La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

miércoles, 23 de abril de 2014

La camisa de Abercrombie

Cierto día de hace un par de años tenía en mis manos una camisa, y una importante duda me inquietaba de tal forma que no había manera de salir de ese atolladero. ¿Me la compro? Indeciso, la dejé de nuevo en el estante posando mi mirada en una camiseta que había al lado.
Me encontraba entre los pasillos del Abercrombie & Fitch del centro comercial del hotel Caesar Palace, en Las Vegas. Cuando llegamos a la tienda llevaba ya un rato dando vueltas mirando escaparates, admirando la belleza de ese mundo irreal, llamado The Forum Shops, cubierto por un cielo azul de pega que escondía al aunténtico, mucho más luminoso y de un azul más....azul y cálido.
Seguramente mi asombro tuviera cierta mirada nostálgica y triste. Es probable que caminara con algo de desgana por los pasillos del centro comercial, suspirando de vez en cuando y apretando fuerte la mano de quien dejaba que me guiara por aquel laberinto lleno de bonitos escaparates. Ese día era uno de los últimos que pasaría de vacaciones y quizá esa fuera la última compra que haría ese verano.
Sin embargo esa melancolía se mantuvo fuera de las puertas de la tienda. ¿Por qué me gustaba tanto ese lugar? El ambiente oscuro, la música bien alta, gente por todos lados, chicas guapas doblando ropa. No se, es un cúmulo de pequeñas cosas que hacen que probablemente sea la tienda en la que pasaría algo más de 20 minutos sin cansarme. 
Pues bien, yo seguía dando tumbos entre salita y salita de la tienda sin saber muy bien que comprarme en esa ocasión. Y de nuevo volví a por la camisa, la desdoblé para verla mejor. ¿La pillo? Pregunté a mi acompañante. Ella asintió con la cabeza, y pronunció unas palabras para convencerme. Llevas mucho tiempo queriendo comprarla, hazlo. ¡Llévatela!
Y era cierto, esa camisa la había visto cuatro o cinco años antes por primera vez. Me enamoré de ella a primera vista. 
Una bonita tarde de Agosto paseando por el centro de Santa Monica me entró frio. Se había levantado algo de viento y tan sólo llevaba una camiseta en lo que debía ser un día caluroso de playa. Pero no fue así, hacia una rasca importante pero no quería volverme aún a Los Angeles así que cuando andando por la avenida peatonal me topé con una tienda de Abercrombie no me lo pensé dos veces y entré a mirar alguna cosa que me abrigara. Nada más traspasar la puerta, un chico con una enorme sonrisa nos saludó. Hi, how are you doing? Yo respondí con otra sonrisa y un tímido hi. Fue entonces cuando tuvo lugar el flechazo. No, no soy gay. Ese sentimiento no era causado por la mirada de ese tio de cuerpo escultural. Fue algo realmente extraño, ese chico llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa de cuadros. Era roja de pequeños cuadritos azules y manga larga que llevaba recogida a la altura casi del codo. Es muy raro en mi, pero en ese preciso instante tuve la imperiosa necesidad de tener esa camisa. La quería, deseaba ponérmela. ¿Por qué esa camisa? Me he preguntado en varias ocasiones. Hay muchas de ese estilo, con cuadros de distintos colores y tamaños. Y sin embargo era esa la que ansiaba tener, no cualquier otra. Aquel día busqué ese modelo, miré las tallas. Cogí la S pero no me la probé. Quizá hacia demasiado frío para comprármela en esa ocasión en la que necesitaba algo que abrigara un poquito más, me dije devolviéndola a la percha y colgándola de nuevo. Entonces, volviendo a lo que me había llevado a la tienda en un primer momento, fui a la sección de sudaderas y vi una que me gustó de color beige, y sin dudarlo ni un instante pagué y al salir de la tienda le quité la etiqueta y me la puse. Ahora ya no sentía el frío viento en mi cuerpo, pero durante unos minutos no pensé en eso. En mi cabeza rondaba una idea, reservar 79$ para comprar esa camisa cuando viera otra tienda de Abercrombie & Fitch.
