La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

viernes, 13 de octubre de 2017

Capítulo 31: You and me and the Devil makes three.

Miraba la fuente. El sol no me dejaba entrever toda la belleza de aquella escultura que desde lo alto de una marmórea plataforma pétrea dominaba el cielo de Madrid. El Ángel Caído desplegaba levemente sus alas mientras un grito se adivinaba en su rostro. Un aullido hacia las alturas; el miedo a la caída podría ser, pensé, o quizá fuera el pánico a la temible serpiente que no le dejaba alzar el vuelo de nuevo, manteniéndole en un terreno bastante más mundano que aquel que solía habitar. 

En aquel instante recibí un mensaje en el móvil al cual no hice demasiado caso. No porque no quisiera saber lo que decía sino porque sabía que el sol me impediría ver la pantalla del teléfono. Así que, durante unos instantes más, contemplé esa demoníaca escultura que según las malas lenguas se sitúa justamente a seiscientos sesenta y seis metros de altura sobre el nivel del mar. (Dato que muchos han querido demostrar sin haber llegado a hacerlo realmente.) 

El silencioso bramido del Ángel Caído me trasladó al pasado. A un tiempo lleno de neblinas y a unos lugares tan brumosos que podrían no haber existido jamás. ¿Mi cerebro jugando de nuevo con evocaciones lejanas? ¿Al escondite quizá? 

Los embates del tiempo causan estragos en las mentes de los que intentan simplemente olvidar, sin embargo hay escenas imposibles de borrar y quedan marcadas a fuego en el subconsciente, saliendo a flote cuando menos te lo esperas o, simplemente, cuando una estúpida asociación de ideas deja paso a los recuerdos enterrados bajo siete llaves en lo más profundo del alma. 

"Tú, yo y el diablo hacemos tres..." 

Aquella noche había bebido, tanto que quizá esa sea la causa del velo que mantiene ciertas lagunas en esta terrible historia. Recuerdo un ambiente fosco, extrañamente oscuro, digno de la peor de las historias de Stephen King o de aquellos tétricos relatos de Poe que leía de adolescente. Desde luego, fuera de aquella habitación las sombras se cernían sobre todo ser viviente, el mundo más allá de aquellas cuatro paredes era lóbrego y los sonidos angustiosos se colaban por la ventana abierta de la pequeña terraza. El ulular del viento preconizaba que nada bueno pasaría en aquel lugar apartado de toda coherencia.

Parecía un cuento. La luz era tenue. Las risas envolvían cada recoveco. Su dulce voz rebotaba suavemente en las paredes llegando de manera armoniosa a mis embriagados oídos. Ella era la viva imagen de una princesa esperando al príncipe que por fin liberase su alma del hechizo de la malvada bruja. 
Mis labios desearon besarla, en ese instante, al verla tumbada en aquella cama desnuda sobre las sábanas. Mis dedos no pudieron resistir acariciar esa piel llena de marcas del pasado. Una piel que a mis dedos, a mi mente y a mi corazón le parecieron la más suave de cuantos cuerpos tuve la oportunidad de recorrer con mis imperfectas manos. Mi mejilla necesitó acercarse a su mejilla. Mi alcoholizada voz dejó salir en un leve susurro un cumplido que no creo que sus achispados oídos tuvieran la capacidad de apreciar. Eres realmente bonita. 

En su aturdida mente apareció una idea. Espera, me dijo. Voy a la cocina un segundo, ahora vuelvo. Mientras ella movía su precioso culo por la casa yo miraba la bamboleante proyección de la lámpara sobre el techo. Ya entonces me preguntaba algo que nunca sabré discernir con total seguridad, ¿es un sueño? Y en caso de ser así, ¿por qué ella llegó de la cocina portando un enorme y afilado cuchillo?

En los cuentos de Poe siempre hay algo absurdo sobre lo que pasamos de largo, tan solo porque el autor lo envuelve todo en una atmósfera casi mágica y así logramos admitir lo increíble como posible,  escuchando a un negro cuervo hablar o los acusadores látidos de un corazón enterrado que delata al asesino sin escrúpulos. 
El insensato hecho de esta historia subyace en la imagen de esa bonita princesa que tumbada en la cama acaricia su clitoris con el cuchillo...a mi ex le gustaba esto. Decia con voz de chuza total, asomando una caricaturesca sonrisa en su rostro. ¿Hablas en serio? Logré decir ante mi asombro. Claro, solo los niños y los borrachos dicen la verdad. 

You and me and the Devil makes three. El diablo hizo acto de presencia y permitió que en ese instante hubiera un trio en esa habitación. Ella se introdujo el cuchillo un poco más. Vamos, cógelo. Me animó. Metélo hasta donde tú desees. Sostuvo. 

Mefistófeles, Belial o Lucifer. Da igual el nombre que se le de al Ángel cuya rebeldía causó el descenso hacia los infiernos. En esa habitación, aquella lejana noche, se encontraba junto a nosotros procurando que todos cayéramos en una espiral de locura, hacia un profundo pozo lleno de los deseos y temores de las almas más inquietas. 

Mi mano se deslizó por su brazo hasta llegar a su sexo, tan húmedo que me hizo dudar. ¿Realmente esto es lo que desea? La fogosidad de su mirada mantuvo mi perplejidad. Metí un par de dedos haciéndome hueco, deslizando el cuchillo hacia un lado, sacándolo cuidadosamente y cogiedolo con la mano que quedaba libre. Lo dejé a mi lado, sobre la cama. Besé sus labios durante unos segundos y luego me refugié entre sus pechos. Escuché los latidos de su excitado corazón y temblé. Procuré que no lo notara abrazándome fuertemente a ella. Había derrotado al diablo. Nuevamente nos encontrábamos a solas y todo lo que pude decir fue un tímido te quiero. 

