La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Capítulo 29: Otoño.

Era otoño cuando, en una casa de una pequeña población alejada del bullicio de París, ella se puso de parto. Estaba allí ocultándose del mundo, llevada por el amor de su vida. Nadie podía saber que ambos estaban enamorados, nadie podía enterarse que el fruto de aquel amor asomaba, irreverente, la cabeza en ese lugar tan hostil, como era la Francia de un otoñal día de hace novecientos años. 

Era otoño también cuando se conocieron. Él quedó prendado de aquella chica tan distinta a las demás. En todo Occidente no había ninguna persona como ella. Héloïse le robó el corazón en el mismo instante en el que se vieron por primera vez. 

Las hojas de los centenares de árboles que poblaban aquel lugar caían lentamente mecidas por el suave viento de una templada mañana de principios de Octubre. El silencio tan solo era roto por el apenas perceptible crujido de mis pisadas al deambular por el inmenso cementerio de Père-Lachaise. Allí yacían para el resto de la eternidad personajes que influyeron de un modo u otro en la mentalidad de las gentes que, cómo ellos, descansaban en aquellos nichos bellamente decorados. Balzac, Chopin, Molière, Champollion, Delacroix, Doré, Méliès, Morrison, Piaf...
Pensando en lo efímero de la vida, mientras recorría el asfalto de aquel famoso camposanto me topé con un precioso mausoleo. Un monumento hecho en memoria de las dos personas que ocupaban, desde hacía algo más de doscientos años, aquellas tumbas. 
"...mon coeur ne vieillit point et je l'ai senti s'émouvoir au récit des malheurs d'Abélard et d'Héloïse..."
"...mi corazón no envejece en absoluto y lo he sentido emocionarse con el relato de las desventuras de Aberlardo y Eloisa..." Voltaire. 1774. 

Aquel Otoño de 1114, ella fue a París a estudiar bajo la protección de su tío. Eloisa era una chiquilla única, su portentosa inteligencia la distinguía del resto. Hace nueve siglos era tremendamente complicado ver a una mujer que dedicara su vida al estudio, por lo que llamó la atención de la sociedad parisina de la temprana Edad Media. 
El destino quiso que el tutor de Eloisa cobijara también bajo su amplio e influyente manto a un joven profesor, un escolástico llamado Abelardo. Éste al ver a la joven quiso por todos los medios cortejarla, y como no, se propuso hacerlo mediante una serie de cartas. Epístolas por las que conocemos la historia de este desdichado amor. 
La manera más sencilla que encontró Abelardo de enamorar a aquella dama fue la de proponer a Fulberto (el tutor y pariente de Eloisa) ser su profesor particular. La fama y sabiduría de aquel escolástico le precedía, por lo que no fue muy complicado convencer al protector padrino. 

Aquí ya he hablado de trovadores, minnesängers y demás locuelos que en aquellas épocas iban cantando, de plaza en plaza, sobre el amor. Bien, pues el joven Abelardo era uno de ellos, un avezado compositor y poeta que encandilaba a las mujeres de media Francia con sus palabras y versos. Aquellas melodías franquearon el inocente corazón de una Eloisa que prácticamente sucumbió bajo el influjo de aquel tipo que escribía por y para ella.
Tan devoto fue ese amor que ella terminó por ser una mera esclava de un deseo que no era tan puro como las letras de esos trovadores dejaban entrever. Sentía una pasión irrefrenable hacia él, un martirio contra el que lucharía toda su vida. 

Los días transcurrían entre paseos por los pasillos del claustro de Notre Dame y las clases de lógica y dialéctica, artes en las que Abelardo era muy ducho y por las que se ganó muchas enemistades en aquel París del siglo XII. Esas lecciones infundían más respeto y admiración a una ya enamorada Eloisa, y el corazón convenció a su ingeniosa mente. La pasión transgresora pasó a formar parte de ese triángulo equilatero del amor. Sin embargo, las aspiraciones de Abelardo no pasaban del simple cortejo a esa singular chica. Él sólo actuaba en su papel de galante, su predilección era la enseñanza y eso era incompatible con una vida junto a la bonita Eloisa.

