama desnuda sobre las sábanas. Mis dedos no pudieron resistir acariciar esa piel llena de marcas del pasado. Una piel que a mis dedos, a mi mente y a mi corazón le parecieron la más suave de cuantos cuerpos tuve la oportunidad de recorrer con mis imperfectas manos. Mi mejilla necesitó acercarse a su mejilla. Mi alcoholizada voz dejó salir en un leve susurro un cumplido que no creo que sus achispados oídos tuvieran la capacidad de apreciar. Eres realmente bonita. 

En su aturdida mente apareció una idea. Espera, me dijo. Voy a la cocina un segundo, ahora vuelvo. Mientras ella movía su precioso culo por la casa yo miraba la bamboleante proyección de la lámpara sobre el techo. Ya entonces me preguntaba algo que nunca sabré discernir con total seguridad, ¿es un sueño? Y en caso de ser así, ¿por qué ella llegó de la cocina portando un enorme y afilado cuchillo?

En los cuentos de Poe siempre hay algo absurdo sobre lo que pasamos de largo, tan solo porque el autor lo envuelve todo en una atmósfera casi mágica y así logramos admitir lo increíble como posible, escuchando a un negro cuervo hablar o los acusadores látidos de un corazón enterrado que delata al asesino sin escrúpulos. 
El insensato hecho de esta historia subyace en la imagen de esa bonita princesa que tumbada en la cama acaricia su clitoris con el cuchillo...a mi ex le gustaba esto. Decia con voz de chuza total, asomando una caricaturesca sonrisa en su rostro. ¿Hablas en serio? Logré decir ante mi asombro. Claro, solo los niños y los borrachos dicen la verdad. Sentenció.

You and me and the Devil makes three. El diablo hizo acto de presencia y permitió que en ese instante hubiera un trio en esa habitación. Ella se introdujo el cuchillo un poco más. Vamos, cógelo. Me animó. Metélo hasta donde tú desees. Sostuvo. 

Mefistófeles, Belial o Lucifer. Da igual el nombre que se le de al Ángel cuya rebeldía causó el descenso hacia los infiernos. En esa habitación, aquella lejana noche, se encontraba junto a nosotros procurando que todos cayéramos en una espiral de locura, hacia un profundo pozo lleno de los deseos y temores de las almas más inquietas. 

Mi mano se deslizó por su brazo hasta llegar a su sexo, tan húmedo que me hizo dudar. ¿Realmente esto es lo que desea? La fogosidad de su mirada mantuvo mi perplejidad. Metí un par de dedos haciéndome hueco, deslizando el cuchillo hacia un lado, sacándolo cuidadosamente y cogiedolo con la mano que quedaba libre. Lo dejé a mi lado, sobre la cama. Besé sus labios durante unos segundos y luego me refugié entre sus pechos. Escuché los latidos de su excitado corazón y temblé. Procuré que no lo notara abrazándome fuertemente a ella. Había derrotado al diablo. Nuevamente nos encontrábamos a solas y todo lo que pude decir fue un tímido te quiero. 

Tras unos minutos contemplando la escultura del Ángel Caído y viendo que el frisbee de unos patinadores cercanos pasaba más cerca de mi cabeza de lo que me hubiera gustado, fui caminando hacia el lago lentamente; aún con la imagen de aquel conmovedor abrazo guardado en las profundidades de mi alma y en cuyo insondable abismo liberé una batalla que nunca sería contada por la promesa de un innoble príncipe que faltó a su palabra. Me senté en la hierba y observé el estanque. Los patos caían casi en vertical sobre el agua, los remos de las pequeñas barquitas se zambullían en el líquido elemento, el sol se despedía de aquel día bajando poco a poco sobre las copas de los frondosos árboles que movían graciosamente sus ramas. 
De pronto recordé el mensaje que un rato antes había importunado mi ensimismamiento sobre la figura de Lucifer en aquella fuente regada por el sol de un envidiable atardecer. 

Volviendo a mi venerado Poe, recuerdo vagamente uno de sus cuentos. A su Ángel Caído él lo llamó el demonio de la perversidad, un ser capaz de influir en las mentes. Un ente que entronca con el mío, se superpone e imbrica de tal manera que casi parecieran el mismo. Espíritus, ambos, que se divierten y juegan con las debilidades de los seres humanos tan solo por el mero hecho de demostrar su poderío ante las descuidadas y frágiles mentes de los mortales. 

El mensaje, por supuesto, era de ella. Y contrariamente a lo que se pudiera pensar, no es un truco para acabar de manera más elegante este tétrico y negro relato que se me ha ocurrido narrar esta lluviosa tarde otoñal. "Nunca más." Así empezaba ese mensaje, como nos repite una y otra vez el sombrío cuervo del poema de Edgar Allan Poe. Realmente ese mensaje, leído en la penumbra de ese momento tan especial del día en el que ni hay claridad ni oscuridad, decía eso. "Nunca más. Tú haces que mi locura se desarrolle, crezca y deambule dentro de mi ser. Me da miedo. Olvídate de mí."