Tras unos minutos contemplando la escultura del Ángel Caído y viendo que el frisbee de unos patinadores cercanos pasaba más cerca de mi cabeza de lo que me hubiera gustado, fui caminando hacia el lago lentamente; aún con la imagen de aquel conmovedor abrazo guardado en las profundidades de mi alma y en cuyo insondable abismo liberé una batalla que nunca sería contada por la promesa de un innoble príncipe que faltó a su palabra, me senté en la hierba y observé el estanque. Los patos caían casi en vertical sobre el agua, los remos de las pequeñas barquitas se zambullían en el líquido elemento, el sol se despedía de aquel día bajando poco a poco sobre las copas de los frondosos árboles que movían graciosamente sus ramas. 
De pronto recordé el mensaje que un rato antes había importunado mi ensimismamiento sobre la figura de Lucifer en aquella fuente regada por el sol de un envidiable atardecer. 

Volviendo a mi venerado Poe, recuerdo vagamente uno de sus cuentos. A su Ángel Caído él lo llamó el demonio de la perversidad, un ser capaz de influir en las mentes. Un ente que entronca con el mío, se superpone e imbrica de tal manera que casi parecieran el mismo. Espíritus, ambos, que se divierten y juegan con las debilidades de los seres humanos tan solo por el mero hecho de demostrar su poderío ante las descuidadas y frágiles mentes de los mortales. 

El mensaje, por supuesto, era de ella. Y contrariamente a lo que se pudiera pensar, no es un truco para acabar de manera más elegante este tétrico y negro relato que se me ha ocurrido narrar esta otoñal noche de un Viernes 13. "Nunca más." Así empezaba ese mensaje, como nos repite una y otra vez el sombrío cuervo del poema de Edgar Allan Poe. Realmente ese mensaje, leído en la penumbra de ese momento tan especial del día en el que ni hay claridad ni oscuridad, decía eso. "Nunca más. Tú haces que mi locura se desarrolle, crezca y deambule dentro de mi ser. Me da miedo. Olvídate de mí."

Desde aquel día, cada vez que mi camino me lleva al parque del buen retiro de Madrid he de pasar frente a la fuente del Ángel Caído. No lo hago para recordar que una vez me enfrenté al mismísimo diablo y le derroté. No lo hago para vanagloria de mi propio ego sino por seguir los pasos que dictó ese encomiable escritor que visitó las oscuridades del alma mucho antes de que yo naciera. 
En Berenice él escribe..."Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas." 

"Decianme los amigos que encontraría algún alivio a mi dolor visitando la tumba de la amada." Allí, bajo la piedra que sustenta al alado ser, fue donde enterré el recuerdo de alguien que ya solo pertenece al mundo de lo sobrenatural, de las historias fantásticas. Al mundo inmaterial de las palabras soñadas, escritas y leídas. 





viernes, 6 de octubre de 2017

Capítulo 30: Nothing good happens in the 4am hour.

El despertador, con sus verdes dígitos iluminando tenuemente, marca las cuatro de la mañana. Cierro los ojos. Paso mi mano bajo la almohada. Siento la calidez de las sábanas y me sumerjo bajo ellas. Aislo de esta manera mi cuerpo y mis sentimientos; permitiendo  que cada sensación con sus pasiones y tristezas intrínsecas al ser humano y que por lo tanto, me hacen ser y padecer no se vean sorprendidos ante la guerra encubierta que asola las calles de un planeta hostil. Me recluyo así, creando alrededor de mi cama un lugar confortable y seguro; para bucear sin ser molestado, en un mundo onírico lleno de posibilidades. Impermeabilizando mi corazón de la maldad que, más allá de ese pedacito de paz que es el mullido colchón, campa a sus anchas.
Dejo que los sonidos de un piano se metan bajo mi piel. Las notas cargadas de una sensibilidad abrumadora permiten que una lágrima aparezca tímidamente tras las largas pestañas de unos ojos cerrados con fuerza y determinación. Causa y efecto de la sinfonía que de manera muy discreta envuelve aquel lugar al que llamo hogar. Esa redondeada gotita salada, la primera del gran batallón que se aproxima, resbala por la mejilla cayendo en aquella almohada que mi mano sujeta contra mi cara ahogando un pequeño murmullo que sale del fondo de mi alma...¿dónde estás?

Casi instantáneamente, como si la música de aquel piano hubiera creado un conjuro o sortilegio que de pronto se hizo hechizo al susurrar mi curiosa pregunta, me transporté a un lugar alejado de aquella cama que me incomunicaba del despiadado mundo. Con la mente contemplé lo que había a mi alrededor, con los ojos de mi alma la vi detenida bajo un gran árbol cuyas hojas amarilleaban. ¿Me acerco? Dudaba. Desde la distancia parecía una ninfa, un hada de un bosque encantado, una ensoñación a punto de esfumarse si alargaba la mano para acariciar su suave piel. Tenía miedo, ¿y si desaparecía al ir hacia ella? 

Tras unos instantes de indecisión, arrinconé el temor que atenazaba mi mente. No te asustes, logré decir. Solo quiero mirarte a los ojos.
Paso a paso me fui aproximando. Lentamente. Fue entonces cuando aquel mágico bosque me pareció inmensamente luminoso. En cualquier otro escenario, aquel lugar sería terroríficamente sobrecogedor. La noche era oscura al acostarme pero allí, en esa realidad paralela, la luna brillaba de tal manera que las ramas de los robles y hayas parecían cobrar vida creando una atmósfera de cuento de los hermanos Grimm. ¿Estarán Hansel y Gretel escondidos tras aquel robusto tronco? 