El destino nos lleva, en ocasiones, por extraños caminos. Y el rumbo de Abelardo giró ciento ochenta grados al quedarse la joven pupila embarazada. Él la amaba, de eso no había duda. Por eso hizo algo fuera de la lógica común de nuestro siglo. En el otoño del año 1116 raptó al amor de su vida de los cuidados de su tío y protector, Fulberto, y la llevó a casa de su hermana lejos de los focos de París. Allí dio a luz a su hijo, al que poéticamente llamó Astrolabio. 
En estos momentos la historia se transfigura de inocentemente romántica a casqueria de película de serie B, y pasa a ser salvajemente truculenta. El profesor se presenta en París para pedir perdón ante una ciudad que clama por su bella Eloisa. Éste promete casarse con ella, y lo hacen en medio del secretísmo de una anónima capilla. No obstante y pese a los intentos de un Abelardo saturado por las dos vidas que debe llevar, claudica ante la idea de ser padre y convence a su querida esposa para que decida ingresar en un convento. 
Furioso, el tío decide vengarse de tamaña afrenta y una noche entra sigiloso en la alcoba del joven Abelardo y consigue castrarle, cortándole su viril miembro, humillándole e hiriendo de muerte su orgullo.

Pasó meses oculto, avergonzado y dolido, entre los monjes benedictinos hasta que le pidieron que volviera a la enseñanza. Esa época fue muy fructífera en cuanto a cartas se refiere. Él escribía prácticamente a diario a su mujer, que enclaustrada entre monjas se preguntaba qué le pasaba. ¿Por qué seguía sintiendo un deseo tan brutal hacia Abelardo? ¿Por qué ella no había sido castrada al igual que su marido? Al fin y al cabo, el pecado lo cometieron ambos.

La carrera de él se va moviendo, a partir de entonces, entre la enseñanza y la vida monástica. Incluso llega a construir una abadía de la cual se hace cargo su propia esposa, siendo una de las primeras mujeres en ostentar un cargo de tal embergadura en un mundo, el eclesiástico, repleto de hombres. Las misivas siguen enviándose de un lado y de otro, cartas en las que siguen confesándose amor eterno. Un amor que, desde que nació su primer y único vástago, ya no pudo consumarse jamás. 

Abelardo muere recluido en una abadía de la orden de Cluny, perseguido por la Iglesia de Roma que no veía con buenos ojos las impías enseñanzas de un hombre que tan solo creía que la razón debía imponerse a la fe. 
Tras su muerte, Eloisa logra mover algunos hilos y trae el cuerpo de Abelardo a la abadía que él fundó y de la cual es abadesa durante muchos años más. Tiempo en el que se convierte en una de las mujeres más sabias y veneradas de su época llegando incluso a aconsejar a reyes y príncipes sobre diversos temas. Algo más de veinte años más tarde de la muerte de su amado esposo, perece y su cuerpo es sepultado sobre el de su marido en señal de sumisión absoluta. Una admiración y devoción que jamás perdió pese a las vicisitudes de sus vidas. 

París se tornaba gris por momentos, un color y una luz especialmente románticos. Admiraba las siluetas que había talladas en las tumbas. Repasaba con los dedos los nombres en relieve de las dos personas que allí yacían desde hacía poco más de dos siglos, traídas desde una pequeña abadía del centro de una Francia muy distinta a la que yo me encontraba en esos instantes. Héloïse et Abelard. 

El otoño trae consigo historias llenas de sentimientos. Melodías tocadas en un inexistente piano. Cuadros llenos de besos enmascarados. Miradas furtivas tras libros llenos de palabras escritas por manos que desean acariciar. Respiraciones entrecortadas al observar unos ojos, unos labios, una nariz. Sueños con tintes dramáticos y dramas con pinceladas tiernas y delicadas. Deseos rebosantes de placeres inconfesables. Corazones henchidos de hormonas traviesas que confunden a la racional mente. Manos temblorosas que vislumbran la suavidad de un pecho tras el cual hay un latido colmado de amor. 
París, Roma, Nueva York, Shanghái, Delhi, San Petersburgo o Madrid. Es indiferente el lugar del planeta, el otoño es universalmente romántico mires el cielo que mires.
Por eso, quizá en un día de finales de Septiembre, cuando el verano da sus últimos estertores de vida, se entiende mucho mejor esa frase de otro gran personaje enterrado en ese famoso cementerio de Paris. "Solo el amor puede ayudar a vivir." Oscar Wilde. 




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