Desde aquel día, cada vez que mi camino me lleva al parque del Buen Retiro de Madrid he de pasar frente a la fuente del Ángel Caído. No lo hago para recordar que una vez me enfrenté al mismísimo diablo y le derroté. No lo hago para vanagloria de mi propio ego sino por seguir los pasos que dictó ese encomiable escritor que visitó las oscuridades del alma mucho antes de que yo naciera. 
En Berenice Poe escribe..."Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas." 

"Decianme los amigos que encontraría algún alivio a mi dolor visitando la tumba de la amada." Allí, bajo la piedra que sustenta al alado ser, fue donde enterré el recuerdo de alguien que ya solo pertenece al mundo de lo sobrenatural, de las historias fantásticas. Al mundo inmaterial de las palabras soñadas, escritas y leídas. 

¿Qué es la belleza, pues?
Sin duda, un estado del alma.





jueves, 20 de junio de 2019

15. El sombrerero loco.

"Hay infinitos mundos a la vez, similares y distintos al nuestro porque los átomos son infinitos en número y se extienden por todo el espacio." Epicuro.

¿No sería increíble poder encontrar una puerta que me llevase a un mundo mágico, un lugar en el que todo, por absurdo e inconcebible que pudiera parecer, fuera posible?

Esa pregunta me la hice hace ya un tiempo. El ambiente que me rodeaba era propicio para ello.

Lugar, algún punto de Los Angeles. Hora, cerca de las nueve de la noche. Arriba, un cielo oscuro reflejaba los haces luminosos de los focos del escenario. Decenas de imágenes en las pantallas aturdían todos mis sentidos, miles de luces de vivos colores rodeaban los trescientos sesenta grados de mi mundo en aquel preciso momento. Mucha gente a mi alrededor gritaba, bailaba, reía y bebía. Y yo, en el centro de todo aquel jaleo miraba boquiabierto a Alicia mientras el sombrerero loco daba vueltas, micrófono en mano, cantando...Very merry unbirthday to you!

Había traspasado esa línea que divide la divina locura y la cordura terrenal. Esa Alicia tenía algo celestial que no supe discernir. Pensando en ello ahora, creo que podría ser el azul de sus ojos junto con el mismo color del vestido, pudiera ser que su voz angelical ayudara también o quien sabe si sus sensuales movimientos hicieron que mi corazón latiera lentamente. El caso es que me quedé alucinado por ver a ese personaje de Lewis Carrol ante mi. La atónita mirada con la que observaba cada detalle me delataba. ¿Había caído por algún agujero invisible y estaba en el país de las maravillas?¿Saldría el gato en cualquier momento de detrás del batería y me hablaría como si tal cosa?

Pasado ese primer impacto que supuso contemplar a Alicia me fijé más detenidamente en el sombrerero. Tres cosas de él me gustaron. Sus botas, la simpatía que parecía tener y su sombrero, por supuesto. Y ese fue el instante preciso en el que a mi cabeza vino esta pregunta. ¿Existen los agujeros mágicos?
Contado de esta forma parece que todo sea un invento para entretener a los niños pero no es una cosa baladí en absoluto. Las versiones primitivas de estos portales ínterdimensionales eran cuevas o simas profundas abiertas en la misma tierra por las cuales uno se zambullía en ocultos mundos sobrenaturales, más tarde aparecieron distintas teorías que decían que con ciertos espejos era posible, mediante un conjuro o llamada hacia el otro lado, atraversarlos y adentrarse en lo inverosímil. Desde luego se han escrito multitud de libros sobre el tema, no descubro nada nuevo. El apogeo de todas estas ideas tuvo su culmen en los escritos de varios científicos que se dedicaron a estudiar estos puntos o zonas en las que de alguna extraña manera, que aún desconocemos, te podrian trasladar misteriosamente a otros mundos atravesando el mágico puente que se abre ante cualquiera que tuviera la inmensa suerte de toparse con uno de ellos. Los sesudos científicos denominaron a estas extraordinarias conexiones, entre dos o más mundos, agujeros de gusano. Y son la base para pensar en otras dimensiones, en viajes en el tiempo o realidades alternativas.

Por lo tanto, hay una base tangible para creer que puedan existir, en algún recóndito lugar, ciertas aberturas espacio-temporales en las que adentrandote en ellas se llegue a algún otro plano de la vida en el que todo sea distinto. ¿Estará el sombrerero esperando al otro lado? 

Pero, ¿quién demonios es este tipo? Según he podido averiguar los sombrereros antiguamente trabajaban con mercurio y es bien sabido que los vapores de este metal son tóxicos, provocando una especie de locura en quien los inhala habitualmente. De ahí viene el adjetivo impuesto al sombrerero, que en verdad puede que sea más cuerdo que todos los demás que lo juzgan, ya que su realidad al estar en otro plano existencial distinto no es comparable a la de nuestro lado del agujero. 