Escuché el aullido lejano de un lobo, enmascarado por el crujido de las ramas secas que bajo mis pies se partían en mil pedazos. El ulular de algún pájaro nocturno me dio la bienvenida. El siseo del viento colándose entre los árboles me saludaba con cortesía. Y la voz de aquel maravilloso espectro, de ese espíritu resplandeciente por la blanquecina luz de la luna llena, llegó hasta mis oídos trasportada por las notas musicales de ese piano que aún escuchaba. ¿Me das la mano? Sostuvo, con voz inocente y tierna. 

Sin poder desviar mis ojos de los suyos adelanté mi brazo, ofreciéndole mi mano. Ella sonrió levemente y tocó mis dedos con sus yemas, recorriendo toda su longitud con una delicadeza etérea. Sentí como su energía invadía mi cuerpo. El bello del brazo se me erizó. El corazón empezó a latir. La sangre fluyó. La respiración se hizo más intensa. Los nervios amagaron con aparecer, no obstante, su sonrisa logró tranquilizar a mi alma que por instantes empezaba a desvocarse como un caballo salvaje cabalgando sin atadura alguna. 
Durante un tiempo estuvimos de pie bajo ese gran roble. Uno frente al otro, mi mano con la palma hacia arriba y su mano acariciando la mía. El encantamiento de su mirada me impedía decir nada, su belleza me encomiaba a no estropear ese momento con alguna frase estúpida y fútil. 

Fue ella la que rompió un silencio lleno de sonidos de la noche, y con una suave entonación me preguntó, ¿quieres dar un paseo?
Me dejé llevar, hubiera seguido a ese hada hasta el mismisimo infierno si con eso conseguía mantener mi mano junto a la suya. Sin embargo no me condujo hacia el lugar donde reposan las almas perdidas, sino hacia una cabaña de madera oscura. Mi hogar, me susurró al oído. ¿Quieres entrar?

Asentí. Confiaba en aquella mirada; su embrujo era tal que era imposible negarme a contemplar el lugar de descanso de aquel maravilloso ente angelical. 
Dentro seguía escuchando el piano cuyas notas no permitían que esa ensoñación terminase. El repiqueteo de las teclas producían una armonía digna de escucharse con el alma y no simplemente con los oídos, era la banda sonora de aquel momento en el que yo la veía prepararme un chocolate caliente sentado a la mesa de su cocina llena de enseres antiguos que ni tan siquiera sabría nombrar.
Trajo dos tazas. Se sentó frente a mi y me señaló con un leve ademán el chocolate. Pruébalo, dijo. Obediente, pegué un pequeño sorbo. El calor que mi corazón sentía en esos momentos se trasladó a mi lengua...¡quema! Exclamé. 
Ella cogió entonces mi mano de nuevo, acercó su carita a la mía y me besó.

No hay mayor regalo en el mundo que un beso lleno de cariño, afecto y amor. Toda la fuerza, la vida y la energía de aquel hada entró dentro de mí por medio de aquella boca que dulcemente mordía mi labio inferior. Esa vitalidad llenó enteramente mi corazón, el cual vibró intensamente. 
El piano mecía nuestros sentimientos, los llevaba en volandas hacia las nubes para luego dejarlos caer libremente de nuevo hacia nuestros cuerpos en un viaje lleno de pasión. 
Mi mano no se separó de la suya, mis labios no dejaron de besar y mordisquear, y nuestras almas se fundieron en una sola cuando yacimos en el suelo de aquella cocina de una extraña cabaña perdida en medio del bosque.

Al despertar, el incansable reloj me decía que eran las ocho de la mañana. El móvil llamaba mi atención con una luz intermitente. Emails sin leer, notificaciones de varias aplicaciones y una canción pausada en mitad de la noche, que mientras me desperezaba volví a escuchar. 

El piano traía recuerdos de un sueño especial. Nexo de unión entre esos dos mundos, permitió que contemplase imágenes de una vida paralela a aquella en la que me encontraba. En ese singular camino, me despertaba junto a un hada que me daba los buenos días con un beso y un abrazo. 

Desde luego, mucha gente diría que nada bueno puede ocurrir a las cuatro de la mañana...excepto si te topas con la magia. 


miércoles, 20 de septiembre de 2017

Capítulo 29: Otoño.

Era otoño cuando, en una casa de una pequeña población alejada del bullicio de París, ella se puso de parto. Estaba allí ocultándose del mundo, llevada por el amor de su vida. Nadie podía saber que ambos estaban enamorados, nadie podía enterarse que el fruto de aquel amor asomaba, irreverente, la cabeza en ese lugar tan hostil, como era la Francia de un otoñal día de hace novecientos años. 

Era otoño también cuando se conocieron. Él quedó prendado de aquella chica tan distinta a las demás. En todo Occidente no había ninguna persona como ella. Héloïse le robó el corazón en el mismo instante en el que se vieron por primera vez. 

