La vida no se mide en minutos se mide en momentos.
A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

jueves, 10 de abril de 2014

El teniente Kolesnikov.

Mar de Barents, 12 de Agosto del año 2000. El comandante Gennady Lyachin contempla las pantallas en la sala de control con gesto adusto, serio. Sin duda esta feliz y orgulloso de capitanear el submarino nuclear de ataque más poderoso de toda la flota del país pero no es momento de andarse con frivolidades, a sus 54 años está en el momento culmen de su carrera militar. Sin embargo, los acontecimientos de aquel día tomarán un rumbo insospechado para él. Aún no tiene conciencia de ello, pero el comandante Lyachin se encuentra a tan sólo unos minutos de morir junto a 118 compatriotas rusos.
A pocos metros bajo la superficie, unos 20, la tripulación del Kursk espera con impaciencia. El día anterior habían tenido un enorme éxito, su misión era la de lanzar un misil tipo Granit sin ojiva nuclear. Pruebas, tan sólo eso según reza el informe oficial. Sin embargo, esa mañana era el día en el que el submarino de la clase Oscar II, debía enseñar al mundo entero que todavía seguían siendo una potencia naval temible. Para ello, ese sábado tenían previsto lanzar un torpedo capaz de alcanzar los 500 km/h, algo totalmente fuera del alcance de cualquier país europeo o americano. Lyachin, con calma, saboreando el momento, se acerca a su primer oficial y le ordena que armen el torpedo. Éste coge el teléfono que le comunica con la proa del submarino. Allí otro oficial contesta, todo listo. El primer oficial mira al comandante, Lyachin entonces gira la cabeza y observa el objetivo a través del monitor lleno de verdes y negros. Y con una tremenda energía grita....¡Láncenlo!
Las 11:28 comprueba el comandante en el enorme reloj que cuelga encima de la pantalla del sónar, las manecillas avanzan lentamente, los segundos se hacen eternos. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. El silencio allí es abrumador, y de pronto algo sucede. Una pequeña explosión que hace tambalear a todo el mundo. Cada uno se sujeta donde puede, ¿qué demonios ha ocurrido? Se preguntan todos. Lyachin interroga con la mirada a sus oficiales, nadie sabe a ciencia cierta que ha pasado. Alguien se comunica con el comandante desde algún punto indefinido del submarino de 155 metros. Sin embargo no hay tiempo para la reacción, a los dos minutos una nueva explosión, esta vez mucho mayor que la anterior abre un boquete enorme en la cámara uno y dos del submarino. La proa empieza a llenarse de agua, pero las compuertas estancas del reactor nuclear situado más a popa salen intactas salvando al mundo de un desastre de dimensiones impredecibles. Al sentir esta segunda sacudida algunos hombres huyen hacia los compartimentos posteriores corriendo lo más rápido posible hacia popa. Los pocos que estaban en los compartimentos siete, y ocho se refugian en el nueve cerrando la compuerta tras de si. El resto de la tripulación ha muerto.
Mar de Barents, 12 de Agosto del año 2000. En la superficie el Almirante de la flota norte Vyacheslav Popov a bordo del buque "Pedro el grande" espera con semblante triunfal en la cubierta, se acerca la hora de probar los temibles Shkvall, los novisimos torpedos de supercavitación. Capaces de superar en velocidad a cualquiera de los torpedos del resto de potencias navales, son el orgullo de Rusia. Y éstos pretenden vender esa tecnología a China. De hecho, varios delegados y militares de ese país se encuentran allí, observando lo que el alto mando ruso había denominado como el principio del resurgimiento de la nación. La supremacía en el ámbito naval era un buen comienzo. 
Un recién elegido Vladimir Putin había heredado una Rusia decadente, el gobierno de Yeltsin había estado lleno de corruptos que se habían llevado el dinero a espuertas dejando un país obsoleto y viejo. Putin quería revertir esa caída en picado y lo primero de todo era mostrar al mundo entero que ellos seguían ahí, para ello organizó unas maniobras en las que juntaría a la mayor parte de sus buques estrella para realizar unos ejercicios de simulación. Es posible que se escuchara a Putin decir, en una de esas reuniones después de ser elegido Presidente....¡Demostremos a esos jodidos yanquis que deben andarse con cuidado, el mundo no es suyo! 
