La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

martes, 4 de abril de 2017

Día 52: Nun Tsu Kao.

Recuerdo ver con mi hermano Kickboxer.
Pese a que sabíamos el desenlace de la pelea, observábamos con detenimiento y cierto nerviosismo la pantalla tumbados en el suelo del salón. Van Damme contra Tong Po. 
Esta noche, hace apenas unos minutos, he visto de nuevo Kickboxer. En esta ocasión una nueva versión con un Van Damme más entrado en años pero en una forma envidiable. 
En un lance de la pelea final me ha venido a la mente una frase que leí hace unos cuatro años. Pertenece al libro de Sun Tzu, el arte de la guerra. "Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro. Si no conoces a los demás pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra. Si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla."

Diciembre del 2015. Llegando las navidades pensé que alguien se había apiadado de mí y me había dado un regalo anticipado de Reyes. Creí que el amor había llamado a mi puerta tan sutilmente como un niño mueve la aldaba golpeando la puerta de una casa desconocida. Fue algo tímido, increíblemente vaporoso.
Estaba dado de alta en una de esas páginas de contactos de las que todos han oído hablar pero que nadie admite haber estado. Ella, a partir de ahora la señorita C, entró delicadamente en mi mundo. Sin hacer mucho ruido. Tan leve fue ese contacto con C, que hubiera pasado de largo de no haber sido por algo extrañamente mágico. Cada cosa que me gustaba a mí, a ella le apasionaba. Cada matiz de mi vida, cada experiencia vivida por mi, ella la había pasado antes que yo. Cada sentimiento de mi alma ella pareció compremderlo a la perfección debido a alguna rara empatía que unía ambos cuerpos en uno solo. 
Todo era tan extrañamente mágico que me vi imbuido por el espíritu navideño reinante en esas fechas y caí en la tentación de pensar que ella era mi alma gemela. 
C solo tenía dos fotos en su perfil. Una de su cara y la otra de cuerpo entero. Durante un mes, que fue el tiempo que hablé con ella, no se me ocurrió pedirle más fotos. No me movía su aspecto físico sino la tremenda compenetración que parecíamos tener. Hubo un momento en el que pasado el tiempo decidimos quedar. Las conversaciones se me antojaban demasiado frías tras el resguardo del chat de la aplicación y quise comprobar si de verdad la magia existía en este mundo lleno de hostilidad.
Un par de horas antes de la cita me escribió un mensaje realmente turbador. "Rubén, no soy C. Soy L" 

¿Quién diablos es L?
Unos meses antes, en verano, hablé durante un tiempo con otra mujer. Teníamos buenas conversaciones, interesantes y llenas de aspectos filosóficos y metafísicos. Sin embargo nuestras permanentes peleas ideológicas sobre el amor me hacían no querer quedar con ella. Su visión del mundo era mucho menos poética que la mía. L no creía en el amor verdadero y eso condenaba cualquier interes emocional por mi parte. Ella quería quedar. Yo no. Pero tras mucho insistir acepté su propuesta de una cena para debatir posturas. Sin embargo ocurrió, que cuatro o cinco días antes de la cena, acabamos en otro de nuestros interminables conflictos sobre lo que significa amar y todo derivó en una negativa por mi parte para quedar en persona. ¿De qué serviría? Ella y yo podríamos hablar durante horas pero jamás surgiría nada más allá de eso. 
Su ataque fue fulminante, doloroso y cruel. Tanto que ese fue el último día que hablé con L. O eso creí hasta ese mensaje que aturdió todo mi ser. 

L había urdido su plan con precisión milímétrica. Durante un mes me había hecho creer que ella era mi alma gemela. Me conocía a la perfección, sabía mis debilidades y las utilizó tan sabía y fríamente que me tragué todo. Realmente magistral, una obra maestra digna del mejor conspirador. 
"Y da gracias que te avisé antes de que fueras al restaurante, porque tenía pensado dejarte plantado allí mismo." La ira de L hacia mí no tenía parangón. 
Esa noche me metí en la cama sin apenas cenar. Durante un par de horas me fue imposible articular gesto alguno. Mi corazón estaba petrificado, paralizado totalmente. No podía creer que alguien deseara causarme tanto daño adrede. Me quedé dormido pensando si realmente habría algo de amor en este desquiciado planeta.
Al día siguiente cargué contra ella. Coletazos de un alma herida, sin duda. No sirvió de mucho ya que al acostarme ese día rompí a llorar. Rabia, impotencia, ira, odio, resentimiento, frustración. Todo de golpe. Un hachazo seco en la boca del estomago. 

Tong Po machacaba a Van Damme de lo lindo. Rodillazos al costado, patadas en los muslos, codazos en la cara. De chaval me encantaba ver esa película. Transmitía unos valores que se impregnaron fuertemente en mi ser. No rendirse jamás. No claudicar ante los golpes.
El malvado de turno siempre deja un pequeño resquicio por el que colarse para ganar la batalla si se sabe actuar en el momento adecuado. 
Van Damme golpea a Tong Po dejándole atontado, tambaleante. El público Tailandés empieza a corear algo a gritos. Nun Tsu Kao! Nun Tsu Kao! Nun Tsu Kao! 

"...Si no conoces a los demás pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra..." Sé quién soy, nun tsu kao, el gran guerrero blanco.





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