Las hojas de los centenares de árboles que poblaban aquel lugar caían lentamente mecidas por el suave viento de una templada mañana de principios de Octubre. El silencio tan solo era roto por el apenas perceptible crujido de mis pisadas al deambular por el inmenso cementerio de Père-Lachaise. Allí yacían para el resto de la eternidad personajes que influyeron de un modo u otro en la mentalidad de las gentes que, cómo ellos, descansaban en aquellos nichos bellamente decorados. Balzac, Chopin, Molière, Champollion, Delacroix, Doré, Méliès, Morrison, Piaf...
Pensando en lo efímero de la vida, mientras recorría el asfalto de aquel famoso camposanto me topé con un precioso mausoleo. Un monumento hecho en memoria de las dos personas que ocupaban, desde hacía algo más de doscientos años, aquellas tumbas. 
"...mon coeur ne vieillit point et je l'ai senti s'émouvoir au récit des malheurs d'Abélard et d'Héloïse..."
"...mi corazón no envejece en absoluto y lo he sentido emocionarse con el relato de las desventuras de Aberlardo y Eloisa..." Voltaire. 1774. 

Aquel Otoño de 1114, ella fue a París a estudiar bajo la protección de su tío. Eloisa era una chiquilla única, su portentosa inteligencia la distinguía del resto. Hace nueve siglos era tremendamente complicado ver a una mujer que dedicara su vida al estudio, por lo que llamó la atención de la sociedad parisina de la temprana Edad Media. 
El destino quiso que el tutor de Eloisa cobijara también bajo su amplio e influyente manto a un joven profesor, un escolástico llamado Abelardo. Éste al ver a la joven quiso por todos los medios cortejarla, y como no, se propuso hacerlo mediante una serie de cartas. Epístolas por las que conocemos la historia de este desdichado amor. 
La manera más sencilla que encontró Abelardo de enamorar a aquella dama fue la de proponer a Fulberto (el tutor y pariente de Eloisa) ser su profesor particular. La fama y sabiduría de aquel escolástico le precedía, por lo que no fue muy complicado convencer al protector padrino. 

Aquí ya he hablado de trovadores, minnesängers y demás locuelos que en aquellas épocas iban cantando, de plaza en plaza, sobre el amor. Bien, pues el joven Abelardo era uno de ellos, un avezado compositor y poeta que encandilaba a las mujeres de media Francia con sus palabras y versos. Aquellas melodías franquearon el inocente corazón de una Eloisa que prácticamente sucumbió bajo el influjo de aquel tipo que escribía por y para ella.
Tan devoto fue ese amor que ella terminó por ser una mera esclava de un deseo que no era tan puro como las letras de esos trovadores dejaban entrever. Sentía una pasión irrefrenable hacia él, un martirio contra el que lucharía toda su vida. 

Los días transcurrían entre paseos por los pasillos del claustro de Notre Dame y las clases de lógica y dialéctica, artes en las que Abelardo era muy ducho y por las que se ganó muchas enemistades en aquel París del siglo XII. Esas lecciones infundían más respeto y admiración a una ya enamorada Eloisa, y el corazón convenció a su ingeniosa mente. La pasión transgresora pasó a formar parte de ese triángulo equilatero del amor. Sin embargo, las aspiraciones de Abelardo no pasaban del simple cortejo a esa singular chica. Él sólo actuaba en su papel de galante, su predilección era la enseñanza y eso era incompatible con una vida junto a la bonita Eloisa.

El destino nos lleva, en ocasiones, por extraños caminos. Y el rumbo de Abelardo giró ciento ochenta grados al quedarse la joven pupila embarazada. Él la amaba, de eso no había duda. Por eso hizo algo fuera de la lógica común de nuestro siglo. En el otoño del año 1116 raptó al amor de su vida de los cuidados de su tío y protector, Fulberto, y la llevó a casa de su hermana lejos de los focos de París. Allí dio a luz a su hijo, al que poéticamente llamó Astrolabio. 
En estos momentos la historia se transfigura de inocentemente romántica a casqueria de película de serie B, y pasa a ser salvajemente truculenta. El profesor se presenta en París para pedir perdón ante una ciudad que clama por su bella Eloisa. Éste promete casarse con ella, y lo hacen en medio del secretísmo de una anónima capilla. No obstante y pese a los intentos de un Abelardo saturado por las dos vidas que debe llevar, claudica ante la idea de ser padre y convence a su querida esposa para que decida ingresar en un convento. 
Furioso, el tío decide vengarse de tamaña afrenta y una noche entra sigiloso en la alcoba del joven Abelardo y consigue castrarle, cortándole su viril miembro, humillándole e hiriendo de muerte su orgullo.

Pasó meses oculto, avergonzado y dolido, entre los monjes benedictinos hasta que le pidieron que volviera a la enseñanza. Esa época fue muy fructífera en cuanto a cartas se refiere. Él escribía prácticamente a diario a su mujer, que enclaustrada entre monjas se preguntaba qué le pasaba. ¿Por qué seguía sintiendo un deseo tan brutal hacia Abelardo? ¿Por qué ella no había sido castrada al igual que su marido? Al fin y al cabo, el pecado lo cometieron ambos.

La carrera de él se va moviendo, a partir de entonces, entre la enseñanza y la vida monástica. Incluso llega a construir una abadía de la cual se hace cargo su propia esposa, siendo una de las primeras mujeres en ostentar un cargo de tal embergadura en un mundo, el eclesiástico, repleto de hombres. Las misivas siguen enviándose de un lado y de otro, cartas en las que siguen confesándose amor eterno. Un amor que, desde que nació su primer y único vástago, ya no pudo consumarse jamás. 