Sin embargo, en esa pequeña parte del Océano Ártico había mucho movimiento esos días. Y desde luego sería un iluso cualquiera que pensara que sólo los rusos campaban a sus anchas por allí. Para empezar, al ser las maniobras tan cerca de la frontera de Noruega, estos mandaron un par de barcos espía, por si las moscas debieron pensar. Los ingleses estaban también "a la escucha". La OTAN tampoco perdía ripio de lo que acontecía. Pero los que de ninguna manera iban a faltar a una fiesta de este tipo eran los americanos. 
Esa mañana de sábado el USS Memphis y el USS Toledo, dos submarinos nucleares de la clase Los Angeles, seguían a cierta distancia al Kursk. Algunos, incluso, podrían decir que le marcaban muy de cerca, tanto que a las 11:28 el Toledo se estampa con el Kursk. ¿Un fallo del sónar o algo premeditado? El caso es que ese choque hace que todo se precipite hacia una posible Tercera Guerra Mundial. El kursk ha sido atacado, y el comandante Lyachin quiere responder con furia. Desea cambiar el rumbo previsto del torpedo Shkvall hacia el USS Toledo, pero algo sucede antes de que pueda ser disparado. El submarino que esta más alejado de todo el altercado, el Memphis necesita distraer al Kursk de alguna forma para que el Toledo pueda huir. Un par de minutos después de la colisión, un torpedo Mark 48 surca el Mar de Barents en dirección a los rusos haciendo impacto en la parte de proa y abriendo un agujero enorme en el doble casco. 
Popov, el Almirante a bordo del "Pedro el grande", al enterarse de la desaparición del Kursk de sus ecos del sónar vuela en helicóptero hasta la base de Murmansk. Llegan horas de incertidumbre, momentos en los que hay que ser cuidadosos o algo terrible podría desencadenarse. Días de mentiras a la opinión pública, de ocultación de hechos. ¿El Memphis en un dique seco?¿El Toledo oculto?¿Boyas de localización americanas?¿Los rusos no encuentran al Kursk hundido a tan sólo 100 metros de la superficie?¿No pueden abrir las escotillas por falta de medios?
Putin, de vacaciones en Sochi, hace varias llamadas a Clinton. Empiezan las negociaciones. Mientras tanto, los familiares de los que yacen ahí abajo están a oscuras en todo este tema. Incluso no saben si sus hijos o maridos han embarcado o no ya que un submarino nuclear tiene dos tripulaciones. ¿Quién estaba de guardia? Se preguntan entre lloros y ataques incontrolados de histeria.
Al principio los rusos cuentan lo que creen que ha pasado, el incomprensible ataque americano. No obstante todo es un juego para ellos, un tira y afloja en busca de dinero. Varias llamadas después y unos cuantos días más tarde el mando ruso cambia el argumento. La versión oficial habla de un accidente causado por agua oxigenada. Si, tan simple como eso. El torpedo va alimentado por Peróxido de Hidrógeno, un compuesto altamente peligroso que reacciona con el metal. Una pequeña parte se ha infiltrado por la carcasa del torpedo y ha provocado la primera explosión, luego una reacción en cadena causa, dos minutos más tarde, el segundo estallido. Los americanos sabían de este peligro, ellos ya tuvieron los mismos problemas en la década de los 50. Clinton y sus consejeros les sirvieron en bandeja a Putin y sus ministros la excusa perfecta. Días más tarde Estados Unidos canceló parte de la deuda que Rusia tenía para con ellos, un montón de pasta. Y les fueron concedidas más ayudas y préstamos. Más pasta aún. Una solución perfecta para todos, ¿o quizá no?