Pero la vida a veces es muy curiosa, y pese a que después de Santa Monica estuve en bastantes ciudades en las que había un A&F y siempre me dejaba caer por allí, nunca compré esa camisa. Así llegué a ese instante de hace casi dos años en el que en medio del barullo de la tienda de Las Vegas, llena de gente, me debatía entre dos opciones. ¿La compro o no? Ese dilema existencial que venía persiguiéndome desde hacía tanto tiempo quedó resuelto como despacho casi todas mis dudas, dejándolo para más tarde. Bueno, dije, si al final no me compro nada en el outlet cuando vaya, me pillo la camisa el último día. 
Ayer pensé en ello de pronto. Sentí curiosidad por saber cual era el motivo de no haber comprado nunca esa camisa y me he dado cuenta de que hago algo muy similar con las mujeres. 
He conocido a algunas personas interesantes en el último año pero en especial me he encontrado a tres o cuatro chicas con las que me entiendo bien, personas muy agradables por las que sin duda me preocupo y siento algo así como cariño. Bien, diréis, ¿y cuál es el problema? Pues que jamás las he visto en persona aunque ellas me han dejado claro que quieren verme y abrazarme como hacen los amigos de verdad. Alguna vez me dicen que no lo entienden, incluso me preguntan si es que no tengo interés en que seamos amigos. Y nunca supe explicárselo a ninguna de ellas de una forma satisfactoria. Tan sólo, después de divagar por los distintos motivos que se me ocurrían, podía decir...yo soy así. 
Pienso en esa camisa que siempre dejé colgada en la tienda, que ni tan siquiera me probé una sola vez y me pregunto, ¿es posible que en el fondo tenga miedo de tenerla en mi armario?¿será que creo que a mi jamás me quedará igual que al maniquí o al tío de la tienda de Santa Monica?¿quizá prefiero que se quede en la tienda y soñar?
Es inevitable extrapolar, y meditando sobre todo esto cuestionarme algo. ¿Antepongo los sueños a la realidad?¿Escojo el camino más sencillo en vez de enfrentarme al mundo tangible y real?
El recuerdo de esa camisa roja de cuadritos azules me ha entristecido un poco, pero los pensamientos se desvanecerán con el tiempo para formar parte del aire que nos rodea y seguiré siendo un niño soñador que un día se enamoró de algo que tenía un miedo terrible de poseer. 
Por eso escribo la entrada de hoy, para recordarme cuando lea estas palabras que la vida no sólo es cerrar los ojos e imaginar que soy un pirata, o soñar que una preciosa chica me vendrá a buscar, me cogerá del brazo y me dirá, ¡eh tu! Si tu, el estúpido que sólo sueña. ¡Ven aquí y bésame!
No, creo que eso no sucederá nunca y supongo que en algún momento tendré que enfrentarme a mis miedos y mis deseos y entrar en Abercrombie, comprar esa maldita camisa y ponérmela para ir a cenar con una de esas amigas a las que tanto aprecio. 
Quizá mañana.

jueves, 10 de abril de 2014

El teniente Kolesnikov.

Mar de Barents, 12 de Agosto del año 2000. El comandante Gennady Lyachin contempla las pantallas en la sala de control con gesto adusto, serio. Sin duda esta feliz y orgulloso de capitanear el submarino nuclear de ataque más poderoso de toda la flota del país pero no es momento de andarse con frivolidades, a sus 54 años está en el momento culmen de su carrera militar. Sin embargo, los acontecimientos de aquel día tomarán un rumbo insospechado para él. Aún no tiene conciencia de ello, pero el comandante Lyachin se encuentra a tan sólo unos minutos de morir junto a 118 compatriotas rusos.