Abelardo muere recluido en una abadía de la orden de Cluny, perseguido por la Iglesia de Roma que no veía con buenos ojos las impías enseñanzas de un hombre que tan solo creía que la razón debía imponerse a la fe. 
Tras su muerte, Eloisa logra mover algunos hilos y trae el cuerpo de Abelardo a la abadía que él fundó y de la cual es abadesa durante muchos años más. Tiempo en el que se convierte en una de las mujeres más sabias y veneradas de su época llegando incluso a aconsejar a reyes y príncipes sobre diversos temas. Algo más de veinte años más tarde de la muerte de su amado esposo, perece y su cuerpo es sepultado sobre el de su marido en señal de sumisión absoluta. Una admiración y devoción que jamás perdió pese a las vicisitudes de sus vidas. 

París se tornaba gris por momentos, un color y una luz especialmente románticos. Admiraba las siluetas que había talladas en las tumbas. Repasaba con los dedos los nombres en relieve de las dos personas que allí yacían desde hacía poco más de dos siglos, traídas desde una pequeña abadía del centro de una Francia muy distinta a la que yo me encontraba en esos instantes. Héloïse et Abelard. 

El otoño trae consigo historias llenas de sentimientos. Melodías tocadas en un inexistente piano. Cuadros llenos de besos enmascarados. Miradas furtivas tras libros llenos de palabras escritas por manos que desean acariciar. Respiraciones entrecortadas al observar unos ojos, unos labios, una nariz. Sueños con tintes dramáticos y dramas con pinceladas tiernas y delicadas. Deseos rebosantes de placeres inconfesables. Corazones henchidos de hormonas traviesas que confunden a la racional mente. Manos temblorosas que vislumbran la suavidad de un pecho tras el cual hay un latido colmado de amor. 
París, Roma, Nueva York, Shanghái, Delhi, San Petersburgo o Madrid. Es indiferente el lugar del planeta, el otoño es universalmente romántico mires el cielo que mires.
Por eso, quizá en un día de finales de Septiembre, cuando el verano da sus últimos estertores de vida, se entiende mucho mejor esa frase de otro gran personaje enterrado en ese famoso cementerio de Paris. "Solo el amor puede ayudar a vivir." Oscar Wilde. 




sábado, 16 de septiembre de 2017

Capítulo 28: Dreams.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Hoy os ahorraré leer unas cuantas.

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"Piensa, sueña, cree y atrévete." W. Disney.



"No duermas para descansar, duerme para soñar porque los sueños están para cumplirse." W. Disney.



"Muero por volar." Rubén Ferrán Vázquez.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Capítulo 27: Memory Call.

Does anybody remember laughter?

Pantalones vaqueros muy ajustados. Camiseta oscura igualmente ceñida. Música a tope mientras cepillo mi pelo rapado. Stairway to heaven rebotando en las paredes del baño. Llega el solo de guitarra y me quedo mirando el espejo. Al otro lado estoy yo. 

El tiempo se detiene unos instantes. Lo suficiente para quedarme a solas y recordar. 

Salgo del trance, y sonrio. Cojo el bote de colonia. Seven, de Loewe. Rocio levemente mi cuello y aspiro profundamente. 
Echo un último vistazo al reflejo que tras la bombilla del espejo me observa. Chico, no se puede hacer más. Digo, excusandome.

Sentado en aquella terraza muero por saber. Es algo que me mantiene inquieto, ¿qué le habrá pasado? 
- ¿Puedo hacerte una pregunta sin que te moleste? Tanteo, aún indeciso.
- Claro. Dime.
- ¿Por qué llevas tiritas en los pezones? 
Ella se rie haciéndome sentir un pelin bobo. 
- Porque no encontraba los cubre pezones.
- ¿Eh? Suelto sorprendido, imaginándome algo parecido a algún utensilio de tortura del medievo. 
- Esta tela, al rozarme, los irrita. Me explica ella, viendo que pongo cara de no entender. Hay unas cositas que se ponen en los pezones en estos casos, yo tenía un par pero no los encontré así que como solución improvisada opté por las tiritas. 
Quiero hacerme el listillo e inocentemente pregunto algo que a ella le parece una absoluta locura. 
- ¿Y por qué no un sujetador?
- Pero como voy a llevar un sujetador, Ru. ¡La camiseta va abierta en la espalda! 

El tiempo se detiene nuevamente, lo suficiente para quedarme a solas y recordar.  

El pantalón ajustado descansa en una cómoda. La camiseta ceñida cuelga cual equilibrista a su lado, sorteando las leyes de la gravedad. Estoy tumbado sobre una cama que no es la mia esperando a alguien a quien apenas conozco. 
Ella llega sonriente, la luz tenue de la lamparita que descansa en la mesilla repleta de pulseras llena mis ojos de reflejos que causan un efecto mágico en la entrada en escena de aquella voluptuosa y desconocida mujer. 
¿Dormimos? Pregunto, sospechando que ella no me ha traido hasta allí solo para eso. 
Vale, me engaña. Al apagar la luz se acerca a mi. Me besa en la mejilla. Buenas noches, Ru. 
Sería poco amable no responder a ese beso, pienso. Asi que actuo. Giro y me pongo de lado. Rozo sus labios con los mios suavemente. Sus manos, a su vez, se ponen en movimiento desencadenando el proceso como si fueran piezas de dominó cayendo una tras otra. Sutilmente desliza una de ellas hacia abajo.

El renqueante tiempo vuelve a detenerse. Lo suficiente para quedarme a solas y recordar. 

Sus pechos estan en mi boca. No puedo evitar reir. Perdona, digo al separarse de mi cuerpo y mirarme extrañada. Me he acordado de las tiritas. Besa mis sonrientes labios y baja con la boca lentamente. Muerde mi barbilla, uno de mis pezones, pequeño mordisco en la tripa...el tour acaba en mis huevos. Juega con ellos con la lengua. 