Pensando en todas estas chorradas me quedé dormido ayer. Un par de horas antes de cerrar los ojos, agarrado a mi almohada, me topé en Youtube con un video de Alice and the Mad Hatter grabado un año después de verlos yo mismo en directo. Durante ese tiempo les escuché cantar. Una sonrisa se asomó levemente en mi cara, unos ojos risueños, la piel erizada, y una nueva pregunta... ¿Seré yo el sombrerero loco?

Anoche, al apagar mi IPad y taparme con la sábana, lo pensé. Sería la respuesta a todas mis dudas. Cada instante cobraría sentido si así fuera. En ese estado de duermevela antes de caer dormido una idea se empezó a formar en mi mente. Hace algunos años debí aventurarme a través de una de esas aberturas escondidas en mi mundo y vine a parar a este. Otra dimensión desconocida en la que mis reglas no valen, aquí rige otra realidad distinta a la mía. Por eso no comprendo a la gente de este lugar, por eso no entiendo muchas de las cosas que suceden. Las juzgo según mi realidad y es ahí donde me equivoco. Y es por eso mismo que me es tan complicado encontrar a alguien como yo, este no es mi espacio-tiempo, no pertenezco a esta realidad en la que ahora me hallo. Soy el jodido sombrerero perdido en el laberinto de este mundo.

Tiene que ser eso, debe ser así. Estoy convencido de haberme tropezado con un pliegue en el universo, de esos de los que hasta el mismísimo Einstein habló, y me he trasladado hasta aquí sin haberme enterado. Alicia, en su momento, vino a verme a mi país de las maravillas y yo ahora me encuentro en esta realidad paralela terriblemente confusa.
Como diría Schwarzenegger en el último gran héroe al traspasar otra puerta dimensional, en este caso la de la pantalla del cine, en este mundo los malos si pueden ganar. Y no tan sólo eso, sino que poco a poco la gente de este lado del espejo o agujero o como queramos llamarlo, incomprensiblemente va creyendo menos en el amor. Con la lógica  del sombrerero, la mía propia, ¿cómo se puede ser feliz sin amar?

Sorprendido ante la frialdad de este mundo, en el que el desapego y la indiferencia dominan las almas de cada uno de nosotros, ¿verdad que no es difícil pensar en querer volver a toda costa a mi país de las maravillas? Allí no soy un simple loco con ideas estúpidas, en aquel lugar simplemente soy el sombrerero. Un tipo tan feliz que celebra cada día, un tío tan extraordinario que se despierta cada mañana diciendo...¡Feliz no cumpleaños!

miércoles, 19 de junio de 2019

14. El Pasajero del viento.

En un recóndito e inhóspito rincón de las tierras altas del norte se escondía un pequeño castillo. En sus lóbregas estancias, dominadas por un atenazador frío, se podía escuchar un lamento que venía de las profundidades de aquel lejano lugar. En el sótano, en una oscura y húmeda mazmorra, la voz de un hombre suplicaba clemencia. Ese desesperado alarido llegado desde lo más hondo de aquel siniestro lugar rompió el monótono almuerzo de la princesa de hielo. 

Llevaba unos días pensando que hacer con su recluso, y no paraba de darle vueltas a una endiablada pregunta. ¿Le mataba o le dejaba con vida?

Escoger entre cualquiera de las dos opciones era un tema bastante delicado para la bella princesa ya que soltarlo significaría contradecir su apelativo, aquel por el que era conocida en toda la comarca. 

La princesa con el corazón de hielo en otra época hubiera dejado pudrirse a aquel pobre desventurado que yacía en el suelo de ese negro calabozo, sin importar los gritos desesperados que cada día la despertaban. Sin embargo, ese miserable hombre había hecho algo que nadie había conseguido en muchos años. El corazón helado e inerte de la princesa de hielo latió brevemente al mirar los ojos de ese triste muchacho que encadenado exclamaba...¡liberadme princesa de los ojos claros! ¡Soltad a este hombre cuyo único delito fue desear contemplar su enigmática alma!

¿Pero quién demonios era aquel chico que tenía tan turbada a la princesa de hielo?
Observando desde su alcoba el mortecino cielo de aquel extraño día, la dama se preguntaba de dónde diantres había salido aquel muchacho. Por supuesto, ella había hecho sus averiguaciones, pero lo que encontró tras ellas no le resultó nada halagüeño.

El pasajero del viento, así le llamaban las gentes de más allá de sus dominios, cabalgaba a lomos de una esponjosa nube. Esta se cernía en esos momentos sobre el castillo, esperando su decisión. En ocasiones pareciera de un tono pålido, blanquecino, manifestandose como un desvaído rostro cadavérico. En otras, su apariencia se tornaba gris y amenazadora, adoptando forma de armadura, distinguiéndose la greba o la coraza de un temido guerrero que desafiara la mirada de la propia princesa.