A pocos metros bajo la superficie, unos 20, la tripulación del Kursk espera con impaciencia. El día anterior habían tenido un enorme éxito, su misión era la de lanzar un misil tipo Granit sin ojiva nuclear. Pruebas, tan sólo eso según reza el informe oficial. Sin embargo, esa mañana era el día en el que el submarino de la clase Oscar II, debía enseñar al mundo entero que todavía seguían siendo una potencia naval temible. Para ello, ese sábado tenían previsto lanzar un torpedo capaz de alcanzar los 500 km/h, algo totalmente fuera del alcance de cualquier país europeo o americano. Lyachin, con calma, saboreando el momento, se acerca a su primer oficial y le ordena que armen el torpedo. Éste coge el teléfono que le comunica con la proa del submarino. Allí otro oficial contesta, todo listo. El primer oficial mira al comandante, Lyachin entonces gira la cabeza y observa el objetivo a través del monitor lleno de verdes y negros. Y con una tremenda energía grita....¡Láncenlo!
Las 11:28 comprueba el comandante en el enorme reloj que cuelga encima de la pantalla del sónar, las manecillas avanzan lentamente, los segundos se hacen eternos. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. El silencio allí es abrumador, y de pronto algo sucede. Una pequeña explosión que hace tambalear a todo el mundo. Cada uno se sujeta donde puede, ¿qué demonios ha ocurrido? Se preguntan todos. Lyachin interroga con la mirada a sus oficiales, nadie sabe a ciencia cierta que ha pasado. Alguien se comunica con el comandante desde algún punto indefinido del submarino de 155 metros. Sin embargo no hay tiempo para la reacción, a los dos minutos una nueva explosión, esta vez mucho mayor que la anterior abre un boquete enorme en la cámara uno y dos del submarino. La proa empieza a llenarse de agua, pero las compuertas estancas del reactor nuclear situado más a popa salen intactas salvando al mundo de un desastre de dimensiones impredecibles. Al sentir esta segunda sacudida algunos hombres huyen hacia los compartimentos posteriores corriendo lo más rápido posible hacia popa. Los pocos que estaban en los compartimentos siete, y ocho se refugian en el nueve cerrando la compuerta tras de si. El resto de la tripulación ha muerto.
Mar de Barents, 12 de Agosto del año 2000. En la superficie el Almirante de la flota norte Vyacheslav Popov a bordo del buque "Pedro el grande" espera con semblante triunfal en la cubierta, se acerca la hora de probar los temibles Shkvall, los novisimos torpedos de supercavitación. Capaces de superar en velocidad a cualquiera de los torpedos del resto de potencias navales, son el orgullo de Rusia. Y éstos pretenden vender esa tecnología a China. De hecho, varios delegados y militares de ese país se encuentran allí, observando lo que el alto mando ruso había denominado como el principio del resurgimiento de la nación. La supremacía en el ámbito naval era un buen comienzo. 
Un recién elegido Vladimir Putin había heredado una Rusia decadente, el gobierno de Yeltsin había estado lleno de corruptos que se habían llevado el dinero a espuertas dejando un país obsoleto y viejo. Putin quería revertir esa caída en picado y lo primero de todo era mostrar al mundo entero que ellos seguían ahí, para ello organizó unas maniobras en las que juntaría a la mayor parte de sus buques estrella para realizar unos ejercicios de simulación. Es posible que se escuchara a Putin decir, en una de esas reuniones después de ser elegido Presidente....¡Demostremos a esos jodidos yanquis que deben andarse con cuidado, el mundo no es suyo! 
Sin embargo, en esa pequeña parte del Océano Ártico había mucho movimiento esos días. Y desde luego sería un iluso cualquiera que pensara que sólo los rusos campaban a sus anchas por allí. Para empezar, al ser las maniobras tan cerca de la frontera de Noruega, estos mandaron un par de barcos espía, por si las moscas debieron pensar. Los ingleses estaban también "a la escucha". La OTAN tampoco perdía ripio de lo que acontecía. Pero los que de ninguna manera iban a faltar a una fiesta de este tipo eran los americanos. 