Al perezoso tiempo parece que hoy le cuesta arrancar. Se para lo suficiente para quedarne a solas y recordar. 

La polla está en su boca. Las manos sujetan su cabeza y la impulsan hacia mi provocando un pequeña arcada en ella. Lo siento, susurro. Parece no importarle, ahora es ella la que se la mete hasta lo más profundo de su garganta. Mis manos aprietan la sábana intentando evitar correrme, aún es pronto. Esto no ha hecho más que comenzar. 
Incrementa la velocidad de la felación. Aullo de placer como un lobo a la luna llena. 

El tiempo juega, se mofa de mi deteniendose lo justo para quedarme a solas y recordar.

He girado su cuerpo mientras me come la polla. Yo tambien quiero saborear. Está húmedo. Paso la lengua en toda su amplitud. Lentamente. Las manos sujetan sus piernas abiertas. A cámara lenta introduzco la lengua dentro de ese chorreante agujero. 
Ella ha pasado a utilizar sus manos. Con una aprieta las bolas, con la otra me pajea tan suavemente que apenas noto el movimiento. 
El placer es tan salvajemente intenso que sumerjo mi cara entera dentro de ella metiendo mi nariz donde antes había estado la lengua.
Muerdo al notar el semen eyectado hacia las nubes.  Ella se retuerce y convulsiona al ver el chorro blancuzco salir despedido. Cortos movimientos de pelvis, espasmos seguidos de un gemido ahogado por sus piernas que aprietan mi cara contra su cuerpo me dicen que ha llegado también al extasis definitivo.

El maldito tiempo vuelve a hacer de las suyas. Harto de tanto parón me quedo a solas y recuerdo. 

Ido. Totalmente. Ella cabalga sobre mi con ímpetu. Se cree un jodido vaquero en el salvaje oeste. Me agarro al cabecero de la cama e impulso mi cadera hacia arriba con la fuerza de un toro bravo intentado liberarse de su yugo. Empotro mi polla en ella, taladrando sus entrañas. Es tanta la potencia con la que nuestros cuerpos chocan que la polla sale del oscuro agujero y al subir no encuentra de nuevo el camino. 
Ella echa una mano ahí abajo, enseñando el sendero a mi ciega polla. Ni ella ni yo vemos cosa alguna en estos momentos. La liberación de endorfinas junto al tremendo esfuerzo mantienen en una inquietante oscuridad a mi cuerpo y mi alma. Ceguera absoluta. 

Ya se...el tiempo. Siempre él. Manejando todo el cotarro. Se detiene lo suficiente para quedarme a solas y recordar.

¡Qué cojones!  ¿ Aún hay más? Se ha levantado al servicio a refrescar la boca. La he seguido, yo también tengo sed. Después de beber ambos, nos besamos frente a la cama. Abrazo el sudoroso y resbaladizo cuerpo. Su pelo se enreda en mis manos mientras la llevo contra la puerta del armario. Sujeto sus brazos sobre la madera y aprieto la cadera contra ella. Gime, se revuelve, se suelta y da la vuelta mostrando que quiere que haga. Ru, métela de nuevo. No pares. No pares jamás.  Extiende las manos y arquea la espalda. No puedo negarme, seria de estúpidos. Cojo su cintura y observo su precioso culo. La penetro una y otra vez, gritando su nombre a un aire viciado por el sexo y el sudor. 

El tiempo ya no camina. Finalmente se ha detenido para siempre, permitiéndome quedarme a solas y recordar. 

Recordar algo que da miedo. Los implantes de memoria que hicieron furor en las películas de ciencia ficción de los años noventa ahora son una realidad. Científicos del MIT hicieron ciertos avances hace unos años en el ámbito de la neurociencia, concediendo la posibilidad tan extravagante como atractiva, de poder reescribir la memoria como si de un disco duro de un ordenador se tratara. 
Puedo elegir los recuerdos a la carta y que un neurólogo los introduzca en mi confuso cerebro. 
Los pantalones ajustados estan en el armario. La camiseta ceñida en el cajón de la cómoda. A mi lado un panfleto de una empresa llamada Memory Call. (¿plagio?) 
Estoy solo en la habitación, tumbado en mi cama y el tiempo...el tiempo camina veloz hacia un nuevo día.  

"...In a tree by the brook, there's a songbird who sings. Sometimes all our thoughts are misgiven..."







lunes, 11 de septiembre de 2017

Capítulo 26: Requiem.

Aquella gota de sudor bajó por la espalda con una parsimonia impropia del momento. Con calma, y tomando todo el tiempo que le fue necesario, desde que se creó cerca de los pliegues del cuello hasta que murió estampada en una sábana oscura, dejando su mortal huella en ella. 

Fue una batalla épica contra lo inevitable. Caía lentamente. Resbalaba a lo largo de la piel llena de marcas. Pareciera que se resistiese a sucumbir, y quizá por ello se aferraba a los poros de aquella húmeda espalda como buenamente pudo. Sin embargo, la caída agónica hacia el abismo era inapelable. 
La desesperación no hizo mella en su espíritu de supervivencia y llegando a la parte baja de aquel pequeño tobogán humano, hizo un leve quiebro al destino. Intentó esconderse entre aquellos dos montículos que formaban el culo. Procuró agazaparse entre las nalgas, ocultándose de mi vista como si nunca hubiera existido. Mas no pude resistirme, separé los dos cachetes de ese bonito trasero que frente a mi tenía, preguntándome si habría podido esconderse en alguna oscura cavidad. 
Quizá la gota sintió que me burlaba de su infortunio, que aquella afrenta que fue separar las dos cachas tan solo era por mofarme de tan cruel "vía crucis", la realidad fue otra muy distinta. Me veía inmerso en una caída hipnótica de una muerte anunciada, mi único deseo era acompañarla en sus instantes finales, asumiendo que no habría manera posible de engañar a la parca. Esa gota de sudor acabaría pereciendo, pero...¿y si los milagros existían? 