Tras unos breves momentos de vacilación, las tribulaciones que la mantuvieron dubitativa desaparecieron. Cogió el puñal que reposaba sobre la mesa que había junto a su cama y bajó con decisión los escalones de piedra oscura que la llevaron hasta la lúgubre mazmorra donde el pasajero del viento yacía encadenado.
Mandó abrir la celda y se acercó a pocos centímetros del rostro del muchacho.
¡No permitiré que ningún sentimiento traspase las murallas de esta fortaleza! Le susurró la princesa al oído.
Mi señora, su corazón ya está latiendo. Sino no estaría aquí abajo.

Enrabietada, con una mirada tan glacial como el mismo hielo, le asestó una puñalada en el pecho insertándolo tan profundamente como pudo para instantes después sacarlo con rapidez, observando la sangre que manaba del cuerpo del pasajero del viento. Miró la corta daga con perplejidad, el maldito bastardo tenía razón. Su corazón, después de todo, latía con fiereza. 

Subió corriendo a sus aposentos y se tiró sobre su lecho con el alma atenazada por ese sentimiento del que apenas recordaba nada. Su mirada afligida se paró un momento en el ventanal, observando como unas pequeñas gotas de lluvia empezaban a caer tras los muros del castillo. La nube, corcel inseparable de aquel misterioso caballero, lloraba por su muerte. 

La tormenta pudo verse desde los reinos más lejanos. Los rayos iluminaban las torres, creando fantasmales sombras en sus muros y los truenos resonaban con una crueldad pasmosa haciendo que el castillo se estremeciera. La tristeza de aquella inseparable amiga del pasajero del viento mantuvo a la fortaleza aislada durante muchos días, tantos que la princesa de hielo envejeció sin poder salir de aquella cárcel en la que se había convertido su morada. 

No obstante, la lluvia cesó de pronto una mañana. El fuerte viento de la noche anterior se había llevado a la llorosa nube y el sol entraba por el vano abierto en el muro de su habitación. Un rayo, que directo desde el mismo cielo iluminó su triste alma, calentando su helado corazón. La anciana princesa, entonces, sonrió. 



lunes, 17 de junio de 2019

13. Ex ungue leonis. (De las garras del león)

La mayoría de las veces nos quedamos con la apreciación superficial de las cosas. Sin embargo suele suceder, más a menudo de lo que creemos, que caemos en pensamientos incorrectos. Una teoría es válida hasta que encontramos un suceso en el que nuestra hipótesis falla. No siempre las cosas son lo que parecen.

¿Qué trayectoria es la más rápida para conectar dos puntos que están a distinta altura y no en la misma vertical?
Si hiciéramos esta pregunta en la calle me jugaría la mano derecha a que el 100% de la gente diría que una línea recta inclinada que uniera ambos puntos. Lo cual es lo más intuitivo, sin embargo estaríamos totalmente equivocados. La trayectoria más rápida la demostró Newton hace ya un tiempo, hacia finales del siglo XVII, en una especie de juego de acertijos matemáticos que tuvieron en la Royal Society de Londres y en la que participaron tipos de la talla de Hooke, L'Hopitâl o Huygens. No obstante conozco esta historia a través de la biografía de Johann Bernoulli que fue el impulsor del susodicho acertijo. Para resumir brevemente, en unas pocas horas Newton demostró que la curva llamada braquistócrona es la que utilizaría un móvil hipotético para llegar antes de un punto a otro, en las condiciones indicadas un poquito más arriba. Para no aburrir demasiado, sólo diré que esta curva es una cicloide invertida y que se forma cogiendo un punto fijo de una circunferencia y haciendo mover ésta por una superficie recta sin deslizar. La curva descrita por ese punto es la cicloide, el camino más rápido para unir dos puntos. Como veis, las cosas no siempre son lo que parecen.

Hace poco leí en un artículo de un periódico que en un lugar habían llovido ranas. Es curioso pero ha habido varios de estos sucesos en la historia. Ya en la Biblia se nos anticipa un hecho de tal índole en una de las plagas que cayeron sobre Egipto. La historiografía suele achacar estos extraños acontecimientos a un castigo o una bendición divinas, dependiendo del punto de vista del que narrase el incidente. Teorías actuales desechan cualquier tipo de intervención celestial y presumiblemente estas lluvias de animales son causadas por la succión de tornados en lagos y charcas de toda esa fauna que luego sueltan unos cuantos kilómetros más allá. Las cosas, sin duda, no son lo que parecen.