Esa mañana de sábado el USS Memphis y el USS Toledo, dos submarinos nucleares de la clase Los Angeles, seguían a cierta distancia al Kursk. Algunos, incluso, podrían decir que le marcaban muy de cerca, tanto que a las 11:28 el Toledo se estampa con el Kursk. ¿Un fallo del sónar o algo premeditado? El caso es que ese choque hace que todo se precipite hacia una posible Tercera Guerra Mundial. El kursk ha sido atacado, y el comandante Lyachin quiere responder con furia. Desea cambiar el rumbo previsto del torpedo Shkvall hacia el USS Toledo, pero algo sucede antes de que pueda ser disparado. El submarino que esta más alejado de todo el altercado, el Memphis necesita distraer al Kursk de alguna forma para que el Toledo pueda huir. Un par de minutos después de la colisión, un torpedo Mark 48 surca el Mar de Barents en dirección a los rusos haciendo impacto en la parte de proa y abriendo un agujero enorme en el doble casco. 
Popov, el Almirante a bordo del "Pedro el grande", al enterarse de la desaparición del Kursk de sus ecos del sónar vuela en helicóptero hasta la base de Murmansk. Llegan horas de incertidumbre, momentos en los que hay que ser cuidadosos o algo terrible podría desencadenarse. Días de mentiras a la opinión pública, de ocultación de hechos. ¿El Memphis en un dique seco?¿El Toledo oculto?¿Boyas de localización americanas?¿Los rusos no encuentran al Kursk hundido a tan sólo 100 metros de la superficie?¿No pueden abrir las escotillas por falta de medios?
Putin, de vacaciones en Sochi, hace varias llamadas a Clinton. Empiezan las negociaciones. Mientras tanto, los familiares de los que yacen ahí abajo están a oscuras en todo este tema. Incluso no saben si sus hijos o maridos han embarcado o no ya que un submarino nuclear tiene dos tripulaciones. ¿Quién estaba de guardia? Se preguntan entre lloros y ataques incontrolados de histeria.
Al principio los rusos cuentan lo que creen que ha pasado, el incomprensible ataque americano. No obstante todo es un juego para ellos, un tira y afloja en busca de dinero. Varias llamadas después y unos cuantos días más tarde el mando ruso cambia el argumento. La versión oficial habla de un accidente causado por agua oxigenada. Si, tan simple como eso. El torpedo va alimentado por Peróxido de Hidrógeno, un compuesto altamente peligroso que reacciona con el metal. Una pequeña parte se ha infiltrado por la carcasa del torpedo y ha provocado la primera explosión, luego una reacción en cadena causa, dos minutos más tarde, el segundo estallido. Los americanos sabían de este peligro, ellos ya tuvieron los mismos problemas en la década de los 50. Clinton y sus consejeros les sirvieron en bandeja a Putin y sus ministros la excusa perfecta. Días más tarde Estados Unidos canceló parte de la deuda que Rusia tenía para con ellos, un montón de pasta. Y les fueron concedidas más ayudas y préstamos. Más pasta aún. Una solución perfecta para todos, ¿o quizá no?