Por eso mis manos cogieron aquel culo, separándolo. Curioso bajé la mirada. Al principio no la ví. ¿Se habrá evaporado? Mis ojos no la distinguían en aquella penumbra. ¿Dónde estás, pequeña? No podía quedarme con la intriga de no saber que había ocurrido, saqué entonces a pasear mi lengua. Quizá el sentido del gusto tuviera más fortuna que el de la vista, pensé. Acaricié primero con la nariz, acercando mi piel poco a poco para no asustar a la luchadora gotita de sudor. Con los ojos cerrados, para concentrar todos mis sentidos en aquel acto, lamí aquellas nalgas buscando el distintivo sabor salado. 
Tras unos segundos de sublime placer sonreí, creyendo que la magia había hecho acto de presencia. No obstante al separar mi cara poco a poco y abrir los ojos, la ví. Temblorosa se deslizaba bordeando la cueva en la que se unían ambos cachetes de aquel bello culo. 
No creo que nadie pueda imaginarse el terrible pánico que sintió aquella gotita de sudor. Un terror que paralizaba todos sus sentidos. Estaba llamando a las puertas del cielo...o del infierno. 
Cada nanosegundo de su improrrogable existencia era un instante menos de vida, esa idea atenazaba su alma acuosa haciendo que se agitara y convulsionara de manera frenética. Su final era inminente tras sobrepasar la media luna del culo. 
En su inverosímil huida de lo irremediable se alargó cambiando su redondeada forma. Puede que incluso se dislocara algún hueso o los tendones se rompiesen por mil sitios a la vez, con esa transfiguración postrera. Aunque no creo que eso la matara, ni probablemente fuera el miedo que sintió al caer al vacío. El impacto con la sábana fue brutal. Inenarrable. 
Pasé mi dedo índice por aquel tétrico cerco, testimonio de su efímera vida. Descansa en paz, musité.

Tras unos segundos de un reflexivo silencio, en señal de respeto, volví mi inquieta mirada sobre aquella espalda; acariciando el sendero que había recorrido esa amiga reservada y valiente. Entonces gemí tan alto que aquel culo paró de pronto su movimiento cadente y sensual, pensando que había llegado a mi climax. Fue un sonido gutural que salió de las profundidades de mi alma, mezcla de dolor y placer. Tan intenso fue que todas las demás gotas de sudor que lo escucharon, lloraron la muerte de aquella que las había precedido y les invadió tal tristeza que se lanzaron al unísono a aquel vertiginoso vacío tras su compañera, creando una imagen dantesca en mis oscuras sábanas. 
Semen, sudor y lágrimas esparcidas por aquel esperpéntico cuadro, muy del estilo de Pieter Brueghel el viejo en su óleo repleto de una crueldad devastadora y un salvajismo inhumano que es "El triunfo de la muerte". Un campo de batalla desgarradoramente feroz. Extraño, caótico, turbio. Tremendamente peculiar. 

Requiem aeternam dona eis Domine. Et lux perpetua luceat eis. Requiescant in pace. 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Capítulo 25: Alice in Wonderland.

Los ojos intentaban escrutar más allá. Curiosos, se preguntaban qué habría al otro lado. ¿Sería la misma locura o la realidad estaría basada en algo muy distinto, quizá otro punto de vista? 
Mirada frente a mirada.
Levanté el brazo, la mano se posó en aquel rostro. Barba incipiente de un par de dias, labios gruesos, cara angulosa...acaricié sus pómulos. ¿Quién demonios eres? 

El espejo devolvía un reflejo. Una imagen de lo que el mundo observaba desde la lejana línea que se interponía entre mi alma y yo. 
Esa imagen especular causó en decenas de personas comentarios superfluos tales como...Tienes aspecto de tipo duro. De tío sin sentimientos, de persona "non grata". Tu mirada es intensa, me cohibe. Tus escrutadores ojos, ¿están juzgándome?
Alguna vez esos enigmáticos ojos, que ahora tenía frente a mi, jugaron a mi favor sin proponérmelo...Dios, deja de observarme así porque estoy a punto de correrme tan solo con esa mirada. Me excita, me pone nerviosa, me hace pensar en cosas oscuras. ¡Para ya!

No podía entender qué es lo que vieron esas personas. Los ojos que me miraban, aquellos que tras el espejo estudiaban los míos propios, eran fríos como el hielo. ¿Es esta la realidad en la que nos movemos o estamos en una dimensión diferente? 

El vapor del agua se condensaba poco a poco, la humedad iba en aumento. La visión se enturbió durante un instante. ¡El conejo!
Por un momento creí verlo corretear. Limpié el espejo rápidamente, buscando al veloz animalito. Entonces, queriendo imitar a Alicia, atrevesé aquella frontera delimitada por el cristal y, de un modo mágico y algo sobrenatural, fui a parar al otro lado. 

En aquella realidad no existía un cuerpo que pudiera reflejarse, ni unos ojos que juzgaran, ni tan siquiera un rostro al que acariciar. No había formas ni perfiles, y por lo tanto nada era tangible. En ese lugar solo había sentimientos. El conejo me había llevado al reino encantado de las almas.
Miles, millones de ellas, flotaban en una especie de mundo creado de plasma. Un éter apenas viscoso, muy volátil y ligero. 