Hace unos días me encontraba en el metro y por el vagón avanzaba un hombre con muletas. Iba repitiendo una serie de frases mecánicamente, de manera anodina e incluso me aventuraría a decir que con una desgana terrible. Algunos pasajeros del vagón le daban unas monedas, otros desviaban la mirada cuando pasaba a su lado. Vi al hombre acercarse. Su cara hacia presagiar un fatal desenlace no pasando mucho tiempo, la pierna la ponía de tal forma que era imposible que una persona normal hiciera eso sin romperse todos los ligamentos de la rodilla. Al pasar por mi lado me habló, entendí algo de que tenía cuatro hijos a los que alimentar y que no le daban trabajo por su enfermedad. Le hice un gesto negativo con la cabeza y siguió  con su periplo por el vagón. A las dos paradas se subieron dos agentes de seguridad del metro. Era mi parada y me bajé, en ese instante vi al hombre de las muletas bajarse también. Me disponía a subir por las escaleras mecánicas sumido en la música que llevaba en mis cascos cuando alguien pasó corriendo por mi lado. Si, el hombre moribundo corría, escaleras arriba, con las muletas en volandas. Las cosas no siempre son lo que parecen.

Unos meses atrás me encontraba haciendo la compra en el Carrefour. Siempre había comprado el pack de 24 latas de cocacola, cuyo cartel promocional estaba, con letras bien grandes, en la repisa y rezaba "pack ahorro de 24 latas 14,50€". Por casualidad detuve mi mirada en un cartel mucho más pequeño un poco más a la derecha. "Pack de 12 latas 7,20€". Las cosas no siempre son lo que parecen.

El otro día leí esta inquietante historia. Un médico holandés llamado Hermann Boerhaave legó, al morir en 1738, un libro sellado titulado "los secretos más exclusivos y más profundos del arte médico". El libro fue subastado, aún sellado, por 20.000 dólares en oro. Cuando el nuevo propietario rompió el sello y abrió sus páginas ávido de sabiduría por obtener la clave de la vida eterna, se encontró con un libro totalmente en blanco salvo en su primera página. En esta se podía leer una nota manuscrita por el autor que decía "conserve la cabeza fresca, los pies calientes y hará empobrecer al mejor médico del mundo". Las cosas no suelen ser lo que parecen.

En Junio de 1966 hubo una masacre en un bar de Nueva Jersey.
Tres personas aparecen muertas. Un testigo dice haber visto a un par de personas saliendo del bar. Una de ellas es, presuntamente, Rubin Carter más conocido como huracán Carter, boxeador de los pesos medios de raza negra. Es condenado a tres cadenas perpetuas en un juicio totalmente irregular. Rubin logra hacerse oír y Bob Dylan incluso le dedica una maravillosa canción. La opinión pública hace fuerza y logra un nuevo juicio cuyo veredicto es el de inocente. Las cosas no son lo que parecen, sobretodo sí eres negro en la década de los 60 en Estados Unidos.

Hace un rato, después de ducharme, me he quedado mirando mi reflejo en el espejo unos segundos. He visto a un chico con buen aspecto, con cara de seguridad en sí mismo, algo vanidoso, con gesto complacido por lo que ve. Sin duda, hoy las cosas no son lo que parecen.

martes, 26 de marzo de 2019

12. Pintando sentimientos.

De pie, le observo desafiante. Él, impoluto, me devuelve la mirada. Me provoca en toda su amplitud. De pronto le doy la espalda, cierro los ojos y suspiro. Tengo que ser valiente, me digo. Debo enfrentarme a ello o jamás podré mirarme a un espejo con la absoluta certeza de saber quién es el que observa desde el otro lado. 

Vuelvo a girarme para toparme de nuevo con el abismo. El lienzo en blanco me conmina a dar el primer brochazo, un trazo inicial con el que soltar la timidez que a todos nos surge ante la inquisitiva mirada de nuestra alma. ¿Seré capaz de pintar mis sentimientos? 

Elijo un pincel, mango fino y suave. Pelo sintético, de punta redonda. Elección, sin duda, causada por esa vergüenza del comienzo de todo trabajo. Los trazos serán leves, casi como andando de puntillas ante la virginidad y pureza del lienzo. Miro la paleta, ¿qué color sería el más adecuado?

Detengo mis ojos unos instantes ante la variedad de tonalidades. ¿Cuál combina mejor con la soledad? Elijo un marrón oscuro porque me viene a la mente el color de un tronco de árbol muerto y abandonado. Dejado a su suerte en medio de un campo yermo y cuyo aislamiento causó el triste desenlace. Hago una línea en diagonal, de arriba a abajo. Descendiendo hasta los infiernos. Una recta que se corta de pronto, abruptamente, cuando me digo...¡basta ya de tanta nostalgia, pasemos al siguiente sentimiento!