Mar de Barents, 12 de Agosto del año 2000. En el compartimento número siete el teniente Dmitri Kolesnikov, oficial a cargo de la sala de turbinas, mira las parpadeantes luces de los diversos cuadros de instrumentación que le rodean. Concentrado, observa cada señal que se enciende en la consola. Escucha a sus hombres de confianza diciendo que todo se desarrolla con normalidad, según lo previsto. De pronto siente un temblor bajo sus pies, se sujeta al pasamanos que hay en la pared metálica que se encuentra a su derecha y empieza a observar como varias luces rojas y anaranjadas aparecen en el panel. Algunos estridentes pitidos se van adueñando de la sala poco a poco. Decidido a averiguar que pasa coge el teléfono y llama a la sala de lanzamiento de torpedos. Mira la hora de soslayo, las 11:28, ¿pero qué diablos ha ocurrido? Dmitri ve pasar a un hombre corriendo, es el encargado de las llaves. Los protocolos son claros, ante una amenaza de cualquier índole ese tipo debe ir a la caja de seguridad donde se guardan los códigos para lanzar los misiles con ojivas nucleares, esos que los propios rusos negaron que llevaran a bordo. Kolesnikov no escucha nada al otro lado del auricular y empieza a evaluar los daños. Instantes después una sacudida tremenda que le tira al suelo le hace comprender algo, la cosa pinta mal. Alguien entonces detiene los reactores nucleares, sin ellos no hay suministro de energía y las luces se apagan. Automáticamente las de emergencia se encienden pero las baterías no durarán mucho. Hay que decidir que hacer y grita a sus hombres, ¡vamos, al nueve todos! Corren hacia popa, en el último compartimento hay una escotilla de emergencia. Quizá la puedan abrir desde el otro lado y salvarles. Es su única oportunidad de salir con vida de ese trance. Llegan allí justo al mismo tiempo que el Kursk se posa en el lecho del Mar de Barents, a 108 metros de profundidad. Cierran la compuerta y empiezan a golpear las paredes y a gritar tanto como pueden. Minutos de angustia y locura dejan paso a un decaimiento total cuando los generadores de emergencia dejan de funcionar y las pocas luces que había se apagan. La oscuridad, ahora, es total ahí abajo. 
Dmitri comienza a pensar entonces en su mujer. Cuatro meses antes se había casado con la que había sido su novia de toda la vida. Poco antes de partir, éste le había escrito una pequeña nota vaticinando una posible catástrofe. “Cuando llegue la hora de morir, pese a que intento no pensar en ello, querría haber tenido tiempo para decirte....querida, te amo”. Entonces se le ocurre una idea algo estúpida en ese instante pero que le mantendrá ocupada la mente durante algún tiempo, escribir una carta a su amada esposa. ¡Quería decirla tantas cosas! Entre palabra y palabra, escrita en la terrible oscuridad, habla con los que están allí encerrados y les comenta que esta escribiendo una nota. Les pide que digan sus nombres en alto para apuntarlos y quede constancia de su historia. 
Pasan las horas y nada sucede. Se están volviendo locos, hacinados allí sin apenas espacio empiezan a pensar en el posible final. Quedaría oxígeno para un par de días más, quizá tres con suerte. Pero el principal problema no era ese, en algún lado existía una grieta que dejaba pasar agua al compartimento 9. 
Alguien, en el segundo o tercer día de reclusión, de pronto escucha un murmullo suave. El fantasmal silencio que impera en el interior se ve roto por el lejano sonido de un motor. ¿Un pequeño submarino de rescate? Notan que están manipulando la escotilla. ¡Les van a sacar de allí! Entonces todo el mundo empieza a golpear el fuselaje del submarino. Lanzan proclamas patrióticas y tararean el himno de Rusia. Minutos más tarde dejan de escuchar a los que estaban al otro lado de ese maldito sarcófago de hierro en el que se había convertido el Kursk ¿Pero por qué cojones no nos sacan ya? ¡¡Estamos vivos!! 
Kolesnikov se da cuenta, a las pocas horas de este hecho, que no saldrán con vida de ahí dentro y escribe una segunda carta explicando todo lo sucedido desde las 11:28 del 12 de Agosto. Esta segunda misiva tiene fecha del 15 de ese mes, tres días después del incidente. 
Tan sólo han salido a la luz algunos fragmentos de las cartas, el resto es secreto de estado.
“13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo se trasladaron al noveno. Aquí nos encontramos 23 personas. Tomamos esta decisión como resultado de la avería. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie.
13.50. Escribo a ciegas...”