Curioso cómo soy, empecé a buscar la mía. Pero, ¿cómo diferenciarla del resto? Me di cuenta de algo desesperante en esos momentos, no tenía ni idea de la manera de leer sentimientos. No sabía nada de aquellas ánimas que pululaban por el embriagador vacío de aquel mundo. Al rato, me cansé de preguntar a todos los espíritus invisibles y fantasmales con los que me topaba. ¿Eres tú la esencia que anida en mi? 

El gato de Chesire, ese sabio animal que guía los pasos de Alicia, no existía tras aquel espejo. Sin embargo no todo estaba perdido. Hablé con una estrella. Al ser de la misma materia que la que poblaba aquella dimensión, ese mundo estaba plagado de ellas. Una, tan brillante que por un momento cegó mi visión, intuyendo que andaba totalmente perdido acudió en mi ayuda. Muchacho, me dijo, ¿qué buscas por aquí? Necesito saber quién soy. Respondí tímidamente. Mi querido amigo, todas las almas que han existido y existirán, en este mundo se hayan. Por lo tanto aquí debe estar la tuya. Todas me parecen la misma cosa, el mismo ente. Sostuve, triste y desesperado. Primero debes recordar cómo eras, ya que si no logras invocar esa reminiscencia de tu propia luz interior encontrarte será imposible.

El brillo de la estrella se fue apagando lentamente mientras me alejaba de allí pensando en sus palabras. Tenía que hacer memoria, necesitaba concentrarme en ello. Tan abstraído estuve en esos momentos que no lo vi llegar. Un planeta gaseoso, el más grande que jamás humano alguno hubiera visto, (al menos eso me pareció) chocó conmigo en mi sosegado deambular. ¿Cómo un ente sin cuerpo y un planeta gaseoso pueden chocar en un lugar en el que lo material no existe? Os preguntaréis muchos en este preciso instante. Pues la verdad, para ser sinceros, no me lo explico yo tampoco. Sin embargo hay que poner énfasis en algo importante. Estamos en otro mundo muy distinto al que os encontráis vosotros, en una dimensión diferente y por tanto, las leyes de la física convencionales, esas que se enseñan en todos los colegios, institutos y universidades, aquí no sirven de nada.
 
¡Ups! Perdone señor planeta; no le había visto, absorto en mis pensamientos como estaba. ¿Y qué reflexiones tan profundas tenían ocupada tu mente para no ver a este loco y enorme planeta? Intentaba recordar algo, ¿por qué dice que es usted un loco? Bueno, así me llaman por aquí ya que nadie ha logrado averiguar qué órbita es la que sigo. Estoy tan loco que mi movimiento no imita patrón alguno. Bien, bien. Dije sin prestar demasiada atención a ese planeta un tanto tarado. Sabes muchacho, cuando yo deseo acordarme del camino errante que he recorrido en mi pausado devenir tan solo miro hacia atrás y observo la estela que voy dejando. Asi se de donde provengo, aunque mi locura me impida conocer hacía que lugar me dirijo. 
No entendía nada de lo que decía ese endiablado planeta. Bueno señor, no le interrumpo más. Me apartaré para que prosiga su errático camino. Muy bien muchacho, observa tu huella, el rastro que vas dejando. Eso será lo más adecuado para resolver tu dilema. 

Estaba cansado de pensar. Mis neuronas no daban para más ¿En este mundo no había algo parecido al Candy crush para dejar libre la mente un ratito? ¡Mecachis en la mar! 

Fluía en aquel plasma. Me dejaba llevar por las corrientes de otras almas que a su vez eran arrastradas por algunas más. Ese océano invisible y vacío de todo ente material y físico envolvió cuanto yo era en aquel instante. ¡Eso es! Dije de pronto, exclamando tan alto como pude al modo de Arquímedes gritando su famoso eureka. 
Mirando mi pasado sabré quién soy o quien deseo ser. Buscaré en mi álbum de fotos, sostuve chasqueando mis intangibles dedos, o mejor aún...miraré en la nube que justo pasa por encima y que llega en mi auxilio, llena de recuerdos. 
¡Qué razón tenía aquel que dijo que la solución siempre llama a tu puerta en el momento en el que dejas de buscarla!
La nube estaba repleta de información, entre sus pliegues algodonosos y etéreos se escondía todo lo que deseaba saber. Durante muchos amaneceres y atardeceres de ese extraño mundo me dediqué a estudiar cada dato, cada referencia, cada reseña y apunte de quién era yo. 
Y entonces, en una de esas puestas de sol sin nungun astro que se le pareciese, vi pasar mi alma. Por fin lograba dar con ella. Allí estaba, frente a mi. Dispuesta a entablar una conversación con mi cansada mente. 

- Te he estado buscando tanto tiempo que me parece increíble que estés frente a mi, dije observando su inmaterial forma. 
- Pues aquí me tienes. ¿Qué haremos ahora? Preguntó mi alma. 
- Unirnos, ¿no? Contesté dubitativo. 
- Pero, ¿dónde iremos? ¿Cruzaremos de nuevo el espejo ahora que me has encontrado?
- No, creo que tengo una idea mejor. Sostuve, sonriendo. 
- ¿Cuál? Me interrogó con curiosidad. 
- Vayamos hacia la segunda estrella a la derecha y todo recto hacia el amanecer.
- ¿A Neverland?
- Eso es, mi querida alma. Al país de nunca jamás. 


Al otro lado del espejo.