Llevo el pequeño pincel al vaso, lleno de productos de limpieza que el amable muchacho de la tienda me aconsejó utilizar. Dejo que el marrón se vaya, llevando lejos la temida soledad. Mientras, vuelvo mi curiosa mirada hacia la ventana que proyecta la clarificadora luz sobre el cuadro dándome la solución del próximo color y sentimiento. 

Azul cian claro, tonalidad del cielo por el que alguna nube camina lentamente. La esperanza se merece ese azul. Quizá le elección más evidente, nuestros antepasados ya miraban hacia arriba con ilusión y optimismo. La esperanza no es más que la creencia, más o menos ciega, en que todo cambiará.

Cojo el pincel y embadurno su pelo de ese cian y hago líneas que cortan a la soledad, multitud de ellas  de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. 

No, no seré tan previsible. Cuando uno habla de la pasión lo asocia directamente al rojo. Pero como digo, no me dejaré llevar por los convencionalismos. Para pintar la pasión me decido por el amarillo lima, muy cercano al verde sin llegar a serlo completamente. Es algo obvio para el que haya paseado entre los muchos jardines de limoneros que pueblan la costa italiana cercana a Nápoles. Ese fuerte olor embriaga los sentidos y hace que sucumbas ante los encantos de los susurros de Afrodita. Haz el amor, aquí y ahora. Y yo, yo no puedo más que hacerla caso y liberar toda mi pasión y lanzar gemidos que retumban entre los árboles llenos de limas y limones. 

En esta ocasión cojo un pincel de un trazo más grueso, y hago líneas discontinuas sin ningún sentido aparente. La pasión no tiene reglas, tan solo suelto todo ese delirio desatado lleno de arrebatos y frenesí. 

Me recuesto en el suelo, observo cómo va quedando todo ese batiburrillo de colores y siento rabia. ¿Por qué nadie se atreve a compartir esa pintura conmigo? ¿No hay nadie con el valor suficiente para sentir? ¿En serio?

Me levanto furioso, abro un bote en el que pone negro humo y sumerjo la primera brocha con la que me topo. Dibujo una equis bien grande, ¿de qué sirve contar, pintar o escribir sentimientos si nadie se arriesga y los comparte conmigo?

Apoyado en la pared opuesta al lienzo agacho la cabeza, de pronto tiro la brocha negro humo más allá de la puerta de la habitación en la que me he propuesto dejar vacía mi alma. ¡No! Grito. ¡No puede ser! Mascullo entre dientes. Tiene que existir, susurro tirado en el suelo frente a un cuadro inacabado. 

Cojo una paletina, un pincel bastante ancho. ¿De qué color es el amor? ¿Cuántas personas se habrán hecho esta misteriosa pregunta?

Lo tengo claro, son todos a la vez. Acaricio el pelo suave del pincel y me decido, por fin, a pintar el amor. Azul, amarillo, rojo, naranja, violeta, verde...

Los trazos son hacia todas direcciones llenando mi lienzo de un color indefinido, de un loco arcoiris en el que de repente aparece un amarillo verdoso o un azul botella, un púrpura,  un naranja pomelo o rojo atardecer.

Para acabar sacudo la brocha con fuerza dejando que millones de gotas rocien el cuadro. Ahora sí, el amor lo salpica todo, esta esparcido por cada rincón de esa tabla llena de sentimientos. 

Con mis ropas llenas de colores y mi corazón bombeando hacia fuera todas esas sensaciones que se negaban a salir, agarradas fuertemente a mis entrañas, como la mano de un niño se aferra a la de la madre el primer día de cole, examino mi obra. No está a la altura de un Van Gogh o un Matisse, ni tan siquiera tiene una milésima parte de un Renoir, pero es mía y solo mía. Mi alma. Admirenla al pasar, es lo más valioso que poseo y lo único que puedo ofrecer. 





martes, 12 de marzo de 2019

11. Mensaje en una botella.

El piano repiquetea junto con el inconfundible sonido de un saxo, cuyas notas musicales recorren raudas y veloces la Quinta Avenida, girando bruscamente para adentrarse en Broadway.

"Adoraba Nueva York, la idolatraba de un modo desproporcionado. La sentimentalizaba desmesuradamente. Sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de las melodias de George Gershwin. Sentia demasiado romanticamente Manhattan."
Con estas palabras comienza Woody Allen ese gran alegato a favor de las relaciones humanas y de su ciudad; una visión tremendamente idealizada de la gran metrópolis.
Estas frases de su película "Manhattan" las tenia en mi cabeza la primera vez que caminé por sus avenidas infinitas llenas de edificios mastodónticos, gigantes de piedra que se llegan a unir con el mismo cielo.
Creo que es la mejor ciudad del mundo y hay muchas razones para afirmarlo con tanta rotundidad. Pero quizá las palabras no harian justicia a todo lo que ofrece a los sentidos.
Sin embargo, describiré tres instantes robados al tiempo.

