La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

jueves, 2 de febrero de 2017

Dia 35: La presidiaria.

Madrid amanece entre lluvias. Las gotas caen inexorablemente y cubren un asfalto tan gris como él mismo cielo.
Una pareja camina bajo un paraguas que sostiene ella, él la agarra por la cintura tratando de pegarse lo máximo posible. Aún así el agua cala su abrigo. A él parece no importarle. Sonrío al verles, mientras camino hacia mi destino. Detrás de ellos sigo su estela y me digo, hoy es un día perfecto para contar una nueva historia. Esa cuya protagonista es una presidiaria, una mujer encarcelada en el más bello de los palacios.
Como todo cuento, este tiene cierto aire de intemporal. Sin embargo, los hechos ocurrieron durante un caluroso verano en el que Madrid se consumía por las llamas de un Sol tan cercano que incluso podría tocarse si uno alargara el brazo lo suficiente.

¿Cómo aquella princesa entró en la vida de este pobre narrador? No sé muy bien. La presidiaria en cuestión no tenía nada que ver con mi mundo. Ella vivía en un maravilloso palacio en una de las urbanizaciones más cotizadas de la ciudad.
En realidad, al principio ni creí que fuera real. "Voy a coger el Porsche, luego hablamos." Me dijo en una de las primeras conversaciones. ¡Anda ya! Contesté yo. Acto seguido me envió una foto del coche. Pues va a ser que sí, tiene un deportivo la chica. Lo malo es que ahí no quedó la cosa. Hubo más sorpresas.
Días más tarde me enteré que en el reino de la presidiaria había un príncipe, que evidentemente tenía la llave del palacio a buen recaudo. Él 15 años mayor que ella. Podrido de dinero. Y dedicado a sus tejemanejes empresariales. Ella una treintañera aburrida. Cansada de esa vida de lujos que cualquiera querría para sí y con una promesa que cumplir, el hechizo que la mantenía recluida en aquel lugar lleno de misterios llamado La Finca.

Yo era un triste pasatiempo. El bufón de la corte que la mantenía entretenida. Lo sé. Y así fue durante un par de semanas hasta que la cosa se nos fue de las manos.
Ella empezó a decirme que yo la aturdía, que no dejaba de pensar en mi.  Estaba asustada. Iba y venía. Aparecía y de pronto desaparecía.
"Tengo que cumplir una promesa, Rubén. No puedo dejar que esto continúe." ¿Cómo puedo causar ese efecto si no nos hemos visto? Pensaba al despertar, creyendo que todo era un sueño fruto de mi mente abotargada por el calor. Pero por las noches aparecía. El teléfono sonaba, era ella. Siempre era ella.
Una noche me dijo, quiero verte. Yo contesté, puedes verme siempre que lo desees. Aqui tengo cámara de seguridad, ¿quieres la clave? Si, dijo ella. Necesito verte.
Se pasaba las noches observándome. Al principio me cohibía un poco, me resultaba extraño. Me mandaba mensajes al whatsapp. Te veo y me gustas, cada día más.
Yo era realista, más bien incrédulo. ¿Una mujer impresionantemente guapa, con dinero para aburrir, un avión privado y un Porsche, un Aston Martín y varios coches más en su garaje?

No, esto es un cuento. Una fábula de los hermano Grimm. Seguro que la presidiaria se convierte en bruja, o sapo o en cualquier bichejo del inframundo.

Un día me llamó agobiada. Me he desmayado en el baño y al caer he gritado tu nombre para que vinieras a por mí. Estaba él y me ha escuchado. Me ha preguntado por tí.
Al día siguiente me llamó de nuevo. Me voy a Sydney mañana, él tiene que ir y me ha pedido que le acompañe. No puedo decir que no. Quiero verte antes de irme. Ven esta noche. Vente, Rubén.
Eso es un búnker, no podría ni acercarme a 1km de tu casa sin que lo supieran todos. Le contesté, queriendo convencerme de que no sería buena idea.
A la mañana siguiente tenía un mensaje en el móvil, salgo a la 13:00. Te espero en el aeropuerto. Te buscaré.

No había acariciado su piel, no había sentido su olor, ni observado su mirada. Solo era una voz al otro lado del teléfono que me confesaba que yo enturbiaba su mundo. Era su droga y no podía pasar sin su chute diario. ¿Cómo era posible que todo eso estuviera sucediendo? ¿Por qué le causo todos esos sentimientos? ¿Era real?

¡Qué no, joder! ¡Qué es un puto cuento! Me decía una y otra vez. Los bufones jamás se quedan con la princesa, a lo único a lo que aspiran es a hacerlas reír con algo de suerte y pericia.

Aún así me planteé aquella mañana ir al aeropuerto. Pero como digo, yo no soy el héroe en esta historia y escribí a las 3 de la tarde. Lo siento, vi tu mensajé tarde. Mentí como un sucio cobarde. Ella contestó desde el avión. Me envió una foto de su jet privado, él al ordenador. Difuminada su cara. A su lado una ventanilla ovalada. Y un mensaje al pie de esa foto rezaba...Te echo de menos.

En Australia volvió a desmayarse. El médico le dijo que era estrés. Yo era la causa. El bufón en vez de hacerla reír la tenía en un estado de ansiedad total. Decidí que lo mejor era acabar el cuento. Ambos sabíamos que era lo más adecuado, lo más cuerdo en aquella loca historia.

Unos días más tardé recibí un nuevo mensaje en forma de foto. Era una cocina. En esta ocasión al pie escribía, me voy a alquilar esta casa al lado de la tuya. Le dejo. Fue entonces cuando creí en bellas princesas, en villanos derrotados y dragones muertos por nobles caballeros. Pero la felicidad tan pronto como vino se esfumó. Al día siguiente me llamó. Se ha enterado de que iba a alquilar la casa y me la ha comprado, dice que me dará todo el espacio que necesito con solo una condición...que cene con él esta noche.

Un piano suena, la lluvia sigue instalada en Madrid. La notas resbalan suavemente, como las gotas de agua por el cristal de la ventana.
Me he acostado con él. Lo siento Rubén. Humillado. Roto. Entristecido por algo que siempre supe que no era real pero en lo que mi alma soñadora quiso creer. La rabia hizo acto de presencia. Fui borde. Hiriente. Y la presidiaria desapareció para siempre.

Hace un rato observaba a esa pareja. Ni príncipes, ni bufones. Ni dragones en lo alto de castillos con almenas, ni princesas de largos cabellos. Dos personas normales y corrientes, reales. Dos personas que intuyo que se quieren. Dos almas que puede que no acaben sus vidas juntas pero que en ese instante se abrazaban ante la arreciante lluvia.

De un tiempo a esta parte solo vivo de fantasías. Y entre tanto cuento echo en falta algo de realidad. Echo de menos miradas, caricias, sonrisas y abrazos. Siempre seré el "chico Disney", soñador empedernido, pero esta mañana he sonreído al observar a esa pareja bajo la lluvia. Hay todo un mundo más allá de los cuentos. ¿Seré capaz de traspasar la barrera que separa los relatos quiméricos y la realidad tangible para llegar a lo material? No lo se, pero de lo que estoy seguro al mil por cien es que quiero abrazar bajo la lluvia y empaparme. Sentir el agua sobre mi rostro y dejar de mirar llover tras la ventana. Voy a salir...sin paraguas. No os extrañeis si veis a un loco bailar solo bajo la lluvia. Tan solo soy yo. Rubén, el bufón.

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