Mar de Barents, 12 de Agosto del año 2000. En el compartimento número siete el teniente Dmitri Kolesnikov, oficial a cargo de la sala de turbinas, mira las parpadeantes luces de los diversos cuadros de instrumentación que le rodean. Concentrado, observa cada señal que se enciende en la consola. Escucha a sus hombres de confianza diciendo que todo se desarrolla con normalidad, según lo previsto. De pronto siente un temblor bajo sus pies, se sujeta al pasamanos que hay en la pared metálica que se encuentra a su derecha y empieza a observar como varias luces rojas y anaranjadas aparecen en el panel. Algunos estridentes pitidos se van adueñando de la sala poco a poco. Decidido a averiguar que pasa coge el teléfono y llama a la sala de lanzamiento de torpedos. Mira la hora de soslayo, las 11:28, ¿pero qué diablos ha ocurrido? Dmitri ve pasar a un hombre corriendo, es el encargado de las llaves. Los protocolos son claros, ante una amenaza de cualquier índole ese tipo debe ir a la caja de seguridad donde se guardan los códigos para lanzar los misiles con ojivas nucleares, esos que los propios rusos negaron que llevaran a bordo. Kolesnikov no escucha nada al otro lado del auricular y empieza a evaluar los daños. Instantes después una sacudida tremenda que le tira al suelo le hace comprender algo, la cosa pinta mal. Alguien entonces detiene los reactores nucleares, sin ellos no hay suministro de energía y las luces se apagan. Automáticamente las de emergencia se encienden pero las baterías no durarán mucho. Hay que decidir que hacer y grita a sus hombres, ¡vamos, al nueve todos! Corren hacia popa, en el último compartimento hay una escotilla de emergencia. Quizá la puedan abrir desde el otro lado y salvarles. Es su única oportunidad de salir con vida de ese trance. Llegan allí justo al mismo tiempo que el Kursk se posa en el lecho del Mar de Barents, a 108 metros de profundidad. Cierran la compuerta y empiezan a golpear las paredes y a gritar tanto como pueden. Minutos de angustia y locura dejan paso a un decaimiento total cuando los generadores de emergencia dejan de funcionar y las pocas luces que había se apagan. La oscuridad, ahora, es total ahí abajo. 
Dmitri comienza a pensar entonces en su mujer. Cuatro meses antes se había casado con la que había sido su novia de toda la vida. Poco antes de partir, éste le había escrito una pequeña nota vaticinando una posible catástrofe. “Cuando llegue la hora de morir, pese a que intento no pensar en ello, querría haber tenido tiempo para decirte....querida, te amo”. Entonces se le ocurre una idea algo estúpida en ese instante pero que le mantendrá ocupada la mente durante algún tiempo, escribir una carta a su amada esposa. ¡Quería decirla tantas cosas! Entre palabra y palabra, escrita en la terrible oscuridad, habla con los que están allí encerrados y les comenta que esta escribiendo una nota. Les pide que digan sus nombres en alto para apuntarlos y quede constancia de su historia. 
Pasan las horas y nada sucede. Se están volviendo locos, hacinados allí sin apenas espacio empiezan a pensar en el posible final. Quedaría oxígeno para un par de días más, quizá tres con suerte. Pero el principal problema no era ese, en algún lado existía una grieta que dejaba pasar agua al compartimento 9. 
Alguien, en el segundo o tercer día de reclusión, de pronto escucha un murmullo suave. El fantasmal silencio que impera en el interior se ve roto por el lejano sonido de un motor. ¿Un pequeño submarino de rescate? Notan que están manipulando la escotilla. ¡Les van a sacar de allí! Entonces todo el mundo empieza a golpear el fuselaje del submarino. Lanzan proclamas patrióticas y tararean el himno de Rusia. Minutos más tarde dejan de escuchar a los que estaban al otro lado de ese maldito sarcófago de hierro en el que se había convertido el Kursk ¿Pero por qué cojones no nos sacan ya? ¡¡Estamos vivos!! 
Kolesnikov se da cuenta, a las pocas horas de este hecho, que no saldrán con vida de ahí dentro y escribe una segunda carta explicando todo lo sucedido desde las 11:28 del 12 de Agosto. Esta segunda misiva tiene fecha del 15 de ese mes, tres días después del incidente. 
Tan sólo han salido a la luz algunos fragmentos de las cartas, el resto es secreto de estado.
“13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo se trasladaron al noveno. Aquí nos encontramos 23 personas. Tomamos esta decisión como resultado de la avería. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie.
13.50. Escribo a ciegas...”

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