La última noche que pasé respirando su aire viciado por mil olores. Sentado en Times Square observaba el bullicio de un viernes por la noche. Me sentía en el ombligo del mundo, mirando hacia todos los lados intentando captar cada detalle. Los neones de los restaurantes, los carteles de los espectáculos de Broadway, los taxis amarillos que a esas horas llenaban el asfalto, los miles de flashes de los turistas tomando fotos a cualquier ricón de la plaza, gente saliendo de las tiendas con bolsas de marcas elitistas, consumismo, comida, bebida, movimiento...vida. Miré hacia arriba, al oscuro cielo y pensé, amo este lugar.

Me desplazo ahora a Central Park. Es domingo y la primera vez que ando entre sus árboles; mi primer paseo por sus senderos. Asombrado veo a las ardillas corretear por las ramas secas perdiéndose en algún oscuro y profundo hueco de aquellos troncos inmensos .Observo las bonitas calesas sacadas de otros tiempos, tiradas por caballos igual de grandes que los de aquí pero que parecen crecer en tamaño por la envergadura de lo que nos rodea. Me fijo en las chapas metálicas que adornan los bancos de madera con nombres de gentes anónimas que desearon inmortalizarse en ese gran pulmón verde en el que los ruidos del intenso tráfico se confunden con el de las hojas de los árboles susurrando cosas ininteligibles para los oídos humanos.
Después de pasar unas horas deambulando por el extenso parque encuentro un lugar especial. Un grupo de unas 20 personas rodean un mosaico en el suelo. En él puedo leer la palabra "Imagine" adornada por una decena de ramos de flores. Esas personas empiezan a cantar melodías escritas por John Lennon.
Estoy en Strawberry Fields, un pequeño rincón del parque, a unos metros del edificio Dakota, donde el místico músico residía, donde murió. En ese fatídico lugar le asesinó Mark David Chapman. Y escuchando como la gente, al unísono, cantaba "imagine" mientras una chica colocaba otro ramo más alrededor de los que ya estaban, miré al horizonte. Observando la imponente silueta del maravilloso edificio Dakota me dije, amo a esta ciudad.

Estoy en un ferry, absorto en las olas generadas por la proa del barco, viéndolas alejarse poco a poco. Huele a mar, huele a libertad.
No se de un sitio más idóneo para admirar el océano que la proa de un buque a plena potencia surcando sus aguas. Observo las gaviotas que revolotean alrededor; un barco se cruza con el mío y a modo de saludo, puede que incluso para deseame una feliz travesía, lanza un sonoro pitido sacándome de mi ensimismamiento para observar justo enfrente a la gran dama de bronce. La Estatua de la Libertad, magnífica mole metálica que lleva dando la bienvenida a los que llegan a esa parte del mundo desde hace unos 200 años. Una sensación embriagadora, de estar ante algo extraordinario, llena mi alma. El corazón se encoge y late con más fuerza. Al acercarse el ferry a la isla donde esta situada sobre su gran pedestal pétreo me doy cuenta del descomunal tamaño que tiene la estatua y mis ojos delatan la impresión que me produce. Al desembarcar y estar ante los pies del símbolo por antonomasia de la libertad pienso, amo esta ciudad.

El piano deja paso a Billie Holiday cantando "as time goes by" creando con su bellla voz la atmósfera perfecta para dejar una botella con un mensaje dentro. Qué mejor lugar para dejarla que en el sitio donde la gente ha soñado, desde hace tanto tiempo, con un futuro más mágico.
Asi que sin dudarlo ni un solo instante, en las gélidas aguas del Atlántico, lanzaré una misteriosa botella al mar. Un recipiente que contiene un mensaje garabateado en una noche solitaria. Una carta llena de lágrimas, derramadas al escribirla.

Hola mi niña. Me encantaría tenerte junto a mi mientras te susurro estas palabras al oído. Sin embargo, ni tan siquiera se quien eres, aún así te echo en falta.
Echo de menos tus abrazos cuando estoy triste, tus miradas de complicidad al reirnos, tu suave mano cuando paseamos. Extraño tu sonrisa cuando digo alguna tonteria, tus besos al despertar, tu forma de tocarte el pelo cuando te miro y te pones nerviosa.
Tengo tantas ganas de acariciar tu brazo mientras esperamos en la parada del autobús, de cogerte entre mis brazos y decirte al oido que eres maravillosa, que la espera se hace interminable.
Por las noches me entristece no poder escuchar un te amo salido de tus labios, e inconscientemente aprieto la almohada pensando que eres tú. Dormido la estrujo contra mi pecho, y al despertar y ver que no estas mi corazón se empequeñece.
Millones de segundos perdidos sin besarte. Millones de razones por las que escribirte y lanzar esta carta al infinito océano.
Espero que las mareas y corrientes te la hagan llegar y, estés donde estés, te suplico que me busques porque no aguanto más sin poder decirte, mirandote a los ojos, que eres el amor de mi vida y que mi alma te pertenece.
Aún no te conozco pero lo se, estamos hechos el uno para el otro.
Necesito soñarte mientras no pueda sentir los latidos de tu corazón. Te amo. Eternamente.

lunes, 11 de marzo de 2019

10. La ecuación de Drake.

Frank Drake un buen día se levantó por la mañana de la cama para desayunar los deliciosos huevos con bacon que le había hecho su queridísima esposa. Mientras le daba un buen tiento a un gran trozo de bacon churruscadito se preguntó...¡Joder! ¿Cuantas civilizaciones habrá en el Universo? 
Trabajaba para un observatorio en calidad de radioastrónomo, es decir que se pasaba todo el santo día mirando al cielo buscando estrellas y planetas desconocidos. Pues bien, este buen hombre dedujo una formulita con la cual se veía capaz de dar un número aproximado de posibles civilizaciones de otros planetas que tendrían capacidad para comunicarse con nosotros. 

N=R* x Fp x Ne x Fl x Fi x Fc x L

Para no entrar demasiado en temas físicos y filosóficos sólo diré que esta pequeña fórmula viene dada por diferentes coeficientes que estiman, por ejemplo, el ritmo de crecimiento de las estrellas, el número de esas estrellas que tienen planetas en sus órbitas, o el número de planetas en los que se cree que se podría desarrollar vida inteligente. 
El problema en todo este galimatías apareció cuando surgieron otros científicos igual de locuelos que el señor Drake y se pusieron a calcular estos coeficientes, a cada uno le salía un número diferente dependiendo de si las estimaciones eran favorables o no a la creencia de vida extraterrestre.

¿Qué maldito rollo estoy soltando hoy? Pues uno muy simple. He desarrollado una nueva fórmula a partir de la de Drake para calcular cual sería el número de mujeres compatibles conmigo. Evidentemente parto de la ecuación de Frank Drake porque creo que tengo que ampliar la zona de búsqueda algo más, en la Tierra no creo que exista una mujer capaz de aguantarme y no hablemos ya de quererme. También es cierto que pienso que debo ser de otro planeta por lo tanto se hacía lógico buscar más allá de nuestra Luna para poder hallar respuesta a mi dilema. 

Supongamos que hemos calculado previamente el valor de civilizaciones extraterrestres con un mínimo de inteligencia, N. A este número lo tendríamos que multiplicar por 0,35. ¿Por qué? Sospecho que ahí fuera puede haber un 35% de alienigenas machos, un 35% de hembras, y un 30% sin sexo definido. Una vez obtenido el número de extraterrestres chicas que hay en todo el Universo podemos hacer una nueva criba que deje las cosas más claras. ¿A cuantas de esas alienigenas les gustaría ver una peli de miedo cogida de mi mano?¿Qué les da miedo a los seres de otros planetas?¿Las películas tipo Love actually? Siendo optimistas pongamos que un 25% tengan los mismos gustos que yo, así que en este caso multiplicaríamos por 0,25. La lista se reduce poco a poco pero aún podemos afinar algo más. ¿Qué porcentaje cree en el amor?¿Las chicas de otros planetas son unas lobas que se tiran a todo lo que se menea o son más tradicionales y les gusta el tema del cortejo tipo pájaro macho que revolotea alrededor de pajarita hembra? Aquí debo ser realista y me pongo en la peor de las estimaciones posibles, un 2% de las que quedan creen en el amor verdadero y único.
Por último pero no menos importante, ¿a cuantas podría interesarle yo? Aquí el cálculo se pone un poco deprimente. ¿Qué chica procedente de las estrellas y que esté en su sano juicio querría pasar toda la eternidad conmigo? Me da en la nariz que muy poquitas, el número mágico un 0,001%. 
Así que la fórmula de Rubén modificada, para el cálculo de mujeres en el Universo interesadas en mi quedaría tal que así...

N1=N x 0,35 x 0,25 x 0,02 x 0,001

Este número es tan ínfimo que es muy improbable que me encuentre con alguna alíen compatible conmigo aún así, N1 siempre será mayor que cero, es decir, están ahí fuera. Sólo es necesario esperar a que alguna de ellas reciba esta sonda espacial en forma de mensaje y de conmigo. 

Enrico Fermi fue un reconocido físico, galardonado con el Nobel por sus estudios sobre la radiactividad inducida. Pero también es bastante popular por su famosa paradoja. Pese a que los cálculos sobre la inmensidad del Universo parecían dar a entender que por los cielos habría miles de naves danzando de un lado para otro, las observaciones decían todo lo contrario. Fermi se dijo, si hay tantas civilizaciones ahí fuera, ¿dónde están?

Y yo me pregunto, si mi fórmula es correcta y existe al menos una mujer esperándome en algún lugar. ¿Dónde te metes? ¡Tronquita, sal ya de tu escondite!